En los montes de Espita, nuevo Pueblo Mágico, hay un sitio arqueológico conocido como x-Uenk’al (encantado); cuenta con un cerro o estructura piramidal de 29 metros de altura y una base de 65 metros; es un lugar que en tiempos de sequía (marzo, abril, mayo) es posible observar desde las torres de la iglesia, mirando hacia el poniente, por el camino que conduce a Dzitás y Cenotillo hasta llegar a Izamal.
Pues bien, allá por los años 70 sucedió un acontecimiento que vino a enriquecer la narrativa del pueblo. Sucedió que un día, un grupo de campesinos se organizó para salir a cazar venado, a practicar el p’uj (batida o clamoreo).
Aquella tarde regresaron con dos presas que habían caído abatidas por los tiros; calibre 20, tres en fondo, de las escopetas (u yóol ts’oon). En el grupo de cazadores había participado mi papá, un experto cazador y conocedor de los montes de Espita, quien nos contó esta anécdota que hoy les voy a compartir:
Aquella tarde, cuando cazaron los dos venados, mi papá había observado abundantes huellas, lo cual indicaba que había más presencia de animales en aquel territorio poco explorado. Al tercer día, por la tarde, tomó su escopeta y se fue solo, en busca de los venados que seguramente entrarían a comer cayendo la tarde, entre las 5 y las 6 p.m.
La tarde era tranquila y había poco viento, eso ayuda mucho al cazador porque los animales no perciben el olor de las personas que andan en su territorio.
Todo transcurría normal y era cuestión de paciencia para poder encontrarse con alguna presa. Ya se había ocultado el sol, caía la noche y los venados no aparecieron. Entonces, mi papá decide regresar y, de pronto, en el camino se encuentra con un gran venado, un ciervo, con las astas ramificadas, era un nikte’ bak, nos contaba.
Bajó su escopeta, cortó cartucho y el animal solo lo estaba mirando, por un momento dudó en dispararle, pero al mismo tiempo recordó que para eso había salido al monte y sin arrepentimiento alguno accionó el arma.
El venado no cayó en el lugar, se fue corriendo entre la maleza dejando un rastro de sangre, lo estuvo persiguiendo, pero como ya estaba obscureciendo, decidió abandonarlo.
Para no perder el rastro cortó unas ramas y marcó el lugar donde había llegado, con la idea de que al día siguiente, al amanecer, regresaría para encontrar aquel animal, mal herido o tal vez ya muerto.
Y así lo hizo, muy temprano se dirigió al sitio y una vez que localizó la marca con las yerbas cortadas, le siguió el camino, no había dónde perderse pues la sangre se veía en los arbustos y por momentos se podía identificar que aquel animal se acostó en la yerba y había más presencia de sangre.
Ya había transcurrido como media hora de búsqueda y se dio cuenta que la ruta llevaba directamente hacia donde se encontraba el cerro de x-Uenk’al, en aquel tiempo no se había explorado el lugar y apenas se lograba ver que había piedras labradas en la estructura cubierta de maleza.
Mi papá contaba que no desistía de seguir aquellas huellas de sangre, pero grande fue su sorpresa al ver que cerca del cerro iban desapareciendo y comenzó a buscar con dificultad, pero como que algo le indicó que pasara detrás del cerro y encontró un agujero de aproximadamente 20 centímetros de diámetro. Ahí estaba la marca de sangre, lo que indicaba que en aquel orificio había entrado un animal herido o se habían llevado alguna presa.
Por todo lo acontecido, interpretó que aquel venado herido no era un venado real, era el guardián del cerro y seguramente era una gran serpiente que tomaba la forma de otro animal para salir a comer. También pensó que era un Yumtsil o guardián de los montes y protector de la fauna.
Al poco tiempo de haber vivido aquella experiencia, mi papá vendió todos sus implementos de cacería, pues para él, aquel acontecimiento había sido un aviso para que dejara de cazar venados. ¡Sabia virtud de retirarse a tiempo!
Muchas cosas suceden en esta tierra misteriosa del Mayab, pero no todas se llegan a saber.— Mérida, Yucatán.
Correo: tekito_61@yahoo.com.mx
*Antropólogo
