“Los iconoclastas hicieron muchas más estatuas que las que destruyeron” —Gilbert Keith Chesterton
Corría el mes de octubre del 2021, en una mañanera, el señor presidente dijo: “Sobre las estatuas, pues sólo las que tienen que ver con nuestra cultura, porque ya no es tiempo de rendir culto a las personalidades…, en mi caso, tengo escrito en mi testamento que no quiero que se use mi nombre para nombrar ninguna calle, no quiero estatuas, no quiero que usen mi nombre para nombrar una escuela, un hospital, nada absolutamente”.
Es muy probable que en esa sentencia pudo existir de todo: desde un dejo de humildad, sensatez, discreción, cordura, hasta una buena dosis de sentido común. Y con esto me refiero a la cada vez más creciente tendencia a dirigir toda clase de misiles a estos íconos urbanísticos de los que cuestionan la validez del homenaje, los que señalan su falta de estética, los que conllevan tintes políticos y más recientemente los enfocados a tratar de cambiar, enmendar y hasta retorcer la Historia a veces a conveniencia y en donde es claro que representan como símbolos que son: un trozo de la historia y cultura en todas las ciudades.
No creo que el señor presidente siendo como es, un adicto al “apapacho popular”, no quisiera tal vez que en unos años se le recuerde con alguna estatua, pero también pensaba en todo lo que podría sucederle a su efigie: desde el cotidiano baño de excremento de las aves, una grafiteada o hasta ser tumbada de su pedestal, porque así es la historia y la naturaleza del ser humano, como finalmente ocurrió solo dos meses después con la erigida en su honor por el alcalde de Atlacomulco, Estado de México, en un acto de máxima lambisconería y derribada en menos de 72 horas.
¿Por qué las sociedades reaccionan contra las estatuas? En la mente están, al caer el bloque comunista, las imágenes de enormes efigies de personajes como Stalin y Lenin que fueron derribadas, algunas incluso antes de la Perestroika.
En 2003 una colosal escultura de Sadam Husein fue espectacularmente tumbada a punta de soga y brazos por la gente enardecida, que una vez en el suelo la curtieron a chancletazos, uno de los insultos más graves en el mundo islámico.
Hasta en Venezuela una de Hugo Chávez corrió una suerte similar. A lo largo de la Historia, vemos cómo el desplome de una estatua conlleva un aspecto tan simbólico que se pierde la mayoría de las veces el cariz del acto vandálico que encierra.
Sin embargo, la caída del muro de Berlín a golpes de marros, la remoción algunas veces gentiles, la mayoría no tanto, de estas figuras de bronce o piedra de personajes que transformaron en su momento la Historia, no garantizaron necesariamente un cambio significativo en el derrotero del país, no al menos en la Rusia de Putin y mucho menos en Siria, Iraq o Malí, donde los yihadistas han destrozado estatuas y monumentos en un afán de acabar con una “soberbia de idolatría”.
Hoy día se han convertido en el blanco ideal para manifestar un repudio, pero a veces la intencionalidad se pierde cuando no se justifica y, ¡vaya qué es difícil hacerlo en la mayoría de las veces en donde el origen de estos ataques es endeble!
Hemos visto a escala mundial una arremetida cada vez más creciente y sistemática a los monumentos de Cristóbal Colón a lo largo de toda América, y ahora incluso en Londres, y cada vez que se conmemora el 12 de octubre, figuras pétreas o de metal pintarrajeadas, derribadas y decapitadas.
Es un hecho que la imagen del genovés ha caído en desgracia; este personaje que murió sin saber lo que había descubierto, y sin tener la menor idea de la consecuencia de sus viajes: el inicio del mestizaje que, quiérase o no, es la raíz de todos.
También es cuestionable ésta cada vez mayor tendencia a tergiversar la Historia para cambiar versiones oficiales, sin tener que recurrir a la confrontación.
Como si denostar a Colón, Cortés o Pizarro, condenarlos eternamente o exigir disculpas, hiciera que, al día siguiente al despertar, saludáramos en automático en náhuatl, maya o quechua…, no es así.
Hemos sido testigos de las manifestaciones de grupos feministas, sobre todo en la Ciudad de México (más que justificadas), y cómo en muchas ocasiones han derivado en ataques a monumentos históricos: grafitis, golpes de martillo y picoletas de esta especie de marabunta de la inconformidad, y nadie se ha salvado: monumentos y esculturas de todo tipo, ni el mismo Juárez en su Hemiciclo, ni el Ángel de la Independencia.
En la avenida Reforma, donde existen 77 estatuas de hombres, muchas han recibido ya la ira de las manifestantes.
¿Quién puede debatirle a una chica que protesta cuando mazo en mano grita: “¡la vida de una mujer vale más que cualquier monumento!”? …desde luego, irrebatible, pero es preocupante la escalada de la violencia de estas protestas, sobre todo cuando se infiltran grupos de choque anárquicos.
Mérida no se quedó atrás. El 8 de marzo del 2022, la ira de las protestantes tocó blanco en muchos sitios de la ciudad, pero por su simbolismo destacaron las pintas al Monumento a la Bandera, la estatua de Justo Sierra O’Reilly, el monumento a Felipe Carrillo Puerto y los clientes frecuentes de todo tipo de manifestaciones: los Montejo.
De poco valor histórico éste último, su pedestal ha sido reparado las veces que se requiere con burdos brochazos; la icónica obra de Rómulo Rozo ya rescatada, pero, aún en el olvido la estatua del ilustre literato y la de nuestro apóstol de la raza de bronce.
Con la declaratoria de 2024 como año de Felipe Carrillo Puerto dábamos por sentado que el monumento estaría rehabilitado (por cierto, le dieron otro llegue vandálico en 2023), pero no fue así.
Es difícil pensar que solo sea un tema presupuestal. Se habla de cuestiones técnicas, las propias de los materiales, el tipo de piedra de los basamentos, en el caso de la de Justo Sierra O’Reilly realizada por el escultor Jesús Contreras, que tiene más de un siglo, lo cual no explica por qué el paso peatonal y aceras aledañas siguen grafiteadas.
Ojalá se restaure y corriera la misma suerte Tixcacaltuyub, cuna de este ilustre personaje, cuyo patrimonio colonial, más que sobresaliente, está tan descuidado como su población que porta un tejido social gravemente dañado.
En el caso del obelisco a Carrillo Puerto, obra de Leopoldo Tomassi, lo más incongruente es que haya sido objeto de estos lamentables actos, lo que me atrevo a calificar como una pifia de las inconformes, cuando ignoraban u olvidaban que si hemos tenido un gobernante más feminista entre los feministas fue precisamente nuestro recién homenajeado.
En días pasados estuvo el primer mandatario rindiendo honores a nuestro prócer en Motul; siempre pensé que tendría que darse algo semejante en la glorieta del Paseo de Montejo, donde es penoso, no se haya hecho nada al respecto y siguen los de arriba aventándose la pelotita; ya cuando menos una explicación que merecemos los ciudadanos.
Desgraciadamente y, esto es a escala nacional, como medida de presión este tipo de protestas para disminuir los feminicidios no han resultado y hay que tener cuidado en esta línea divisoria tan frágil que separa la tolerancia de la impunidad.
Volviendo al punto de partida, estoy seguro de que habrá algún día una estatua en honor a López Obrador, pero no por ahora. A como van las cosas, tal vez no le agrade imaginársela grafiteada o derribada, y mejor, y hace muy bien, al menos en vida, merecida o no…, mejor ninguna estatua.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
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