Hoy leemos un texto precioso de san Pablo que tiene como precedente los pleitos entre hermanos y como consecuente la alternativa entre matrimonio y celibato (cfr. capítulo 7). Ahora bien, san Pablo cuestiona lo siguiente: ¿es posible amar gratuitamente a Dios y a los demás cuando nos encontramos en situación de dependencia o esclavitud afectiva? ¿Llegamos a ser nosotros mismos y lo que Dios quiere desde el libertinaje? Convendrá no confundir libertad con espontaneidad ni con el libertinaje, ambos son frutos del deseo más que del amor libre y liberado de la autoposesión.
Y en cuanto al Evangelio, el texto nos habla en clave de “testimonio”: anteriormente fue el testimonio de Juan el Bautista; hoy, testimonian los discípulos. Las comunidades joáneas ya habían sido expulsadas del judaísmo y este testimonio tiene un carácter confesional acerca de la persona de Jesús. Esta clave testimonial nos sitúa en buena perspectiva al comienzo del año litúrgico. Andrés y Simón son testigos de la experiencia de encuentro con Jesús. Ya no se pertenecen porque han sido encontrados por la autoridad de Jesús, el Mesías. Como Samuel, en la primera lectura, nuestra actitud debe ser: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Actitud de obediencia de fe a Dios que nos llama.
Así pues, la vocación de Andrés y de Pedro está encuadrada en la sencillez de las obras, de los días, de los lugares que nos ven como actores de nuestros pequeños acontecimientos humanos. La iniciativa, obviamente, fue de Dios. Jesús es quien se volvió y miró a esos dos discípulos de Juan el Bautista.
Resulta interesante notar que el juego de los ojos recorre toda la narración y está llena de alusiones interiores y de orientaciones espirituales. No se trata de un simple cruce de miradas, sino que es un diálogo profundo que lleva a la plenitud del encuentro de la vocación.
El llamado que Dios hace no queda nunca abandonado en el desierto de la vida, sino que es como una rama verde y florecida, signo de una primavera perenne de Dios.
