Edgardo Arredondo Gómez (*)
La política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular —Edmond Thiaudière
Caerán inmisericordes como gotas gruesas de aguacero, no importa si de impermeable use usted sus manos o cierre los ojos, de poco le servirá.
Ahí estarán y ya autorizados; tal vez no lo recuerde, pero me creerían si les comento que nos cayó una lluvia bastante fuertecita de más de 36 millones de spots, a partir del 20 de noviembre del año pasado (¿simbólica la fecha?).
Y durante dos meses, pero por si no se enteró: lo que ante sus ojos danzaron o en sus oídos retumbaron fueron diseñados solamente para los correspondientes interesados en sus respectivos partidos políticos.
Así de excelsitud: ¡solo dirigidos a las respectivas militancias, ya que no se podría llamar al voto!, o sea que después de tragárselo tenía el derecho de haberse preguntado al más puro estilo foxiano: ¿Y yo por qué?
Sí, aunque fuera de otro partido o incluso un agnóstico político…, no escapamos: “¡de que te los chutas …, te los chutas!”, en la que ya hasta parece algo muy lejano: la época de las corcholatas (una estrategia propagandística de cuestionable utilidad) y a pesar de que amainó a cerca de unos 15 millones, del 19 de enero al 29 de febrero en la llamada intercampaña, esto siguió siendo de esas lloviznitas, de esos molestos chipi chipi.
Ya sabiendo qué candidatos han quedado por partido o coalición, ahora a partir del 1 de marzo al 29 de mayo, el aguacero caerá tupido, inmisericorde, un torrencial diluvio: más de 32 millones de spots; cada estación de radio y de televisión tendrá 48 minutos, ¡sí!, ¡48 minutos! todos los días.
A prepararse porque a pesar de ser tantos, créanme que no habrá gran variedad y es muy posible que entre su programa de la televisión o su melodía en la radio (y de repente hasta en la pantalla grande de los cines) escuche el mismo mensaje, del mismo candidato, del mismo partido o coalición hasta dos a tres veces consecutivas.
Posteriormente, a la llamada “veda” o período de reflexión, finalmente, el 2 de junio, la ciudadanía saldrá a las urnas a elegir presidente de la República, Congreso federal, ocho gubernaturas y la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, así como otros cargos de elección popular que, en conjunto suman, más de 20 mil.
A solo tres meses de las elecciones más disputadas, no puedo evitar sentir algo semejante a la incertidumbre que experimenté semanas antes de que el Covid llegara al país sembrando muertes, cuando el discurso oficial era que no pasaba nada.
Es claro que lo que más anhelamos independientemente de los resultados, es un ejercicio ciudadano libre, que podamos seguir jactándonos de nuestra democracia, a pesar de los nubarrones que se ciñen en no menos de media docena de estados del país empañados por posibles actos delictivos.
¿Pero, por qué cuesta tanto nuestra democracia? Esto es parte de la respuesta. Se habla con mucha frecuencia de reformas electorales, no dudo con la intención de hacer las contiendas más equitativas, tanto en cuestiones de género, la proporcionalidad por jerarquía de partidos políticos, pero en verdad vale la pena analizar si es válido este inmisericorde bombardeo de spots.
Los veremos en el plato de cereal del desayuno hasta la taza de chocolate o café de la cena. ¿Tendrán un efecto decisivo para definir en los indecisos la intención del voto?
Sin tocar el tema del costo, ¿qué vamos a encontrar en los mensajes? …, lo de siempre: “¡Porque yo sí pienso en ti!”, “¡porque los otros son peores!”, “¡porque somos los que forjamos el futuro!” …, lo de siempre: bla, bla, bla.
Y paralelo al diluvio que viene con este aguacero y desde que el internet se volvió el ombligo de la cultura, como dice Fernando Savater, veremos además otro golpeteo por las redes sociales.
A estas alturas en este clima de polarización, crispación y división, es evidente que habría que cuestionar cuál podría ser ese mensaje que en verdad hiciera cambiar a un ciudadano a dirigir su voto a tal o cual partido, a tal o cual candidato y quisiera solo pedir a estos prometedores, muchos distópicos, e indistintamente del partido que representan, que en sus intervenciones incluyan dos elementos que deben ser indispensables: empatía y congruencia.
Empatía para identificarse con las necesidades y los problemas de los demás. Cuántos políticos, funcionarios o personas públicas hemos visto abanderar movimientos hasta que han sentido en carne propia los embates de la delincuencia, una mala decisión administrativa…, una negligencia médica.
En pocas palabras, empatía al sufrimiento ajeno. Y así como los vemos recorriendo el país repartiendo promesas, los veamos ya en funciones haciendo los mismos recorridos en caso de desastres, guardando respeto a las víctimas y mucho más.
Lo otro es congruencia, no se puede de ninguna manera denostar lo hecho por algún gobierno y prometer lo que difícilmente puede sostenerse, si denigran a instituciones que, quieran o no, fueron las que durante años les dieron educación y salud o las desprecian mientras sus hijos estudian en escuelas privadas o los mandan al extranjero, o recurrir a hospitales privados, cuando bien valdría la pena que experimentaran la atención en una institución pública de salud, que digan lo que digan, por años han cumplido, aun con sus deficiencias, en atender la salud de los mexicanos. Empatía y congruencia, ¿será mucho pedir?
He comentado en este espacio que, los primeros recuerdos de las campañas políticas que tengo fueron a finales de los años sesenta, cuando salíamos eufóricos al patio de la escuela porque una avioneta surcaba el cielo lanzando miles de volantes, algunas calcomanías con la imagen de un señor pelón de lentes y el lema “¡Arriba y adelante!, Luis Echeverría, y el vota PRI”, y además nos llenábamos de borradores, cuadernos y lápices.
Más de una vez me he dicho: “¡Éramos felices y no lo sabíamos!”; he llegado a la conclusión de que el sustento de mi felicidad estaba dado por la gran inocencia infantil que no había descubierto a ese mal ente llamado política.
Probablemente después de poder secarme el rostro escurriéndome aún el agua de esta torrencial propaganda, de esta auténtica spotiza, pueda preguntarme si encontré algo de empatía y congruencia en los mensajes.
Mientras, en mi mente retumba el estribillo de la canción “Buena hembra, mala sangre” del excelente grupo cubano Buena Fe, que trata sobre la política: “Prometer para poseer, confundir para dividir, engañar para devorar, denostar para desunir” …, eso es en esencia lo que flota en estas gotas llamadas spots.
Me doy ánimo. A soportar la tormenta que viene y que en México salga de nuevo el sol…, eso es lo más importante.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
