En incontables ocasiones —la verdad es que todas las ocasiones son contables, menos las que no se pueden contar— he declarado el amor que siento por la Muy Noble y Leal Ciudad de Monterrey. De ella he recibido pan para mi mesa y afectos para mi corazón, si me es permitida esa expresión sentimental que espero no suene a sensiblera.
Guardo ahí recuerdos para recordarlos cuando me llegue la vejez, que no tarda en llegarme, pues tengo ya 85 años. En la capital regia —regia capital— disfruto placeres de comida y bebida que me aproximan peligrosamente al delicioso pecado de la gula, último culpa carnal que podemos cometer.
Has llegado al límite de notas gratuitas, para seguir leyendo…
¿Ya estás registrado o tienes una suscripción? Entonces Ingresa aquí.
Crea una cuenta, es gratis y
podrás leer 5 notas más.
Suscríbete a nuestros planes
y obtén acceso ilimitado.
