Al interesado en santorales que se haya tomado el tiempo de leer el del pasado miércoles 6 le asaltará la sorpresa de descubrir que hay un santo con el nombrecito de marras.
Mencionamos esa fecha, sin embargo, no por el santoral, más bien por tratarse del día de nacimiento de Gabriel García Márquez. Nació ese día de 1927 en —como todos saben— Aracataca, Colombia. Murió en Ciudad de México, el 17 de abril de 2014, hace diez años.
Sus hijos y su editor eligieron el día del que sería su cumpleaños 97 para lanzar su novela póstuma “En agosto nos vemos” (editorial Diana). Se ha promocionado como un lanzamiento con motivo del décimo aniversario de su fallecimiento, pero no hay explicación de por qué no lo hicieron el 17 de abril, sino eligieron su onomástico.
Ni sus hijos Rodrigo y Gonzalo García Barcha ni su editor Cristóbal Pera lo explican en las palabras que acompañan la obra. Tampoco explican, aunque lo intentan, por qué decidieron traicionar la voluntad del autor. Gabo sentenció: “Este libro no sirve. Hay que destruirlo”, pero los hijos optaron por su publicación.
García Márquez era un duro crítico de sí mismo. Eso lo convirtió en uno de los autores más importantes en lengua española. De modo que su sentencia sobre la calidad del libro debemos tomarla con ciertas reservas. La obra, por supuesto, sirve —usamos el término de Gabo—, pero está a millas del mejor García Márquez.
El libro, del que un buen lector da cuenta en una mañana o una noche de ligero desvelo, carece de lo que García Márquez calificó como una de las partes medulares de sus obras: la meticulosa labor de carpintería que hacía al terminar el relato. Muestra de ello es que tiene una redacción demasiado lineal y, por momentos frecuentes, frases lacónicas y lectura entrecortada.
La obra resulta un tanto pedregosa, carente de la prosa tersa y poética, ya no digamos de Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, sus obras más acabadas a gusto de quien esto escribe, sino de La hojarasca, la Cándida Eréndira o Crónica de una muerte anunciada, por citar algunas.
Es una novela incompleta. Se nota. No por carecer de final. En este sentido diremos que los dos párrafos postreros son un meritorio remate de la idea completa con que termina. Está incompleta, decíamos, no por extensión del relato sino por falta de profundidad.
Al principio hay un exceso de descripciones innecesarias que hacen extrañar el impacto que producen en el lector las almendras amargas que huele el doctor Juvenal Urbino y el pelotón de fusilamiento que está a un tris de ejecutar al coronel Aureliano Buendía.
Gabo, admirador confeso de Kafka, aprendió del checo las aperturas memorables. La Metamorfosis lo dejó marcado. Así lo hizo en las dos obras cumbre mencionadas y en todas buscó un impacto fuerte en la apertura.
Otra cosa, como periodista que fue, sabía que la “entrada” de la nota debe atrapara al lector, y tal práctica llevó a la novela, con el eterno agradecimiento del lector. Lector que esta vez extraña tan importante elemento.
Soy del clan de los que crecimos leyendo a Gabo. De esa comunidad que, él decía, si se juntaran todos los lectores de Cien años de soledad crearían el sexto país más poblado del mundo. Aquel que llegara a la etapa universitaria sin haber leído tan gigantesca obra era un sujeto raro, más bien, un paria cultural. Y después lo releíamos, cómo no.
Y, cuando creímos que su grandeza literaria se había exprimido con la familia Buendía, descubrimos El amor en los tiempos del cólera y volvimos al gozo literario eterno. Leer a Gabo era (sigue siendo) transitar por una vía tersa, sin baches, llena de trazos culturales y poéticos expresados con una prosa exquisita, que describía los pueblos, costumbres y clima de América Latina.
El lector de “En agosto…”, en cambio, avanza por calles con baches e imagina que, si la desmemoria y la muerte no le hubieran llegado, Gabo tomaría el relato y empezaría su labor de orfebre para machacar una y otra vez las frases hasta perfeccionarlas, hilvanar mejor los pedazos y profundizar en una simple idea, por ejemplo la descomposición matrimonial de la protagonista, y dedicarle dos, tres o más páginas para explicar el tema con la prosa exquisita a la que nos mal acostumbró.
Las menciones de piezas clásicas o de libros entrañables pasan de largo. Es aquí donde acaso entendemos por qué Gabo optó por que se destruyera la obra. No le dio tiempo de exponer las honduras de El lazarillo de Tormes o El viejo y el mar, o de Daniel Defoe y Ray Bradbury.
El Gabo con memoria impecable y tiempo para investigar no hubiera dejado pasar la oportunidad de regalarnos párrafos exquisitos sobre esa novelas y autores. Sólo hay una mención simplona de libros a los que sin duda les dedicaría párrafos bien logrados y adjetivos certeros.
Al leer “En agosto…” el lector no tiene duda que es Gabo. El calor soporífero del Caribe que impregna sus novelas está presente. El sol que reverbera, los cuerpos sudorosos al calor eterno y el sopor de la tarde que nos hace sentir nos acompañan a lo largo de la novela. Su prosa inconfundible está presente.
Y, como suele hacer, es prolijo —esta vez con cierto adeudo— en la profundidad del alma humana, signo inequívoco de la buena literatura.
Sin embargo, la novela “En agosto nos vemos” es un embrión que no termina de rasgar su envoltura. A ver cómo le va en la Filey, donde seguramente será la reina de la fiesta.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
