El señor obispo llegó al pueblo y fue objeto de una cálida recepción. Se formó una valla de vecinos que lo aplaudían y le gritaban vivas. Dos borrachitos salieron de la cantina al oír el alboroto.

“Es el señor obispo —le dijo uno al otro—. Ahora que pase por aquí hay que decirle algo bonito”.

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