El joven aguardaba la llegada del tren en la estación de Teya. Estuvo a tiempo en el andén pero no había señales del ferrocarril. En lugar de una pesada maleta, cargaba una caja portamascotas con un perrito en su interior. Miró a un lado, miró al otro de la vía y nada se alcanzaba a ver del tren.
Alguien le tocó la espalda y lo hizo voltear. Era un hombre viejo con todo el tipo de ferrocarrilero, de esos sujetos curtidos que saben todo de los caballos de hierro que cruzan el país. El joven pensó que era buena idea que un tipo con tanta experiencia rondara las estaciones, nunca faltan los imprevistos.
—¿Tardará mucho en llegar el tren? —le preguntó—. Debe salir a las 10:09.
—La llegada del tren es algo que no se puede predecir, joven —respondió, mirándolo con unos ojos que el interlocutor no supo descifrar si eran de profundidad o vaguedad—. Lo mismo puede estar aquí a las 10:09 que a las 13:09. Uno nunca sabe —y se encogió de hombros.
—Pero yo necesito llegar a P. a las 17:05.
—Los trenes no tienen palabra de honor.
—El itinerario dice que el tren debe salir a las 10:09, y ya es hora.
—Ah, eso sí —dijo sentencioso el viejecillo—. El itinerario es puntual. “Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado”.
El joven quedó pensativo.
—Tiene usted razón —externó—. Parece que la gente no muestra desagrado. Aunque no sé si sea por patriotismo.
—Quizá porque son muy pocos los usuarios. Una golondrina no hace verano —aventuró el viejo, mientras se acomodaba la gorrilla de ferrocarrilero.
—Probablemente pero…
—Tal vez existe otra razón —lo interrumpió el viejo.
—¿Otra razón?
—Sí —bajó la voz—. “…los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo” del tren.
—Entonces debo cuidar lo que digo.
—Yo eso le recomendaría, joven. “A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta enseguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable”. Y eso aplica también para los comentarios que haga usted en las redes sociales criticando el tren.
El joven estaba impaciente y el perrito comenzó a inquietarse.
—Oiga, ya son más de las 11 y no hay señales del tren. Ojalá supiera qué pasa.
—Ah. Eso sí lo sabemos. Fue un descarrilamiento —dijo el viejo con naturalidad.
—¿Un descarrilamiento? ¿Le avisaron?
El viejo asintió.
—Fue en Tixkokob.
—¡Rayos! —el joven estiró el cuello tratando de alargar la mirada para ver alguna señal en lontananza—. Eso retrasará mucho al tren.
—Ya le digo. Prepárese para salir a las 13:09. Un descarrilamiento por lo menos retrasa el convoy tres horas. Eso si no cometen errores.
—¿Cometer errores? ¿Quiénes? ¿Por qué?
—Las personas que deben colocar el vagón en la vía. Lo están alzando con grúa y correas. Si una se rompe, adiós tren, adiós vía y adiós viaje a P.
—¿Cómo sabe usted todo eso estando aquí?
El perrito comenzó a ladrar.
—Veo que le dejaron pasar al perrito —señaló, ignorando la pregunta—. El policía que guarda la entrada de la estación es enemigo de las mascotas.
—¡Vaya si lo sabré! —exclamó el joven—. A pesar de tener todos los permisos me quiso impedir el paso, con requisitos absurdos. Afortunadamente le hice entrar en razón.
—Suele pasar. Ofrecen un gran servicio pero en los hechos no siempre sucede así. Es como un espejismo.
—¿Espejismo?
—Así es, joven —dijo en tono didáctico—. “Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro…”.
Además de desconcertado e impotente, el joven se sentía acalorado. Pasaba de mediodía y la temperatura se aproximaba a los 40 grados. Le preocupaba su perrito. Eran temperaturas demasiado elevadas para la mascota, que seguramente dentro de la caja las sentía con más rigor.
—Hay calor —dijo—. Afortunadamente el tren tiene aire acondicionado. ¿No es así?
—¡Por supuesto que tiene! ¿Acaso piensa usted que somos un tren de segunda? —respondió el viejo un tanto indignado… Y después de una pausa añadió—. Ahora, que sirva eso es otra cosa.
—¡Cómo! ¿Es posible que no funcione?
—Descuide, joven —dijo en tono conciliador—. La mayoría de las veces funciona. Pero en caso de no ser así, apelamos a su patriotismo.
Entre el calor, la preocupación por su perrito y las respuestas del viejo, el joven comenzaba a exasperarse.
—¿Es usted maquinista? —preguntó.
—No, mi amigo. Soy un simple guardagujas.
—¿Guardagujas? ¿Qué rayos es eso? —quiso saber.
—El guardagujas es el encargado de mover las agujas para hacer los cambios de vía. Créame que es un trabajo de lo más importante. Sin un guardagujas el tren descarrilaría con facilidad. Sí señor.
—Oiga. ¿No me dijo usted que no ha llegado el tren porque descarriló en Tixkokob?
—En efecto. Fue por fallas en el cambio de vía.
—¿Y acaso no es trabajo suyo ver que los cambios se realicen con efectividad?
—Por supuesto que sí. Y me precio de tener un trabajo tan importante…
—Entonces… —el joven lo fulminó con la mirada.
Tras captar la intención, el viejo exclamó:
—Pero… cómo cree usted, joven, que yo podría hacer adecuadamente mi labor si no estoy en Tixkokob.
—¿Y por qué rayos no está usted ahí? —preguntó ya fuera de sí.
—¿Por qué? Pues porque estoy aquí conversando con usted…
El presente relato está inspirado en el entrañable cuento El guardagujas, de Juan José Arreola, al que pertenecen las frases entrecomilladas. Solo un visionario como el llamado “Último juglar” pudo prever con tantas décadas de anticipación la situación de un tren etéreo, más espejismo que certeza, lleno de problemas y que difícilmente cumple su cometido de llevar a los pasajeros a tiempo a su destino.
También retomamos para este relato ficticio la experiencia narrada por un usuario del Tren Maya (se puede leer aquí: https://www.yucatan.com.mx/mexico/2024/03/26/viajar-en-el-tren-maya-usuario-comparte-su-experiencia-sorpresas.html). Una experiencia no muy alejada de la historia del forastero del cuento de Arreola.— Mérida, Yucatán.
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Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
