Olegario M. Moguel Bernal (*)
Ataviada con un chaleco con las iniciales INE, la joven caminaba por las calles cubriéndose con una sombrilla. Cualquiera diría que era una sembradora de la palabra, de no ser por el chaleco color caqui y una mochila rosada a la espalda. El sol se desplomaba sobre su humanidad haciendo más difícil la de por sí complicada tarea que le fue asignada.
Su función era convencer a ciudadanos que participen como funcionarios de casilla en las elecciones del 2 de junio. No eran ciudadanos cualquiera; previamente fueron insaculados por el método establecido por el INE.
Abrió una libreta de hojas arrugadas, miró lo que había escrito y corroboró una dirección. Se acomodó bien la mochila rosada y, sosteniendo la sombrilla con una mano, con la otra tocó resuelta en la casa.
“Espero que aquí haya mejor suerte”, suspiró.
Abrió un ama de casa cuyo aspecto y prisa hacía notar que dejó a medias la comida o las labores domésticas… o ambas. Los perros no dejaban de ladrar por la visita de una extraña y el hijo reclamaba porque no encontraba su camisa de la escuela.
Aún en medio de sus apuraciones, el ama de casa atendió con cortesía a la visitante.
“Señora, le informo que fue seleccionada como funcionaria de casilla. De acuerdo con la insaculación, su función será la de primera escrutadora. Pero si alguno de los secretarios llega a faltar, entonces usted asumirá esa labor. Espero que no falten porque ambos, el secretario uno y el secretario dos, ya se comprometieron. Pero llega a darse el caso de que a pesar de eso fallan”.
El ama de casa iba a responder sin pensarlo, pero no lo hizo. Después de todo, siempre se había conducido sabiendo que las decisiones importantes no se deben tomar a la ligera.
En efecto, no era buen momento para la visita de la funcionaria del INE, pero ella qué culpa tenía de que los perros se alborotaran y de que el hijo no encontrara la camisa de la escuela, o de que el k’ool del queso relleno se pudiera pegar por haber dejado de moverle para abrir la puerta.
Sopesó de inmediato la situación. Y, debido a que la mujer le brindó confianza, en un país donde cada vez es más difícil confiar en los desconocidos que tocan a la puerta, la hizo pasar y le ofreció una silla y un vaso con agua helada que la visitante bebió como si de un bálsamo se tratara.
—Así que… funcionaria de casilla— le dijo el ama de casa mientras movía pausadamente el k’ool.
—Sí, señora. Como le informé, su función sería…
—No tienes que repetirlo. Lo dijiste muy claramente hace un momento.
—Gracias, señora. Qué bueno que usted entiende rápido. No siempre es así —agradeció—. ¿Tiene un poco más de agua? El calor está insoportable.
—Pobre de ti, niña; de milagro no te has derretido —dijo al acercarle otro vaso con agua helada. Y de pronto recordó—. ¡Tengo agua de pitahaya! Deliciosa. ¿Quieres?
Mientras la joven bebía el agua de pitahaya, el ama de casa seguía moviendo el k’ool, dando tiempo a que aquélla se recuperara del calor que rebasaba los 40 grados. En tanto se refrescaba, la joven solo pensaba que las campañas debieran ser en diciembre.
La anfitriona, que por medio de ese sortilegio que sólo poseen las señoras de la casa había logrado acallar a los perros y encontrar la camisa de la escuela, meditaba también sobre la invitación, sin dejar de mover el k’ool.
¿Qué le hubiera costado decir que no? Después de todo, hay muchos otros seleccionados. Si no era ella, alguien más haría el trabajo. Además, ese día habían quedado de comer en casa de sus compadres. Más aún, podía aplicar el mexicanisimo método de decir que sí y luego hacerse la perdediza para que no la volvieran a localizar.
Se avergonzó de sólo pensar en esas posibilidades.
Llevamos meses, sino años, en defensa del INE, se dijo. Hemos criticado con insistencia los intentos por debilitar o cooptar al instituto, corromperlo. Queremos que lo dejen trabajar con libertad para que sea un árbitro confiable y respetado.
Hemos ido a marchas, nos hemos lamentado por aquellas a las que no pudimos asistir.
En redes sociales no nos cansamos de leer mensajes contra los que atacan a la institución, avalamos esos mensajes, los reenviamos; enviamos memes y cadenas por whatsapp para manifestar nuestro apoyo a la institucionalidad y el rechazo a las imposiciones.
Creamos grupos de trabajo para analizar posturas políticas, para contrastar propuestas de candidatos.
Creemos en la democracia. En el poder ciudadano, en el despertar cívico; creemos en la importancia de participar, de salir a votar, de no dejar la decisión en manos de otros, y a veces esos otros son los apáticos (por decir lo menos) que no votan.
Nos congratulamos con el votante yucateco por su participación cívica que en cada proceso electoral es la más alta del país. Nos indignamos por aquellos estados donde la participación ronda el 30% y a veces ni eso.
Rechazamos el acarreo, la compra de votos, el mapacheo, el carrusel, ratón loco y todas aquellas prácticas propias de quienes no quieren permitir que la ciudadanía tome libremente la decisión de quiénes nos deben gobernar.
Lamentamos, casi maldecimos, la abstención y la indiferencia hacia el proceso electoral. Reprobamos a quienes ven la jornada cívica como un día más, deploramos que haya quienes piensan que el de las elecciones es “un domingo cualquiera”. Estamos en contra de la indolencia, ya sea por negligencia, apatía, desconocimiento o, peor aún, displicencia de “para qué voto, si ya se sabe quién va a ganar”.
Creemos que la credencial de elector es mucho más que una simple identificación oficial. Es el pasaporte al futuro. El que nosotros labraremos si ejercemos el voto y lo defendemos.
—Así que sí, por supuesto.
—¿Perdón? —preguntó la funcionaria del INE mientras terminaba el vaso de agua de pitahaya.
El ama de casa cayó en la cuenta que la última parte de sus meditaciones la dijo en voz alta.
—Quiero decir que sí —exclamó. El k’ool ya estaba listo, los perros callados y su hijo iba de salida a la escuela.
—Sí, sí —repitió—. ¡Claro que quiero ser funcionaria de casilla! Cuándo empiezo, qué hago, por dónde arrancamos…
—Permítame, permítame. ¿Por qué tanto entusiasmo?
—Como por qué. Porque el país nos necesita. Porque tuve la fortuna enorme de ser seleccionada y que usted llamara a mi puerta. ¿No le parece una razón fenomenal para estar feliz?
—Qué bueno que lo ve así. Lamentablemente no todos.
—Pues qué mal. Deberían sentirse orgullosos de servir a su país en los momentos que más los necesita. Como analistas de sillón y de redes sociales somos buenísimos. Seámoslo también cuando la situación nos obligue a dejar la comodidad y contribuir con la jornada electoral.—Mérida, Yucatán
olegario.moguel@megamedia. com.mx
@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
