¿Hasta dónde alcanza la democracia? ¿Por qué los países, en especial los de Occidente, le tenemos tanta fe cuando de su papel como método de selección de autoridades se trata?
En los hechos, la democracia es desigual, aunque en teoría no. La equidad plasmada en el papel es su principal atractivo y valor: lo mismo vale el voto del más encumbrado de los seres que el del más desamparado. El único requisito es registrarse en el padrón, cosa por lo demás sencilla… y, por supuesto, votar.
Pero, considerando este elemento, los países de Occidente, especialmente los de América Latina, tienen en el voto desamparado el masivo. A partir de aquí el método democrático de selección comienza a ser desigual. Si bien vale lo mismo un voto que otro, de uno se producen mareas, del otro gotas.
El juego democrático, en su faceta de método de selección de autoridades, no consiste en elegir al más apto para desempeñar los cargos que permitirán al pueblo alcanzar mayores niveles de progreso, desarrollo e incluso felicidad, sino al que resulta capaz de mover a las masas que integran el enorme segmento de los votantes desamparados.
Visto así, impulsar desde los gobiernos y partidos el desarrollo, alfabetización, reflexión política y participación cívica es un contrasentido y un esfuerzo que navega contra los intereses de gobernantes, partidos políticos, sindicatos y demás órganos de representación. Sería un estúpido el gobernante o partido que intentara sacar al pueblo de la inopia.
El gran daño del PRI es que logró meter en los demás partidos el mismo germen que lo conforma: la búsqueda del poder por sobre cualquier otro objetivo. Pareciera que los partidos carecen de sentido si no se dedican a la búsqueda del poder. Y se desdibujan casi por completo cuando no lo alcanzan, perdiendo de vista que la representación desde el poder es sólo uno de los muchos papeles que las organizaciones políticas representan en el entramado democrático.
La democracia a la mexicana, o a la latinoamericana, está constituida por una gran cantidad de grupos intermedios entre el individuo soberano y el poder. Se trata de organizaciones como sindicatos y partidos, que no sólo relegan al individuo en su calidad de ente decisor, sino que lo manipulan y utilizan. Y, además, son operadores de ingentes presupuestos. En México, de los negocios lícitos, sin duda la política es el más lucrativo.
Más aún, los partidos usan a los individuos para alcanzar posiciones de poder, pero no les responden ya no en igualdad, ni siquiera en proporcionalidad. Como sostiene el politólogo italiano Norberto Bobbio (1909-2004), la disciplina de partido es una abierta violación a la prohibición del mandato imperativo que la democracia da al pueblo, puesto que los representantes se deben a sus partidos en tanto buscan mejorar posiciones en el futuro, y no a la ciudadanía.
A Winston Churchill, magnífico para acuñar frases, muchas de ellas lapidarias, ingeniosas y la mayoría mordaces y rezumando ironía, se le atribuye la que dice que “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás”.
Y, 70 años después de la sentencia, seguimos creyendo que la democracia es mejor que los demás sistemas, cuando la palabra “peor” debió alertar a los pueblos sobre la necesidad de encontrar una forma “mejor” de gobierno. A la fecha no sólo no se le ha encontrado, sino que la existente se ha prostituido elección tras elección, gobierno tras gobierno.
El ser humano, en su calidad de animal político, parece siempre capaz de empeorar los sistemas existentes. Cuando a los reyes les dio por leer —¡vaya!—, el mundo cambió. Los antecedentes señalaban sólo a un rey, del siglo XIII, Alfonso X, quien no sólo leía, también escribía, lo que le valió el mote de “El sabio”.
De ahí en fuera, de los reyes lo suyo lo suyo lo suyo no era la lectura. Cuando por fin se empezaron a ilustrar y con ello despertaron en el pueblo llano la ilusión de tener monarquías más humanas, reflexivas y de larga visión, nació el despotismno ilustrado.
Nos volvemos a preguntar ¿hasta dónde alcanza la democracia? ¿Debería este sistema de gobierno propugnar por una proporcionalidad, no en términos de representantes populares, como existe hoy con los regidores y legisladores de representación proporcional, sino aplicada a los procesos electorales? Me refiero a que el valor del voto no sea igual y total —votar vale uno, no votar cero—, sino proporcional en cuanto a grupos humanos, en apego a las divisiones poblacionales del Inegi. Los votos de los grupos mayoritarios serían proporcionalmente menores que los de otros grupos, para no inclinar la balanza hacia uno u otro lado.
Por ejemplo, si en el país hay más jóvenes de 18 a 25 años que personas de 65 y más, ¿por qué deben valer lo mismo los votos del grupo desbordadamente más numeroso que los del escueto? Si, en este ejemplo, los jóvenes representaran el 50% del electorado y los mayores de 65 sólo el 10%, serían siempre los jóvenes quienes elijan a las autoridades, con la falta de proporcionalidad que eso supondría. Y aquel partido que conquiste el voto juvenil obtendrá, sin el menor asomo de duda, el triunfo, aun si ignoró en su totalidad a los mayores de 65.
Si no hacemos contrapeso desde la sociedad, a 70 años de la sentencia de Churchill seguiremos viviendo en el “peor” de los sistemas de gobierno, y empeorándolo constantemente. Si no hacemos contrapeso, la fábrica de pobres seguirá trabajando a marchas forzadas, a manos de los gobiernos en turno, para crear nuevos futuros votantes.
Si no hacemos contrapeso, seguiremos dependiendo de los grupos menos interesados en que cambie el estado de las cosas. Si no hacemos contrapeso, la sociedad llegará al silencio total y entonces nos conformaremos dócilmente con ser parte del pueblo.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
