El arte es la filosofía que refleja un pensamiento —Antoni Tàpiez

Recuerdo el día en que lo conocí hace muchos ayeres, cuando aún trabajaba en La Central Pediátrica. De entrada, me llamó la atención aquel personaje de hablar pausado, boina, tirantes, lentes y una barba de candado; llevaba a consultar al pequeño Nando, ahí estaba su compañera de vida y eterna musa: la maestra Julia María.

Como me ha ocurrido por fortuna muchas veces en mi ejercicio profesional, lo que se inició con una relación médico paciente se convirtió con los años en una sólida empatía. Imposible sostener el hilo acartonado del conversatorio propio de consulta médica; los exabruptos a la mutua afición por la historia, la literatura y la pintura, nos descarrilaba del tema médico, hasta que, los ojos azules de mirada profunda de la maestra se acompañaban de una sonrisa para decir sin hablar: “¿Óiganme y de los males del cuerpo, tendrán acaso un minuto?”

Así nació la amistad y casi en forma instantánea la hermandad con Fernando. Con el paso de los años me fui adentrando en esto que describo como “Nandismo”, que no es solo un estilo de pensamiento y arte, sino que es una filosofía de vida con sello propio.

No siempre es fácil encontrar a la persona con la capacidad, al mismo tiempo, de blandir el pincel y la pluma con sobrada maestría, para dar vida al entramado de un lienzo o estampar el sentimiento en papel. Colores y palabras, emociones y visiones; quien conoce a Fernando Alfonso Ávila Prado, el pintor, poeta, historiador, músico, políglota entre tantas facetas, pero sobre todo el amigo, el hermano, el gran ser humano, entiende el significado de poder materializar en arte el espíritu.

Hombre de sólidas convicciones, con un contumaz enfoque y perspectiva que raya a veces peligrosamente en la intolerancia. Ya no recuerdo en cuántas ocasiones sentado en la sala de su quijotesca casa de blancas paredes, ventanas y puertas ojivales, en Progreso, podíamos debatir ampliamente con una copa a rebosar de vino tinto, por fortuna siempre en buen plan.

A pesar de nuestra mutua afición por la literatura, pintura y música, nuestros puntos de vista son algo distintos. Es defensor a ultranza de la música clásica sobre cualquier género, al grado de no soportar que algunos instrumentos sean profanados con otra clase de melodías; recuerdo aún divertido, el ver su rostro cuando le conté de cómo disfruté en Mazatlán de un concierto de los Ángeles Azules acompañados de la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes. Me considero privilegiado porque como pocas personas he podido entrar a su muy peculiar estudio: un galerón que solo recibe la luz cuando abre su única puerta. Ahí me quedo contemplando como pintor aficionado que soy, parado viendo sus obras y arremeto con mis ojos de ortopedista para señalar algunos detalles anatómicos de manos y pies, y lejos de enojarse acepta la crítica afablemente.

Soy muy afortunado: el retrato al óleo de mi madre, mi abuela materna y recientemente mi tatarabuelo, el coronel Ramón Arzamendi, cuelgan de las paredes de mi casa, al igual de una media docena más de temas distintos que me ha obsequiado.

Hispanista a ultranza, me pongo a polemizar en el tema de no ir a los extremos y aún recuerdo cuando al presentar su libro “Raíces de España”, mi discurso comenzó con un: “antes que nada soy mestizo” …, y en corto le he dicho que la Jota Aragonesa la mejoramos aquí en Yucatán y la convertimos en nuestra jarana.

Debatimos también de política, aunque nos hemos declarado agnósticos políticos. Amante apasionado de la cultura en todas sus expresiones. Un juglar y músico de la tan difícil interpretación de música medieval, que durante años interrumpía la rutina porteña con las notas expelidas de su gaita gallega, lo cual lo convirtió en un personaje para muchos: excéntrico y, para los que lo vivieron, como algo irrepetible.

Por si fuera poco, resultado de ser un juvenil trotamundos, es ahora un plurilingüe consumado, con un buen acento yucateco que se trasforma en puro castellano al momento de leer en voz alta. Una de las cosas que más le envidio a Fernando es la memoria tan privilegiada para recitar poemas suyos y ajenos, con una facilidad pasmosa que proviene solo de alguien que conoce el sentido de la poesía, esa que solo admite su rigor en la rima, aliteración, asonancia y consonancia. Un día, después de haberme caído un diluvio de poemas encima, le confesé que difícilmente podría escribir poesía, a lo cual me dio una palmada para decirme: “¿no te has dado cuenta de que tu poesía está en tu prosa? …, eso sí: desperdigada por aquí y acullá”. Un hombre que creció embebido de la cultura tenía que dar por resultado un ser pleno en cuanto a humanismo se entiende, sensible a los sentimientos ajenos, que se bebe el dolor, tanto como exhala las alegrías de los demás, que nunca escatimó para compartir sus conocimientos y que hizo de la enseñanza otra de sus vocaciones.

Hace tres años mi buen amigo sufrió un duro golpe al perder a su adorada Julia María. En plena pandemia, un 21 de marzo, en una banca de la funeraria ahí estuve sentado junto a él con otro buen amigo, el Dr. Mario Gutiérrez. Fui testigo de su hondo pesar, por lo que fue para mí, muy satisfactorio el poder prologar su más reciente obra, el poemario: “Espérame”, que es un hermoso testimonio del amor de una pareja y muy lejos de lo que pudiera esperarse, aunque con su dejo de nostalgia, los poemas y las pinturas rezuman más alegría que desolación.

Pero si de algo Fernando se siente orgulloso es de ser un progreseño de cepa. Tal vez porque mis raíces son progreseñas y por mucho siento un especial cariño por el puerto, entiendo los momentos de frustraciones que mi buen amigo ha tenido. Ha sido sin tapujos un crítico de administraciones que han pasado sin pena ni gloria. Pero al final es un profeta en su tierra porque se le entregará la Medalla de honor “Juan Miguel Castro” como Ciudadano Distinguido de Progreso 2024. Por méritos propios. Así, sin simulaciones, con sus contrastes y su singular forma de ser y pensar; lo recibe un hombre de bien que ha llevado en alto el nombre del vecino puerto y ciudad. En lo que a mí se refiere, desde hace mucho le otorgué el título de “amigo distinguido”. Enhorabuena, Fernando, mejor: imposible.— Mérida, Yucatán.

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Médico y escritor

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