—¿Bajaremos al Pireo? —preguntó don Polo Ricalde y Tejero a su interlocutor, quien no le prestaba la atención debida, ya que peleaba a muerte con un bísquet al que intentaba embarrar un trozo de mantequilla que tenía la dureza de una roca.
—Esto está más duro que un cocoyol —sentenció Ángel Trinidad—. Perdón, no entendí. ¿A qué se refiere?
—Pregunté si bajaremos al Pireo.
Ángel Trinidad desistió con la mantequilla y atacó el tarrito de mermelada.
—Para bajar hay que estar arriba —dijo con un bocado de bísquet dificultándole la dicción.
—¡Vaya, vaya! Acabas de decir una frase totalmente filosófica, justo cuando te quiero hablar de temas de ese fuste.
El bísquet se deshizo en pedazos cuando quiso darle otro bocado. Ángel Trinidad se embarró los dedos de mantequilla y, sin pudor alguno, comenzó a chupárselos con avidez y en forma ruidosa.
—Usted de nuevo con sus palabras domingueras e ideas conceptuales. Simplemente —añadió limpiándose el resto con una servilleta—, para bajar hay que estar arriba. No se necesita descifrar las leyes de Newton para saberlo.
La mirada que le obsequió don Polo fue una mezcla de admiración, asombro y compasión por sus conflictos alimentarios.
—Veo que tienes problemas con el pan.
—Jamás, don Polo. No he tenido problemas con el blanquiazul. Son ellos los que quizá tengan conflicto conmigo porque no quieren soltar prenda acerca de lo que les pasó en las elecciones a gobernador… ¡Ah! —añadió sorprendido, tras una pausa—. Se refiere al bísquet, supongo. Mire lo que ha hecho de mí, todo lo asocio con política.
—Me refería, en efecto, al estropicio que hacías con el bísquet, pero tu respuesta fue mucho más sustanciosa —expuso—. Dime, ¿a qué te refieres con que no han querido soltar prenda? ¿Tienes algún conocido que te pueda dar información y te la niega?
—No, no, no. Qué va. Si así fuera, le pediría bajar la voz. Pero no. Lo digo porque no he leído en el Diario alguna explicación del partido sobre los motivos del resultado.
—Ah, ¿pues ya lees el Diario?
—Otra de las influencias que usted ha tenido sobre mí —dijo, señalando el ejemplar que reposaba encima de un libro cuya cubierta no alcanzó a distinguir—. Pero yo lo leo aquí —alzó el celular.
—Lo importante es que veas el mundo con ojos de una persona informada, no de un huérfano informativo a quien es fácil conducir a cualquier parte, incluso al barranco —dijo don Polo—. Pero parece que empezaste a leer hace no mucho, pues el Diario publicó, tres domingos atrás, una entrevista amplia con Renán Barrera, donde da las razones de la derrota.
—Por supuesto que la leí, don Polo. Y debo decir que el candidato dio “sus” razones de la derrota, que no necesariamente son “las” razones, o “todas las” razones —respondió Ángel Trinidad en tono analítico—. Razones poderosas debe haber más. No mencionó desorganización, soberbia entre los miembros del equipo, cerrazón, gambusinismo, influencias perniciosas… Dijo, eso sí, que Xóchitl fue un lastre y que…
—¡Un momento, un momento! Jamás dijo que fuera un lastre. Don Renán, un panista de cepa y quien aún guarda cierto romanticismo por los ideales políticos, nunca diría eso de la que fue candidata nacional de su alianza.
—Con todo respeto, don Polo, le recuerdo lo que usted siempre me ha dicho: hay que leer entre líneas. Aunque en este caso no me parece que haya que rascar mucho para llegar a esa conclusión. Don Renán dijo que hay candidatos nacionales que son… si recuerdo bien usó la frase “un globo de helio”, porque desde la campaña nacional elevan a los candidatos locales. En contraparte, hay otros que son “bolsas de arena”. Más claro ni el agua.
—Dirás el agua del Parque Ecológico, con cocodrilo incluido. No podemos sabes si Claudia fue el globo y Xóchitl la bosa de arena.
Ángel Trinidad guardó silencio y vio a su amigo con una mirada pícara.
—Me está usted midiendo, ya me di cuenta.
Don Polo se limitó a sonreír.
—Pero debe haber otras razones —dijo.
—Desde luego. Diez mil millones de razones anuales. Esa fue la cantidad de dinero que se repartió en cada uno de los últimos seis años desde la federación a 600 mil yucatecos, según dijo Renán. Eso es como la base por bolas: contra eso no hay defensa.
—Quieres decir —espetó don Polo—, que la elección estaba perdida de antemano.
—Hay versiones que eso sostienen… Es más, dicen que hay encuestas que eso aseguraban antes de empezar la campaña.
—Entonces sí bajaremos al Pireo —don Polo inclinó la cabeza.
Ángel Trinidad empezó a atacar la otra mitad del bísquet y preguntó.
—¿A qué viene todo eso del Pireo? Es más, ¿qué es eso de Pireo?
Don Polo lanzó un suspiro no por resignación sino para tomar aire.
—No tienes idea el gusto que me da que decidas permanecer informado. La lectura de noticias marca una gran diferencia entre clases de personas, así de simple y así de rotundo. Verás el mundo con otros ojos, ya te darás cuenta.
—Ya me está ocurriendo. Cuando no leo noticias, créame que me siento desnudo, vulnerable.
—Magnífico. Esa es una verdadera transformación, no pamplinas. Pero me temo que es insuficiente.
—No me diga eso, don Polo. ¿Y ahora?
—Y ahora debes leer buena literatura. Conocer a los clásicos, la teoría política, historia, leer biografías de personajes destacados.
—A quién me recomienda.
—Pues hay muchos. Una buena lectura sería la biografía de Churchill, la que leí gracias a un libro sobre el ex primer ministro británico que me fue obsequiado, lo cual aprecio verdaderamente. Regalar un buen libro es uno de los gestos más ricos.
—Eso haré. Pero no me ha dicho qué es Pireo.
—Pireo es, amigo mío, el puerto de Atenas, de donde Sócrates procedía cuando fue interceptado por unos amigos con los que comenzó a dialogar. A partir de ahí, se desarrolla en su totalidad una de las obras cumbre de la filosofía política: La República, de Platón.
—De hecho —prosiguió—, esa es la frase inicial del libro “Ayer bajé al Pireo”. Los analistas llevan más de dos mil años diseccionando esas cuatro palabras, y hay casi un consenso que dicta que bajar al Pireo es descender de nivel, ya sea como sociedad o como concepto de la política.
—Para nosotros hoy es fácil interpretar que en lo alto está la grandeza, a lo que aspiramos, los grandes afanes y anhelos del ser humano, aquello que nos hace mejores y enriquecidos espiritual, social y políticamente. Y lo bajo, en consecuencia, es lo contrario. Bajar al Pireo es adentrarse en las profundidades de la descomposición social y política. Ese concepto de arriba y abajo no era tan claro hace veinticinco siglos.
—Quiere usted decir —exclamó Ángel Trinidad con asombro—, que descenderemos a ello.
—No es que estemos en el pináculo. Hemos experimentado altibajos en los últimos años. Pero me temo que, si no hacemos algo como sociedad, bajaremos al Pireo.
—¡Vaya! —Ángel Trinidad se rascó la cabeza—. Supongo que ese libro que está bajo el Diario es La República.
—Supones mal. Hablando de libros que he recibido de obsequio, éste es uno de ellos, lo recibí ayer —levantó el Diario y Ángel Trinidad observó un ejemplar azul con letras blancas gigantes: “Mauricio Vila”, y más pequeño. “Una historia de cambio y transformación”.
No sin asombro, exclamó: “Y dale con la transformación…”.
—Cuando lo lea sabré a qué transformación se refiere.— Mérida, Yucatán.
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Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
