En estos tiempos, es común observar a turistas y visitantes, foráneos y extranjeros en todos los rincones de estas tierras del sureste mexicano.
El turismo propiamente dicho, nace en el siglo XIX, como una consecuencia de la Revolución Industrial, con movimientos o desplazamientos de gente cuya intención principal es el descanso, el ocio, la cultura, salud, relaciones familiares o negocios.
Tiene su origen en ver o visitar lo desconocido, o ver los lugares que se han escuchado, pero no se han visto físicamente o en carne propia.
A veces parece que el viajero trata de cumplir con la máxima en honor a Santo Tomás, “hasta no ver no creer”.
Esta actividad comercial y viajera se ha convertido en importante fuente de ingresos para las ciudades o países donde el negocio turístico es muy popular, colaborando en buena parte con el Producto Interno Bruto o PIB, en muchos de los casos.
En el caso de Yucatán, su capital y el resto de la Península del mismo nombre, existe una gran y creciente actividad turística, con algunas variantes novedosas como el turismo médico o el estudiantil, pasando por el clásico turismo histórico y arqueológico, provocando la visita de cantidades considerables de foráneos o extranjeros a nuestras playas, ruinas mayas, pueblos mágicos y centros históricos o cocina regional, por decir algunos atractivos.
Los visitantes en su mayoría, vienen a Yucatán y Mérida para conocer lo “tradicional”. O sea, lo que les llega en información sobre nuestro estado y nuestra capital, evidentemente pasando por todas las demás ciudades y puertos turísticos de la entidad.
Llegan los visitantes con la idea de conocer desde el Castillo de Chichén, y los cenotes, hasta las ciudades y sus edificaciones.
En el caso de la capital, los viajeros buscan conocer el Centro Histórico de Mérida con su Catedral y edificios antiguos y coloniales, y si se puede conocer monumentos y parques del siglo XX como el Monumento a la Patria, el parque de Las Américas y el Paseo de Montejo.
La curiosidad del turista radica de manera importante en observar cómo eran, en su tiempo, las ruinas mayas y los edificios coloniales. Muchos ven el Castillo de Chichén y no reparan en que está totalmente reconstruido, pues se encontró como un cerro lleno de árboles y maleza. Pero fue restaurado de extraordinaria manera por arqueólogos y artesanos expertos. En el caso de la restauración de la zona histórica de la capital pudiera ser lo ideal dejarla como era o lo más parecido, no convertirla en un Frankenstein o híbrido mezclando modernidades que en pocos años pasan de moda.
Casonas
Recuerdo que hace como 30 años las casonas antiguas del centro y suburbios aún habitados, en su afán de modernización, fueron remodeladas principalmente al colocar pisos de cerámica (que en ese momento era lo actual) encima del antiguo piso de mosaico de pasta, solamente porque “se veía feo” pues estaba pasado de moda. Ahora, unos años después, al entrar la corriente de lo retro, hasta levantan esos pisos “modernos “para rescatar el antiguo de pasta, pues resulta que la cerámica, al pasar de moda, ya se ve algunas veces hasta corriente y ridícula.
Lo mismo ocurre con la arquitectura en las fachadas y el entorno urbano. Si el turista internacional quisiera ver una ciudad moderna creo iría a alguna de China, Japón, Europa o EE.UU., pero quieren ver lo tradicional o en este caso lo colonial. Cuando se demolió el edificio del Olimpo, fue una catástrofe arquitectónica de algo precioso, pero años después las voces de muchos ciudadanos fueron escuchadas y se logró reconstruirlo, cosa que en su momento todos aplaudimos. Pero el producto de la “resucitación” del Olimpo no resultó como el ave Fénix. Obtuvimos un edificio híbrido entre lo antiguo y lo moderno que en su momento parecía fabuloso, extraordinario.
Insisto, en su momento. Pero al paso de algunas décadas para algunos ciudadanos este edificio hace gestos, es decir, no concuerda con lo tradicional de los edificios del primer cuadro.
En el malecón de Progreso ahora tenemos un malecón moderno que ya se parece mucho a la famosa 5a. avenida de Playa del Carmen. ¿Y lo tradicional? ¿No a eso viene la gente? ¿Y cuando esas corrientes arquitectónicas o modernas pasen de moda? ¿Se visualizará un panorama ridículo? Se me ocurre que lo que se comenta líneas arriba es análogo con lo que proponía Ruskin “Es preferible una ruina, por su autenticidad, que una restauración que crea una falsedad”, al contrario de lo que predicaba Viollet-le-Duc, digo para los conocedores del tema.
La cosa es, o dejar las cosas como estaban en su origen o modificarlas con mejoras novedosas y actualizadas. Sin ser experto a profundidad en el tema, pero opinando como parte de la ciudadanía le voy a lo primero, es decir a Ruskin.
La Habana tiene éxito como sitio turístico como ciudad colonial porque se quedó como estaba en el momento de la revolución cubana, es decir, desde 1959. Para bien o para mal, pero turísticamente esa parálisis cronológica atrae mucho al visitante internacional, y los que hemos tenido la oportunidad de ir lo hemos sentido.
En el Palacio de la Música de nuestro Centro Histórico muchas voces opinan que no era el lugar adecuado para un edificio moderno, aunque estaba peor el anterior que albergaba al Congreso y más aún su antecesor, es decir, el otrora “elefante blanco”, edificio amorfo que nunca se terminó de construir.
El turista no siempre o casi nunca es experto en arquitectura para analizar los porqués de una restauración o remodelación, pero el ciudadano de a pie tiene la ventaja de opinar pues para eso son las consultas en las políticas públicas. Debemos decidir como ciudadanos si queremos conservar la identidad de nuestra ciudad y de nuestro estado y nuestras autoridades orientar las políticas públicas hacia lo más conveniente para no perder nuestra esencia turística. A veces el pueblo sabio, como dice alguien por ahí, tiene la razón. Pero no siempre. Se requiere de los expertos y por estos lares hay muchos, pero de nada sirve si no se les toma en cuenta. ¡Hagamos ciudadanía con nuestra participación o granito de arena!— Mérida, Yucatán.
condeval1@hotmail.com
Ingeniero Civil, valuador y Maestro en Dirección de Gobierno y Políticas Públicas
