Se titula este artículo con una expresión de gran uso en nuestro país y cuando se dice en primera persona: “Me hace lo que le viento a Juárez”, puede verse como fanfarronería o prepotencia.

No es lo mismo referirse al otro, quien por sus acciones, fortalezas y habilidades, asombra en el andar de la vida. Ahora causan coraje casos como el de los Yunes y tantos chapulines, tan de moda en esta reconformación del Estado.

Ellos son una versión burda de Joseph Fouché en el siglo XXI, aquel político francés absolutamente inmoral por su cambio de opiniones al defender causas opuestas y contradictorias y canjearlas por impunidad, aunque al hacerlo haya pasado a ocupar un lugar tristemente célebre en la historia y, por tanto, con sensatez, no podrá decirse con reconocimiento de lo que el viento ocasiona al conspicuo presidente liberal, aun teniendo a sus admiradores e imitadores.

Las acciones de promover traiciones y darles cabida en el equipo gobernante compromete al Estado que demuestra el uso político de la justicia y desenmascara la finalidad supuestamente oculta de las reformas al Poder Judicial: un “Me hace lo que el viento a Juárez” de un oficialismo con Patente de Corso.

Ahora que se quejan y vemos el sufrimiento de los habitantes en ciertas zonas de la Ciudad de México y regiones conurbadas, se pensó que Maquiavelo diría que la culpa de esos fenómenos de la naturaleza no exime al Príncipe, por haber autorizado o hacerse omiso en la construcción de viviendas en aquellas zonas.

El caso de Chalco fue una obra exitosa del Programa Nacional de Solidaridad, emblema del salinismo, por tanto, diría el predicador de palacio que la culpa es de los neoliberales. Nunca recordaron que se construía en zonas lacustres de antaño o en las faldas de las montañas y cuando las aguas se vuelven agresivas al obstruirles sus desfogues naturales, resultará muy complejo controlarlas sin dejar daños de bienes materiales y pérdidas humanas. Tarde o temprano la naturaleza se cobra los acometimientos, no permite que el tiempo le haga lo que el viento al presidente zapoteco.

Precisamente en el Canal de la Viga, ahora enterrado y pavimentado, por donde se proveía de alimentos del campo a la gran ciudad, también sirvió para solaz de los habitantes al pasearse entre los bellos paisajes del Valle de México, la región más transparente.

Un día el presidente Juárez y parte de su gabinete disfrutaban del recorrido fluvio-lacustre, cuando el vapor en el que viajaban se escuchó un fuerte estruendo. Los acompañantes del presidente lo cubrieron de inmediato pensando que se tratara de un atentado hasta que se supo que una de las calderas había estallado y que aquello no representaba peligro. Se dice que de ese hecho surgió la muy generalizada expresión con la que titulamos este escrito.

En la repartición del poder que una abrumadora votación otorgó, ya sea éste grande, regular o pequeño, como pastel cumpleañero, algunos, quizá los menos expertos, pensarán que obtuvieron algo así como el fuero constitucional para ser protagonistas en los altibajos del frágil trayecto de una administración gubernamental en un periodo transitorio; quizá perciban que ante los avatares propios del cargo les sucederá lo mismo que el viento al Benemérito al no tener nada que frene los desmedidos afanes.

Ante la embestida de los empoderados con sus transformaciones, sólo queda la prensa libre, llamada por el imaginario popular como el cuarto poder, un último recurso como aquello de ¿ahora quién podrá ayudarme?

Editoriales, columnas, artículos, reportajes, etcétera, sirven para señalar los errores de quienes tendrán cargos de confianza como empleados públicos, porque sus emolumentos proceden de las contribuciones hacendarias. No me refiero a los libelistas que van denostando para recibir pagos que los silencien, otras veces son apaleados por el gran poder que prefiere la apología, aunque tanto incienso queme al santo.

Plumas periodísticas han perdido credibilidad en medios locales y nacionales al volverse gacetilleros del gobierno en turno. Siempre fue referencia el Diario de Yucatán de los que piensan diferente al oficialismo.

Hoy lo vemos más plural acorde con los tiempos. Aquellos políticos testimoniales del pasado o sus descendientes de hoy lo pueden comprobar con desagrado cuando les señalan el mal uso de las mieles del triunfo otorga al poder.

Aquel que escribe y publica en medios de comunicación masiva debe hacerlo con ética, honestidad y responsabilidad social. Lo que a veces hace perder amigos, que quizá nunca lo fueron, porque más que amistad buscan complicidades.

Además, para escribir en las páginas de opinión se requiere de estar informado y poseer cierta cultura literaria porque no se puede escribir sin leer. Las opiniones deben estar sustentadas con datos duros, tendencias o prospectivas que otorgan experiencia y la historia de los casos.

En líneas anteriores se dijo que la prensa es el cuarto poder y algunos periodistas se lo creen, consideran que por publicar son poseedores de implícita impunidad. No podemos decir que el viento les hace lo que el viento a Juárez en aquellas plumas que se ponen al servicio del poder cuando no son voceros ni trabajan formalmente para el Estado. La sociedad es muy severa al juzgar, aunque tal vez, aquello no les importe.— Espita, Yucatán.

pepetong@hotmail.com

Maestro de Políticas Educativas y Cronista de Espita

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán