Armando Fuentes Aguirre Catón De política y cosas peores

A millones de mexicanos AMLO nos dejó una cruda, un sentimiento de desazón y malestar después de su gobierno, que nos pareció eterno, fincado en caprichosas ocurrencias, violaciones constantes a la ley, ineficacia y polarización.

Sus partidarios han hecho de él un semidiós, y lo ven a la par de los grandes próceres de México. Ante los ojos del mundo, sin embargo, salvos los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, se le considera un hombre escaso de saberes que hizo retroceder a México en todos los campos de la administración; un autócrata cuyas desatinadas referencias a otros países eran recibidas con desdén o enojo (España, por ejemplo), cuando no con irrisión (por ejemplo Dinamarca).

Será difícil olvidar la figura de López Obrador. Distinto a todos los Presidentes que lo antecedieron, su indiscutible cercanía con el pueblo y sus extraordinarias habilidades de comunicador lo convirtieron en figura estelar de la política.

Pero al paso del tiempo lo que ahora tiene brillos de oro será luego oropel o similor, que es oro falso. Sin ánimo de establecer comparaciones —cuando a dos se les compara uno de los dos repara— diré que otro López, Santa Anna, gozó en sus días de semejante popularidad, y ahora está en el basurero de la Historia.

Día llegará en que un verdadero historiador, no como los de nómina que rodearon a AMLO y llevaron a su más cercano círculo a un nacionalismo ramplón y chabacano y lo hicieron incurrir en aberrantes desatinos como las peticiones de perdón al Vaticano y a España; llegará el día, repito, en que un historiador de veras hará el balance de la actuación de este hombre y dirá del grave daño que causó a México. Seguramente yo ya no veré eso, pero lo estoy viendo ya.

“¿Con qué frecuencia hacen ustedes el amor con su esposa?”. Eso les preguntó el conferencista a quienes formaban su público, exclusivamente de hombres. Pidió en seguida: “Levanten la mano los que lo hacen todos los días”. Ocho o diez la levantaron, curiosamente todos originarios de Saltillo. “Ahora levanten la mano quienes lo hacen una vez a la semana”. La mayoría de los asistentes indicaron pertenecer a ese grupo. “Ahora levántenla los que lo hacen una vez al mes”. Un número menor de concurrentes la levantaron. “Ahora -pidió el conferenciante- levanten la mano los que lo hacen una vez al año”. Un señor de edad madura se levantó, feliz, y gritó regocijadamente al tiempo que levantaba la mano: “¡Yo! ¡Yupi!”

El conferencista se desconcertó: “Un solo día al año lo hace usted -le dijo al provecto caballero-. ¿Qué razón tiene entonces para alegrarse tanto?”. Replicó el veterano, jubiloso: “¡Es que hoy es el día!”.

“No hay hombre más humilde que un crudo”. Tal aseveración solía hacer Hugo L. del Río, inolvidable amigo. La frase es verdadera. Recuerdo a los borrachines que en las cantinas de barriada pedían con voz trémula el óbolo de los parroquianos para curarse la cruda, y evoco a los compasivos taberneros que les daban medio vaso de toñas a fin de ayudarles a remediar su mal.

Las toñas eran un inmundo bebistrajo que se hacía con lo que dejaban los clientes en sus copas o cervezas, restos que se echaban en una cubeta bajo el mostrador.

La mujer que se casa por dinero recibe en inglés un expresivo nombre: gold digger, buscadora de oro. A esa especie pertenecía la sinuosa fémina que por pura ambición contrajo matrimonio con un rico petrolero texano alto y robusto. En la noche de bodas la mujer se sorprendió al ver que el galán se había hecho tatuar en su atributo de varón el nombre de ella. Le preguntó: “¿Por qué hiciste eso?”. Respondió el hombrón: “Acuérdate. Me pediste que mis mejores propiedades las pusiera a tu nombre”.— Saltillo, Coahuila.

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