En esta tierra hay ángeles a nuestro alrededor, bajo disfraces sutiles —Lance Armstrong
Muchas veces me pregunté cómo sería la mirada de Dios. La respuesta la encontré al ver por primera vez los ojos de la Hermana Eunice Yam.
Corría el año de 1990. Trabajaba yo en la Cruz Roja Oriente, tuve la suerte de conocer a la religiosa; ella tenía unas semanas de haber regresado de Bungo, Angola, donde estaba de misionera, un país devastado por la guerra.
Unos meses atrás, había sufrido una lamentable tragedia al pasar el vehículo que manejaba otra compañera (la Hermana Amparo) sobre una mina terrestre, provocando la muerte de la conductora y ocasionándole una terrible fractura en la tibia derecha a la Hermana Eunice.
Pasó semanas de sufrimiento. Un médico ruso hizo maravillas en Uige, pero le quedó un defecto en el tobillo.
Al contarme los pormenores, le señalé: “Angola es un país muy pobre”. Con esa sempiterna expresión dulce en sus ojos me respondió: “Doctor, usted conoce la pobreza, lo que ahí tenemos es miseria”.
Pocas veces unas palabras calaron tan profundo en mí. Solía bromear con ella: “Le voy a poner tres clavos, así como a Jesús” o la vez que regresó a su primera cita y se apareció rauda y veloz en muletas: “¡Mire nada más¡, ya ni la novicia voladora”.
Fue el inicio de una gran amistad. La Hermana me contó todos los detalles de esa gran aventura que fue su misión en Angola, mucho antes de que yo tan siquiera imaginara que algún día publicaría un libro; le insistía: “Tiene que escribir sus memorias, esto lo tienen que saber todos”.
Lejos de desistir, ya repuesta regresó a Angola para un segundo período en un país con la guerra civil más prolongada de la era moderna y que no conocía de treguas.
La labor de las Misioneras Hijas de la Madre Santísima de la Luz y los sacerdotes de la Arquidiócesis de Yucatán quedó plasmada en mi cuarta novela: “Bungo (Nunca te irás del todo)”, basada en hechos reales, los mismos que me llegaron con la parte medular que fueron las memorias de la Hermana Eunice.
Al regresar de su segundo período en el país africano le hice otra intervención en el pie, y unas semanas después me visitó. Para entonces ya tenía publicadas mis dos primeras novelas; por cierto, al obsequiarle “De Médico a Sicario”, un tanto sonrojado le comenté que tenía diálogos con palabras altisonantes; sonrió y me respondió: “No creo que sea más malo de lo que yo oí”.
Decidido a llevar el proyecto le pedí una entrevista, la cual me concedió. He de decir que en el momento en que escribía Bungo, atravesaba una etapa muy difícil en mi vida, tan es así que incluso había entrado en una especie de absurda rebeldía con mi religión, por lo que me sentía “engallado” y más que preparado para no dejarme llevar por subjetividades derivadas de mis creencias.
Fue una tarde que me recibió en un retiro, el cual se encontraba en un sitio entre Dzidzantún y Santa Clara. Aquel día fue inolvidable. Llegamos y fui recibido por un ejército de perros guardianes que me ladraron y, con solo una palmadita de la Hermana se tornaron dóciles, me rodearon dándome de coletazos y olfatearon mis zapatos.
Me comentó después de un breve recorrido, dónde estaría la capilla; pero, mientras tenían habilitado un pequeño cuarto. Al entrar había un par de reclinatorios y un pequeño altar con el Santísimo Sacramento y una imagen de Jesús.
Llevaba años sin arrodillarme y menos santiguarme. En ese momento la Hermana lo hizo, me indicó que hiciera lo mismo, me pidió fijar la vista en el Cristo. Fue un momento increíble, alcancé a oír muy distante la voz de la Hermana dando gracias porque había llegado bien aquel día…, y luego fueron no sé cuántos segundos o minutos que experimenté una especie de abstracción, a tal grado que aún no puedo describirlo y del cual regresé justo al final para persignarme.
Después pasamos a la entrevista. En una laptop, ella tenía guardado un gran número de fotos y videos que me compartió. Amaba orar y cantar en portugués. Después de un convivio con el anfitrión, un amable señor padre de una de las religiosas, me despedí. Lo primero que hice al llegar a casa fue buscar y colgarme mi crucifijo.
“Bungo” se completó con los testimonios del padre Raúl Moguel Urtecho y monseñor Fabio Martínez Castilla, a quienes fui a visitar a Seyé y Tuxtla Gutiérrez, respectivamente.
El subtítulo de “Nunca te irás del todo” lo tomamos de la letra de una canción del grupo cubano Buena Fe.
La Hermana Eunice es el ejemplo más claro del valor de las misiones. Es el ejército de Dios, en las condiciones más adversas, resistiendo los embates de la malaria, el fuego cruzado, la amenaza latente de las minas, con la palabra como única arma y escudo. La más clara y descarnada visión del apostolado católico.
“Bungo” fue presentada ante más de 400 personas que asistieron al Seminario Conciliar de Yucatán, en la colonia Itzimná, el 25 de enero de 2019. Hice todo lo posible para que mis personajes fueran los protagonistas y al final lo conseguí, les dimos un humilde reconocimiento y ahí estaban los tres como auténticos rockstars firmando libros y posando para las fotos que les solicitaron.
Nunca perdimos contacto. La visitaba en ocasiones o ella acudía con otras de las hermanas al consultorio. Hace unos años me avisaron que fue intervenida por un problema oncológico. Fui a saludarla. En medio de su dolor me recibió con una sonrisa. El estoicismo en todo su esplendor.
Aunque se recuperó, su salud se fue debilitando. La última vez que conviví con ella fue en la verbena realizada en la casa de Xoclán. “Todo bien, doctor, solo unas manchitas en los pulmones”.
Enfermó después de una caída, a pesar de los esfuerzos de mis compañeros médicos del Hospital O’ Horán, falleció.
Ha sido un golpe más duro de lo que me imaginé. Estuve en la casa de la 66. Una misa de cuerpo presente. Siempre alardeo de que los médicos sabemos ocultar el dolor y, aunque no lloremos nos duele, y que reprobaría el “llorómetro”.
Sin embargo, ese día me quebré, lloré como nunca en mi vida, sin poder contenerme; ahora sé que en realidad fue mi alma la que estalló en lágrimas. No tengo la costumbre de acercarme al féretro. Esta vez lo hice; me despedí viendo su rostro, el rostro de un ángel.
Al día siguiente el sepelio, si acaso unas cuarenta personas en su mayoría religiosas, algunos familiares. Rodeada de sus compañeras de batalla, bajo el sol inclemente. Su cuerpo descansa en una tumba de lo más modesta que se pueda imaginar.
En medio de mis cavilaciones, no podía evitar, sin entrar en detalles, contrastar la pompa y el derroche con el que son sepultadas otras personas y fue cuando caí en cuenta de que así debería ser precisamente la puerta para llegar directamente con Dios: austera, humilde y sencilla, como fue en vida la Hermana Eunice.
Han pasado los días. Reviso las fotos de aquella noche de enero de hace cinco años. Esbozo una amarga sonrisa para tratar de consolarme, en medio del dolor algo me queda claro, mis tres mosqueteros de “Bungo” han regresado de donde vinieron: el cielo.— Mérida, Yucatán.
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Médico y escritor
