Los conflictos geopolíticos no resueltos son una fuente relevante de la inestabilidad global. Un ejemplo de esto es lo que vivimos en Medio Oriente, pues, como menciona Edward Said en “Orientalism”, la tensión entre los países de la región continúa alimentando diversas formas de violencia, terrorismo y desconfianza internacional.
Además, cuando los conflictos se prolongan demasiado pueden generar un estado de guerra permanente, que merma los derechos universales de quienes viven en las zonas implicadas.
Chomsky sostiene en “The Fateful Triangle” que los intereses geopolíticos de las potencias extranjeras han impedido una resolución pacífica y contribuido con el estado de guerra permanente en el conflicto árabe-israelí.
Sin embargo, nuestro crítico lector se preguntará: ¿cómo llegamos a este punto de desencuentro que ha generado tantas pérdidas humanas y una amenaza constante de que esto pueda escalar a un nivel que comprometa la seguridad global?
Algunos sitúan el inicio del conflicto antes de Cristo, cuando el pueblo judío llegó a la Tierra Prometida y Dios prometió entregarla a Abraham, la cual contenía lo que hoy se conoce como Palestina e Israel. Desde entonces hasta ahora han existido múltiples movimientos poblacionales, donde diferentes comunidades han ocupado dicho espacio geográfico reclamando derechos sobre la tierra.
Lo cierto es que independientemente de esos movimientos, la participación de otras naciones fue el punto determinante que otorgó con el tiempo el reconocimiento pleno a la comunidad judía, cuya ocupación territorial se incrementó desde el Tratado de Sykes-Picot de 1916.
En 1917 se dio la Declaración de Balfour para crear un Hogar Nacional Judío en Palestina. En la Conferencia de San Remo se llegó a la resolución de que las principales potencias aliadas establecerían mandatos para ciertas naciones de Medio Oriente. Con ello, la comunidad internacional brindó su aval para que dos potencias (Francia y Gran Bretaña) pudieran tener influencia en la región. En 1948 nuevamente una gran potencia (Estados Unidos) intervino promoviendo el reconocimiento de la independencia de Israel.
Algunos de los conflictos que todo esto ha originado son: Los Disturbios de Nabí Musa de 1920, los de Jafa de 1921, la Crisis de Buraq de 1929, la Guerra Palestino-Sionista de 1947, la Guerra de Liberación de 1948, la Guerra del Sinaí de 1956, la Guerra de los Seis Días de 1967, la Guerra de Yom Kipur de 1973, entre otros.
En la actualidad, la preocupación de la comunidad internacional se encuentra en la evidente inestabilidad de la zona. Como consecuencia de ella, en octubre de 2023 el conflicto se recrudeció con el ataque de Hamas a Israel, dejando más de mil 400 muertes, violando el Derecho Internacional Humanitario establecido en las Convenciones de Ginebra de 1949.
Ante ello, Israel respondió con un saldo de 5 mil muertos, la mayoría civiles y cerca de 2 mil de ellos niños; justificando sus acciones bajo el derecho a la autodefensa señalado en la Carta de las Naciones Unidas. Sin embargo, tanto Hamas como Israel ya han sido acusados de crímenes de guerra, establecidos en el Estatuto de Roma.
En lo que respecta al Líbano, el conflicto con Hezbollah también se recrudeció, pues entre 2023 y 2024 ha habido más de 10 mil ataques fronterizos entre Israel y el sur del Líbano. Solo el pasado septiembre, las Fuerzas de Defensa de Israel lanzaron más de 220 ataques aéreos dirigidos a Hezbollah.
Las declaraciones de los líderes de cada nación implicada han sido tan desafortunadas, que lejos deja ver la posibilidad de un fin al conflicto, se vislumbra una tensión que solo puede sostenerse o agravarse.
Los recursos de la zona y el comercio en el Mar Mediterráneo hacen que grandes potencias como Estados Unidos y Rusia mantengan intereses políticos en apoyar a cada bando. Asimismo, el revanchismo árabe por las guerras del pasado y la búsqueda de la supremacía militar israelí en la zona vuelven escasas las soluciones de paz que pudieran ofrecerse a los actores de este conflicto, donde pareciera que solo puede existir un lado victorioso.
Aquí las palabras de Norman Cousins cobran vida, pues hablar de la muerte no solo se trata de evitar la pérdida de más vidas en medio de esta búsqueda de poder y control, sino también de evitar que muera lo que queda de conciencia y humanidad dentro de nosotros mientras estamos vivos.— Mérida, Yucatán.
Doctor, profesor universitario. Facultad de Derecho y Relaciones Internacionales, Universidad Anáhuac Mayab
