El mar nunca ha sido amigo del hombre. A lo sumo fue cómplice de su inquietud, José Conrado
El tema no pierde vigencia cuando la madre naturaleza nos recuerda lo infinitamente pequeño que es el hombre.
Hice mi servicio social en el puerto de Progreso. En más de una ocasión nos encargaban examinar a hombres, en su gran mayoría saludables, para poder extenderles una constancia de salud, y de esta manera darle continuidad al trámite de la llamada “Libreta de Mar”.
Durante esa etapa de mi formación como médico tuve contacto con este grupo tan singular de seres humanos: los pescadores. Por lo general son muy trabajadores, nobles y dicharacheros; físicamente curtidos por el sol…, algunos dijéramos atléticos con eutrofismo muscular, otros con abdomen prominente, la llamada “panza chelera”. Poseen en su lenguaje muchos términos que les confieren un vocabulario muy particular: guindar, pantoquear, garetear, surada, potala, engodar, tarrayear, calamalear, etc.
La mayor parte de las veces me tocaba atender a los dedicados a la llamada “pesca artesanal”, pero, también conocí a muchos que conformaban la llamada “pesca mayor”.
Me quedó muy claro que el estado físico es de gran importancia. Pero ¿hasta qué punto está regulada la vigilancia periódica o estricta de la salud de los pescadores?, ya sea los llamados ribereños o los que van a estar más días en alta mar.
En un pasaje de mi novela Bungo, tres balseros logran sobrevivir a una brutal turbonada y mantenerse a flote, aunque uno de ellos sabe que le quedan menos de tres días de vida, pues siendo diabético el termo con su insulina se perdió en el mar; esto está basado en un hecho de la vida real, como lo fue el de un pescador que a pesar de ser epiléptico fue contratado y murió al caer de una embarcación, después de haber convulsionado.
Aun con un estado físico pleno, es una realidad que muchos pescadores, sobre todo los artesanales, están conscientes del riesgo de su actividad.
En la colección “Pesca Artesanal de la Península de Yucatán”, editada por el Conacyt y la Universidad Autónoma de Campeche, en un excelente estudio de Silvia Salas y colaboradores, queda señalado: “…los pescadores disponen de dispositivos de comunicación, radio VHF y celular, mientras que en términos de equipo de seguridad se cuenta con chalecos, linternas, luz de noche, bengalas, silbatos y botiquín de primeros auxilios. Para proteger sus bienes, en algunos lugares como Dzilam de Bravo, los pescadores o permisionarios han instalado cámaras de seguridad por asaltos en alta mar”. No obstante lo anterior, lamentablemente minimizan el peligro y desoyen los llamados, cuando son advertidos de que existe “mal tiempo”.
Aparece entonces una escena que lamentablemente ha sido como un mal cliché de novelas: las madres o esposas esperando en la orilla del mar, todos los días hasta caer la tarde, conducta que solo desaparece cuando la fortuna regresa vivo al familiar, recala el cuerpo o el manto de la conformidad diluye el ritual.
Catalina
“Mi hijo se salvó, seguro vive ya en otro país, y está muy bien pero no puede regresar”. Éste era el estribillo que durante años repetía doña Catalina, cuando la conocí en mi pasantía y que 30 años después, al atenderla por una fractura de cadera, siendo ya una ancianita, repetía sin saltarse una coma. Lo decía con tal firmeza que, en las miradas suplicantes de comprensión de sus otros hijos, se delataban años de dolor y amargura.
En lo que se refiere a la llamada Pesca Mayor: Está muy bien reglamentado todo lo concerniente a los requisitos y viene contemplado en la NOM de Emergencia (NOM-EM-001-SEMAR-2023). Equipo mínimo de seguridad, comunicación y navegación para embarcaciones nacionales, hasta 15 metros de eslora. Establece perfectamente los requisitos…, pero como otras normas oficiales, lo que siempre queda pendiente es su aplicación y su correcta verificación.
Y aquí en medio de estos dos extremos quedaría la pesca recreativa, en donde desafortunadamente vemos todos los años percances resultado de esta mezcla de desidia de los navegantes y la displicencia de las autoridades para todo aquel que se le ocurra hacerse a la mar.
Los recientes acontecimientos que han enlutado a familias en Yucatán dejan un sabor amargo por lo que ocurrió, y muchas preguntas sin respuesta. La naturaleza ha cambiado.
En el huracán “Otis” los grandes barcos trataron de capear un fenómeno que súbitamente incrementó su poder y tomó desprevenidas a decenas de embarcaciones que arrojó cuales barcos de papel a la bahía de Acapulco. La población tampoco estaba preparada, a diferencia de lo que ocurre aquí. Nos orgullecemos de nuestra cultura de prevención, pero ¿qué pasó con la gente de mar?
En relación con la tragedia de los pescadores y “Milton”, el tema está siendo abordado, y está muy lejos de estar agotado. ¿Qué fue lo que pasó, en qué se falló? Si está todo tan bien reglamentado, ¿por qué siguen pasando estas situaciones? En caso de un rescate: ¿quién responde? ¿quién coordina?, ¿quién lleva el mando?
No caben actitudes mezquinas de acaparar los reflectores en pos de un lucimiento personal…, bastó ver como los mismos pescadores fueron los primeros en salir al mar por sus compañeros, aun cuando las condiciones climáticas no eran las óptimas. Lo ocurrido con Lázaro deja el más amargo de los sabores. Como diría mi madre: “El hubiera no debe de existir”, y sí, es una palabra que conlleva pesadumbre y frustración.
Una vez más se intentará buscar culpables, enmendar la página bajo el manto encubridor de las autoridades y señalamientos lascivos de los políticos. Pero es muy probable que esto lo veamos de nuevo.
“Aunque amenaza, el mar es compasivo”, decía William Shakespeare, pero pareciera que él reclama de vez en cuando su majestuosidad. Seguirán existiendo los Lázaros que nos recuerden que siempre habrá una madre, una esposa, una familia que también navegará en el mar de la esperanza hasta recalar en el puerto de la resignación.— Mérida, Yucatán
Correo: arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
