Mientras navego el Bósforo, me sigo preguntando qué hago aquí. ¿Cuál es la causa de haberme trasladado a esta latitud del planeta? ¿Por qué siempre tuve esta inquietud y no la de visitar Tokio, Nueva York o Tlaxcala? ¿Será porque de niño me repetían el viejo trabalenguas: el arzobispo de Constantinopla se quiere desarzobispoconstantinopolizar…? No. Un argumento muy débil para un impulso tan poderoso.
Vuelvo a tierra firme. Sigo en la antigua Tracia oriental. Aún no cruzo a Anatolia, parte asiática de la ciudad. En su conjunto, Estambul tiene una población de 15 millones de habitantes. Es una urbe enorme, pero no atiborrada. A pesar de su tránsito de vehículos y gente, nada la afea. La limpieza no deja de sorprenderme. Es una condición que parece inherente a los turcos. Hay llaves de agua por todas partes para lavarse manos y pies. Llaves de bronce en lavabos de mármol. En las mezquitas, por supuesto, pero se ven también a media calle, en parques o en los bazares, amplios, imponentes, antiguos, bellísimos y espejeantes.

Este pueblo limpio, de bebedores de té y café turco, más lo primero que lo segundo, está decorado en su conjunto con banderas de la nación unida: la luna y la estrella otomanas sobre un fondo escarlata total. El pendón turco y la imagen de Atatürk serán una imagen permanente y múltiple en el recorrido por el país. Un país que, a decir de sus habitantes, con el pecho henchido de orgullo, no es árabe ni judío ni europeo. Es turco.
En los jardines de una mezquita graban escenas de una serie. En el Gran Bazar, de otra. Turquía ha desbancado a México y Colombia en exportación de estos productos televisivos. “Yo no me pierdo El sultán”, dice una mexicana del norte del país. Y hay quienes siguen preguntándose “qué culpa tiene Fatmagül”.

Las series, con locaciones bellísimas de Estambul, son parte de la suave conquista de Turquía al mundo occidental. Nos recuerda a la blanda ocupación que China va logrando en Occidente. La mano dura es parte del pasado. Las conquistas se hacen ahora con una sonrisa y los brazos abiertos.
La vista detecta módulos donde se apiña media docena de cajeros automáticos; un bálsamo para la cartera. En eso, ¡bendito sea Dios!, uno de BBVA. El banco que aquí lo acompaña es Garanti. Meto la tarjeta y la pantalla torna del turco al español. Con alegría infantil veo aparecer mi nombre. Pero ni hacerme sentir como en casa impide que me apliquen onerosa comisión por extraer unas cuantas liras turcas.

En esas estoy cuando, de la trastienda de la memoria brota una chispa y encuentro la que al parecer es la causa de mi poderoso interés por visitar estas lejanas tierras. “Mi abuelo. Él es el causante”. La mente se remonta cinco décadas cuando me examinaba: “Qué poema empieza así: ‘Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles…”. A mis balbucientes ocho años, cómo rayos iba a saberlo, ni siquiera comprendía la mitad de las palabras que dijo y menos conocía al tal Aquiles. La mirada inquisidora del abuelo se convertía gradualmente en resignación. Pero, por si acaso una luz benigna iluminaba la dura cabeza del nieto, continuaba de memoria: “…cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes…”.
Cuando, años después, comprendí que la resignación del abuelo era más bien decepción por el nieto zoquete, decidí reivindicarme y darle, donde estuviera, el gusto que no le di en vida. Leí y releí la Ilíada y la Odisea. Y más que de Ulises, quedé prendado de las figuras gigantes de Aquiles y Héctor. Y quise conocer más. Y, como todo lector que se precie de serlo un poco por encima del promedio, me fui encontrando con sus figuras a lo largo de la literatura que consumía por aquí y por allá.
Porque leer a Cervantes, a Shakespeare, a Flaubert, a Víctor Hugo, a Gabo y a Vargas Llosa, a Capote y a Wolfe, a Umberto Eco… es leer los fundamentos trazados por Homero milenios atrás.
En fechas recientes adquirí el éxito literario “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo. En su soberbio recorrido histórico encuentro de nuevo a Homero. La Ilíada es el libro bajo la almohada de Alejandro Magno en sus conquistas y Aquiles su modelo a seguir. Más tarde nos lleva a Pérgamo y nos habla de la magnífica biblioteca que rivalizaba con la de Alejandría, la más grande de su tiempo. Fue en Pérgamo donde se logró ese gran invento para escribir en pliegos de cuero llamados, naturalmente, pergaminos. Y Pérgamo está, claro, en Anatolia, la actual Turquía.
De nuevo, pues, estaba ahí la voz de mi abuelo diciéndome que no olvide al pélida ni al escenario de la gran batalla narrada por Homero.

El territorio que fue Troya, de cuya existencia han dado fe los arqueólogos, está hoy bajo toneladas de arena y otras construcciones, por supuesto, en Turquía. Una Turquía en la que el héroe no es Aquiles, y donde encuentro, por primera vez, un pueblo que si bien reconoce la monumental obra homérica, no ve la de aqueos y troyanos como una batalla más, sino como una derrota. Aquí en Turquía se tiene, tomo prestada la sentencia de Miguel León Portilla, la visión de los vencidos.
El colmo llegó en agosto pasado. Meses antes había decidido hacer el viaje a la tierra histórica que guarda varias de las siete maravillas del mundo antiguo, un mundo que entonces constaba únicamente de la costa levante del Mediterráneo. Fue en ese contexto cuando me llegó una recomendación imposible de ignorar.
Cuando alguien que sabe escribir recomienda un libro, es mejor hacerle caso. Desde el Bajío, la escritora Illya Novelo hizo un elogio de “La sangre del padre”, de Alfonso Goizueta, una obra sobre Alejandro Magno. Devoré el libro y, de nuevo, ahí estaba el hijo de Peleo y Tetis. Y también Troya y el Bósforo y Mileto y Éfeso y toda una cauda de ciudades que eran el mundo mismo cuando el macedonio avanzaba sin freno ni piedad.
Ahora leo “Estambul”, de Orhan Pamuk. Me ayuda a entender un poco esta metrópoli gigantesca y compleja, que el Nobel turco describe en sus años de infancia, a mediados del siglo XX. Observo las fotografías en blanco y negro que contiene el libro y comparo los escenarios con la actualidad. Muchos edificios han desaparecido devorados por las llamas, por fortuna no los monumentos históricos, pienso mientras recorro el hipódromo a un costado de la mezquita azul y frente a Santa Sofía.
Y confirmo que, en definitiva, la influencia de mi abuelo estuvo detrás de la decisión de venir a esta parte mágica del mundo, donde, además de leer a Pamuk, rememoro lecturas de adolescencia y madurez (Continuará).— Mérida, Yucatán.
Correo: olegario.moguel@megamedia.com.mx
@olegariomoguel
*Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

















