Si elegimos a los mismos políticos corruptos de siempre, ese es un mensaje muy claro de que no queremos un cambio —Sukant Ratnakar

Doña Remedios caminaba abriéndose paso entre los puestos de ropa en el atiborrado mercado de La Lagunilla. Se detuvo solo unos segundos para guardar el celular en su bolso. En ese momento, como una saeta blanca, un sujeto a paso veloz se lo arrebató emprendiendo la carrera. De inmediato corriendo fue detrás del bandido gritando a todo pulmón: “¡Al ladrón, al ladrón!”

Como suele ocurrir: algunos oferentes y clientes, si acaso levantaron la vista para seguir con lo suyo. Justo en la esquina, se fue con el policía del crucero: “¡Por el amor de Dios!, ese ladrón se llevó mis cosas, es un chaparro que tiene una gorra y una chamarra blancas”, dijo lo anterior zamarreando al uniformado, que empezó la persecución en la dirección que la mujer le indicara.

A pesar de una incipiente panza chelera, Aristeo Mendoza corría lo suficientemente rápido para después de haber empujado a uno que otro transeúnte, tirado un puesto de naranjas y aplastado un tapete lleno de golosinas, ubicar al malandro dando la vuelta y metiéndose a un callejón que daba a los baños públicos. El sujeto estaba iniciando la escalada por una malla de alambre, cuando Aristeo tiró de la chamarra al tipo que, cayó pesadamente al suelo. Desenfundó su revolver, mientras el individuo se cubría el rostro: “No, por favor, no dispares, carnal”.

El guardián del orden bajó el arma más que nada al creer reconocer la voz: “¿Eres tú, Tapón?” El malandro se incorporó: “¡Qué onda, mi Aristeo, bato, que sorpresa, desde la secundaria no te veía!”

Los dos se dieron un efusivo abrazo. “No pues aquí ganándome el pan de cada día”. El policía tomó el bolso de la señora para revisar su contenido: “No…, pues ya ni la amuelas, ‘Tapón’…, la cartera no trae varo y el teléfono está bien pinchurriento, ya ni en Coppel”. Mientras hurgaban las pertenencias de la afectada se oyó una voz que los detuvo en seco: “¡Será muy pinchurriento, pero me lo gané en forma honrada: par de desgraciados!”

Lo que siguió fue ver al ladrón con el clásico “pies en polvorosa”, el policía devolviéndole las pertenencias a la señora, exhortándola a que deje las cosas así: “Ya ni le mueva, señito, dé gracias a Dios que no le pasó nada”.

Pero doña Remedios no dejó las cosas hasta ahí. Asesorada por una sobrina, puso una demanda y para sorpresa suya, tanto el policía como el ladrón acabaron siendo detenidos; pero no contaban con que el abogado defensor, que era el mismo para los dos, había alterado parte medular del expediente, lo suficiente para desestimar el caso, alegando por increíble que pareciera que no hubo flagrancia cuando los dos acusados fueron detenidos.

Ya enojada la mujer ahora demandó al abogado, al policía y al ladrón. La demanda procedió y ahora los tres fueron encerrados por distintos cargos y en el mismo día presentados al juez.

Habían transcurrido dos años. Doña Remedios había tenido que incluso hipotecar su casa para tener el dinero suficiente para cubrir los honorarios de los defensores de la ley, pero no le importaba, era ya cuestión de orgullo y de honor.

El día de la audiencia, tras la rejilla, los tres indiciados tomaban los barrotes con sus manos sudorosas, mientras atisbaban nerviosos la sala, hasta que el “Tapón” esbozó una amplia sonrisa mientras le susurraba a su amigo. “Mira, mi Aristeo, ¿ya viste quién es el juez?”. Al policía de igual manera le brillaron los ojos: “Es ‘La Lechuza’, carnal…, todos los de la banda votamos por él, es más…, mi jefa, ya vez que es de la Unión de Tianguistas le dio una carta de recomendación”.

Pero no era el único que tenía que contener la euforia, el abogado Juan Gameros había reconocido al licenciado Gustavo Barreto, ahora flamante juez, como un condiscípulo que estudió con él la carrera en la “Universidad del Porvenir y la Justicia”, de las más “patito” entre las “patitos”, y sería imposible que olvidara las veces que ocupó su lugar durante los exámenes y ni qué decir de la tesis que le consiguió a un módico precio.

Al iniciar el evento el ministro leyó en voz alta los nombres de los acusados haciendo un gran esfuerzo por no mostrar en su rostro, el haber reconocido a dos de sus amigos de la infancia y a un compañero de generación. Y como era de esperarse, sin oportunidad de contrademanda y cerrando definitivamente el caso dejó en libertad a los tres.

Pues, doña Remedios tuvo que ser controlada por sus hijos cuando presa de la furia, lanzando sapos y culebras, intentó acercarse al magistrado. La mujer no se dio por vencida, aunque perdió su casa y fue recibida en la de uno de sus hijos, no se rindió, convencida que las cosas no podían quedarse así, por lo que decidió acudir a la Comisión de los Derechos Humanos (CDH) a poner la respectiva queja.

Dos meses después, en una lujosa oficina de la Avenida Universidad, en la Ciudad de México, una mano con uñas pintadas de rojo descolgaba el auricular para escuchar: “Hola, antes que nada, muchas felicidades, Chayito, por tu ratificación, ¿si te informaron del asunto de la recomendación…, la 581?”, después de una tenebrosa risa vino la respuesta: “Mi querido, Tavo…, sí, ni te preocupes, y gracias por los cortes finos y los vinitos…, de mis favoritos”.

Esta historia ficticia inspirada en un cartón de Quino, el genial monero argentino, creador de Mafalda, nos demuestra que una vez más la verdad supera a la ficción…, tal vez alguien pensó lo mismo, allá por los años 30, del siglo pasado, cuando se difundió un cartón en donde aparece Pascual Ortiz Rubio, desde el Castillo de Chapultepec (residencia presidencial), exclamando: “¡Yo mando!”; y metros abajo en un bote en medio del lago, Plutarco Elías Calles contestando: “¡Y yo remando!

Aquí en el México surrealista, esta escena me vino a la memoria, después de haberse concretado la reelección de Rosario Piedra Ibarra, a pesar de una pésima gestión y de ser la candidata peor evaluada de los 15 precandidatos y de la terna propuesta, en un acto en el Senado en donde, por cierto, se le cantaron Las Mañanitas a López Obrador por su cumpleaños y se remató la ofrenda onomástica con el coro de: “Es un honor estar con Obrador”.

Cada vez las señales son más claras: ¡Bienvenidos al segundo Maximato de la historia de México!— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán