Resulta inevitable y preocupante contemplar la realidad en la que nuestro país se encuentra sumergido.

La creciente ola de violencia y los conflictos que de ella emanan, así como la urgente atención a los más necesitados son situaciones que claman soluciones prontas. Da la impresión, tristemente, que hemos dejado de actuar o hacer algo en favor de quienes son víctimas de indiferencia y privación de sus derechos fundamentales como seres humanos. Y ante este panorama, nuevamente surge la pregunta: la Iglesia ¿deberá quedarse callada e insensible?

Hay quienes no afines a los criterios evangélicos rechazan o critican la participación de los ministros religiosos en la vida del estado o juzgan que simplemente debemos: “Darle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Sin embargo, la enseñanza de Jesucristo es clara y directa en cuanto la pronta acción para con aquellos que son los más pobres y víctimas de desprecio u olvido.

Por eso, veo con esperanza y destaco la visita que la presidenta Claudia Sheinbaum realizó el pasado 13 de noviembre a la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) en el marco de su CXVII asamblea plenaria.

Encuentro en el que los obispos de México le externaron sus preocupaciones en materia de seguridad y otros temas relacionados con la búsqueda y construcción de una sociedad en paz.

La misión pastoral de la Iglesia permite conocer y entrar en contacto con las alegrías y sufrimientos que nuestras familias enfrentan en lo ordinario de su vivir.

Como también nos reclaman la pasividad con la que podemos estar actuando, autoridades civiles y eclesiásticas, ante la penuria y el dolor de tantas víctimas de pobreza, violencia e inseguridad. Por lo tanto, será de capital importancia que tendamos lazos y unamos fuerzas gobierno e Iglesia para realizar proyectos que tengan verdadera incidencia en la sociedad, para que lleguen y se apliquen en las comunidades más carentes de estabilidad social.

Como Iglesia en salida, nos obliga no contentarnos con solo aquellos que asisten a nuestros templos y ceremonias, sino que apremia ir al encuentro de aquel hermano que está sufriendo por la pérdida de algún ser querido o desaparecido, por aquel fiel que carga la carestía de lo básico como flagelo social.

La relación de las acciones gubernamentales y eclesiales tienen que estar en sintonía, las exhortaciones a la aplicación de aquellos programas que representen un alivio al mal reflejado en los asesinatos y violaciones a la dignidad de todo ciudadano han de ser de primordial aplicación.

Es cierto también que las discrepancias en las posturas y políticas del actual gobierno puedan no convencernos del todo, pero será más importante encontrar las ideas que nos unan y motiven a generar los cambios tan ansiados en materia social, económica y seguridad.

Como lo mencionó Monseñor Ramón Castro , nuevo presidente de la CEM, al decir que: “si al diálogo, llevan las heridas del pueblo y la voz de los que no tienen voz, no quiere decir que sean oposición política, sino que solo buscan resolver los asuntos que suceden en rincones muy lejanos u olvidados del país”.

Por tanto, aprovechemos toda oportunidad para generar encuentros y actividades de bien común para los más abandonados y desamparados; a fin de hacer del diálogo un signo primordial de nuestra Iglesia.—Mérida. Yucatán

padrerolandocastillo@iclo ud.com

Sacerdote católico

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán