Edgardo Arredondo Gómez (*)

Mírame pronto antes que en un descuido me vuelva otro —Mario Benedetti

Cinco de la mañana; a mi edad me ha costado trabajo, pero hace meses es mi rutina. Dejo mi camioneta en el estacionamiento abierto de un supermercado, cruzo Circuito Colonias y 3 cuadras después llego al estadio Salvador Alvarado.

Una manera práctica de caminar unos 400 metros, aunque un tanto forzado, resultado de un acto vandálico, cuando los malandros, como microorganismos piógenos, vulneraron mis defensas, abrieron mi vehículo y me robaron, quitándome la costumbre de estacionarme a las puertas del recinto.

Al llegar, inicio mis cinco kilómetros a trote lento…, mis crujientes rodillas no dan para más. Llovió toda la noche anterior, suficiente para tener problemas; recordemos que la pista periférica fue arreglada antes de la pandemia y al gobernador Vila o alguno de sus asesores se le ocurrió quitar la gravilla de polvo de piedra de los dos brazos largos, para sustituirlos con una mezcla de tierra roja o kancab, como se le conoce.

Lo cierto del caso es que cuando hay lluvias intensas, un muladar es más estético, hay zonas donde los empleados colocan conos de advertencia para no pisar y salir disparados. Recuerdo cuando el mandatario inauguró las obras, por el detalle que tuvo de dar una especie de vuelta olímpica, avituallado con pants y tenis, mientras el alcalde Renán Barrera que, como tantas veces no le avisaron del protocolo, pujando dio la vuelta con pantalones de casimir y zapatos de vestir.

De algo estoy seguro: fue la primera y la última vez que los pies del gobernador se desplazaron por estos lares. La noticia buena es que cada vez que se forma el chiquero se abre para todos los mortales la pista de tartán, así que hacia allá dirigí mi traqueteada osamenta.

Es martes, al entrar pareciera que los dioses del Olimpo se han escapado: chavos mamalones mostrando la fibra y chicas tipo Barbie, sin un gramo de grasa encima, dando muestras sobradas de agilidad y velocidad, alternando con los normalitos que hacemos lo posible por recorrer la hermosa trama azul.

Y la nostalgia me llega cuando muchos años atrás, amaneciendo, venía al estadio y con la neblina iniciaba la carrera, y entonces era rebasado por una docena de corredores encabezados por Rita Bacab que daban hasta tres vueltas, cuando yo completaba una y me sentía como el vochito que se sacudía al pasar a un lado un tráiler a toda bala; pero el recuerdo se esfuma cuando estoy a punto de ser arrollado por un Terminator.

Concluyo exhausto y preagónico, miro hacia atrás y me despido del vetusto campo deportivo, modelo 1939, que está aún en muy buenas condiciones y emprendo el camino de regreso.

La acera del lado oriente, semiobstruida con tres enormes bolsas de basura atiborradas de gajos, hojas y ramas, herencia de “Beryl” (unos 4 meses ya), a las que se han ido agregando todo tipo de desperdicios; de por sí, caminar en ellas es difícil por tramos levantados por las raíces de los árboles como si fueran una especie de bubones virulentos.

Sonrío al darme cuenta de que las dos botellas de Frutsi que coloqué en forma de X sobre uno de los montículos siguen intactas desde que las dejé a propósito en esa posición, un mes antes.

Ha amanecido. Ahora los baches convierten la calle en una especie de queso gruyere, desaparecen al llegar a Circuito Colonias; a pesar de ser un poco más de la siete de la mañana, la cantidad de autos circulantes no me deja cruzar a la primera y una vez más me pregunto: ¿hasta cuándo se les ocurrirá unos puentecitos peatonales?, no pasos, porque esos solo sirven para saltar disparados en el vehículo sobre todo en las noches, ya que más de la mitad no están señalizados. Recuerdo la imagen del primer bypass cardíaco que vi asombrado cómo restablecía la circulación de un lado a otro.

Horas más tarde en mi automóvil…, el tráfico imposible. Las calles de unos meses acá se han estrechado; al mismo mandatario, el de la pista de tierra roja, se le ocurrió que sería muy cool modernizar la ciudad, muy a la europea con ciclovías colocando boyas amarillas, como brotes de viruela.

Lo anterior me recuerda a las arterias cuando se le forman placas de ateromas y se cierra el calibre provocando hipertensión. Trato de esquivar los baches, difícil cuando se comienza a generar un embotellamiento. Avanzo. Cuando creía que no hay nada peor que un bache, me encuentro con la combinación del charco-bache; si un alma caritativa pone un palo con una lata, una llanta o lo que sea: la libramos, pero de lo contrario el golpazo a los amortiguadores duele más que mis rodillas.

Poco después me muevo con lentitud, una cuadra completa inundada de acera a acera…, por cierto, parte de un tramo recién pavimentado; ¿será posible que se les olvidaron las rejillas pluviales?, logro salir avante y de nuevo el caos, a paso lento; mis cuitas ciudadanas…, cuando pensaba que no había nada peor en una calle de doble circulación que ir detrás de un Va-y-Ven…, pues sí, lo hay: encontrarte no con dos, sino con tres de estos intrusos azules, me dicen que ahora hay guindas; el color es lo de menos, son una especie de trombos gigantes que obliteran la circulación.

Intento tomar una avenida, fracaso. El flujo vehicular es abrumador. No hay que ser une experto en la materia para darse cuenta de que el número de automóviles ha aumentado en forma tan exorbitante que se van amontonando por las calles estranguladas.

Observo la fila de vehículos, a mi mente vienen en mis años de estudiante, una diapositiva con pilas de eritrocitos amontonados en una enfermad sanguínea: la policitemia vera.

A mi derecha el tránsito más lento: el choque por alcance, uno de la docena de todos días, en donde el celular hace su parte. De nuevo creo entrar a una laguna, el agua estancada en calles donde las rejillas o pozos fluviales son insuficientes; evoco al paciente con anasarca, la falla renal, los líquidos se acumulan por todos lados.

Intento tomar el Periférico para agilizar mi llegada…, craso error, como si fuera una arteria con sus arteriolas (pasos laterales) atiborradas de plaquetas; al salir del Periférico, yendo al sur los baches se han multiplicado, estos malditos hoyos por todos lados como el túnel intestinal lleno de divertículos, estas cavidades donde suelen acumularse material a medio digerir y descomponerse causando inflamación y produciendo colitis; estos baches al llenarse de agua propician criaderos fabulosos para los mosquitos.

¡Ah, Dios mío!, criaderos de mosquitos…, me acabo de cruzar con una camioneta de salubridad de las que fumigan, supongo que regresará de haber hecho su chamba al amanecer.

Al fin llego a mi lugar de destino. No puedo evitar reflexionar: ¿Qué demonios pasó? La Mérida que se nos fue, como el paciente mal diagnosticado y manejado. Mi ciudad padece de arterioesclerosis, trombosis, policitemia vera, insuficiencia renal, diverticulitis y colon irritable, entre otros males. Como el enfermo que va a las instituciones públicas y le cambian de doctor y tratamiento en cada visita; así le manejan sus males, tratando de reinventarla cada tres o seis años…, al final mi Mérida es un enfermo estoico que resiste sin protestar.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán