El gobierno de la autodenominada 4T desde el 2018 ha venido socavando la magnitud y alcances de la ciudadanía política, lo que significa un grave retroceso en la vida democrática del país.

Veamos: la ciudadanía, como todos reconocen, es un componente esencial de la democracia liberal. Pero no lo es cuando se le reduce a un concepto etéreo, vacío, divorciado de la práctica y los intereses de los sujetos sociales.

Esta idea de ciudadanía, como plural de ciudadanos o calidad política por nacimiento, es la más común en el discurso de la clase política.

Para la 4T su interlocutor válido es el pueblo —la gente mayormente desorganizada, carenciada y pasiva— y desprecia a la ciudadanía —los habitantes de la ciudad que reclaman y defienden derechos—. Pues porque el colectivo pueblo se traga el argumento de que ellos son los que mandan y que el gobierno de la 4T sigue sus mandatos. Cuando todo es al revés.

Un dato reciente que habla de deconstrucción de la ciudadanía es el siguiente: el 80% aprueba el gobierno de Claudia Sheinbaum tras 100 días como presidenta (“El País”, 9 de enero 2024), sin un plan de desarrollo y tomando en cuenta que llegó al poder con 60% de la votación nacional.

La ciudadanía se ejerce a través de tres ejes: prácticas ciudadanas, movimientos sociales y una perspectiva política de la ciudad. Voy a referirme a las prácticas ciudadanas.

La ciudadanía que vengo señalando es pues una categoría relacionada con los individuos en tanto sujetos sociales que luchan por sus propios derechos e intereses, lo cual genera la diversidad política. El triunfo electoral arrollador de Morena, hasta alcanzar la hegemonía política, no es otra cosa que la destrucción de la diversidad política.

La diversidad política es fundamental en una democracia, la diversidad mueve hacia adelante, la diversidad hace avanzar la sociedad y hace la nación menos desigual.

De modo que, la calidad de la ciudadanía es fundamentalmente una dimensión política. Sin práctica política no hay ciudadanía y sin ciudadanía no hay democracia.

El verdadero ciudadano es inherente a los procesos de definición y resolución de las cuestiones públicas que atañen a cualquier comunidad moderna. Ser ciudadano, en consecuencia, es participar en la creación, preservación y transformación del orden social.

Por medio de la práctica política comenzando por deliberar y confrontar ideas y prácticas sobre solución de problemas (mutuos y distintivos) con otros miembros de la comunidad es como adquiere calidad la ciudadanía. Es así, como se constituye una cultura política determinada que, sin embargo, se desarrolla y cambia históricamente.

La práctica ciudadana es saludable para la democracia porque expresa la lucha social —no violenta— en la que contienden los ciudadanos entre sí.

Por supuesto, la práctica —o participación— de la ciudadanía no es ajena a los conflictos, pero es transformadora, en tanto que es resultado de la lucha social, y refleja en su ejercicio las pugnas entre intereses y relaciones con el poder por distintos actores sociales.

La democracia por definición es una forma de conciliar los intereses diversos de los ciudadanos. Es consenso y no imposición. Visto así, el ciudadano es un sujeto del cambio social desde abajo. En cambio, la idea de pueblo manejada por la 4T es la idea de un conglomerado —que son la mayoría de la población carenciada— que requieren la tutela y ayuda del gobierno para salir adelante. El pueblo manda dicen, pero es el gobierno el que interpreta sus mandatos.

El pueblo de la 4T un día despertará, de eso no hay duda, así pasó con el PRI. Solamente que mientras tanto hay un tiempo perdido, hay un retroceso económico parte de un zigzagueo histórico que nos mantiene a la zaga con respecto a otros países con mayor desarrollo democrático.—Mérida, Yucatán

bramirez@correo.uady.mx

Doctor en Sociología, investigador de la Uady

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