“El equilibrio de certeza y lirismo es la única cosa que puede permitirnos alcanzar la emoción y la lucidez al mismo tiempo” —Albert Camus

Albert Camus me ha gustado desde que me enteré que, cuando posterior a recibir el Premio Nobel de la Literatura, reconoció la labor del maestro para su formación, algo que casi nadie hace, sino al contrario, se escuchan denostaciones que magnifican las fallas por los engreídos que se han superado y olvidan a quien puso los cimientos para su formación. El premio Nobel en una carta reconoció con humildad a su mentor por el apoyo recibido.

En su discurso en la Academia Sueca, en 1957, aparece como norma la calidad humana del escritor y filósofo argelino, y para demostración de lo dicho, basta con esta pequeña muestra:

“…el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría privado hasta de su arte”.

Ahora se expone la carta antes mencionada:

“Querido señor Germain (su mentor):

“He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted.

“Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

“Le mando un abrazo de todo corazón.

“Albert Camus”.

La verdad es que sabía de esta carta y la comentamos en las aulas con los estudiantes de postgrado, pero me interesé poco en Camus, hasta que ahora en diciembre mi nuera Carolina Osorio me obsequió las obras de Albert Camus en grueso tomo que leo despacio, como debe beberse un buen coñac para disfrutarlo. De ahí el epígrafe de este artículo. Lo considero fundamental para quienes, sobre todo. socializamos lo que escribimos.

Consideremos al lirismo como sensibilidad, emotividad, inspiración, ternura, entusiasmo y vehemencia, según el diccionario DRAE; del mismo lexicón, lucidez equivale a clarividencia, discernimiento, perspicacia, agudeza, penetración, sutileza.

Referente al título, el término máscara, sin duda, llegó de Europa, según publicó el filólogo Arrigo Coen Anitúa y nos dice que en todo el viejo continente se usa, con sus obvias variantes idiomáticas de pronunciación, pero con el mismo sentido: delante del rostro; aquello que cubre las facciones de la faz con artificios o cosméticos.

También es de uso frecuente en las metáforas. En términos médicos se escuchaba, por ejemplo: “no daremos analgésicos al paciente con el fin de no enmascarar la afección, dejemos que evolucione para observar a fondo”. Esto cuando aún no existía tanta tecnología al servicio de la medicina.

Una expresión yucateca de nuestra juventud, que escuchamos de la gente mayor era: “ese gallo tiene voz de mascarita”. Se refería a quienes tenían hipernasalidad o trastorno de resonancia al hablar.

Otras veces era para quienes cambian el tono de su voz para hacerse pasar como muy gentiles, algo muy usado en la clase política. Me parece que como prototipo de este ejemplo es el líder de los diputados federales Ricardo Monreal que en ocasiones ha “mostrado el cobre” porque lo desenmascaran, también se utilizaba para señalar malamente, como en los casos anteriores, haciendo lo que hoy se le llama “bullying”, a quienes tenían un rostro muy desfavorecido por la naturaleza.

Hoy se ponen cortinas de humo para ocultar los problemas que campean en los terrenos de la política —mas no es exclusivo de ésta—, pero sí son los casos más notorios al utilizarla en forma virtual para presentar otros distractores muy similares a lo que ocurre en el mundo de la farándula, en lugar de tomar al toro por los cuernos.

La sociedad nota las argucias que se usan a cambio de un trabajo efectivo, donde entran más las emociones con poco razonamiento. Son las ocurrencias con la falta de lucidez muy comunes en nuestros días.

Son los maestros, los escritores, los comunicólogos, políticos sacerdotes, enfermeras, médicos y todos los seres humanos los que debemos luchar para la realización con emoción, lucidez y empatía todas las acciones que emprendemos para obtener el respeto de la sociedad.

El filósofo italiano Antonio Gramsci, señalado como revisionista por el Stalinismo dominante entonces, difirió de Marx —acto sacrílego para los ortodoxos seguidores del filósofo alemán— ante todo en aquello de la toma del poder a la fuerza, y por ende con la violencia de cualquier tipo. Pretende una forma de dominación aceptada de manera voluntaria por los sometidos. Esa es la importancia de la transformación cultural a través de los agentes intelectuales, utilizando los recuerdos y la imaginación que unifica al identificarse con la vida de los pueblos.

Hay que seguir a Camus, quien, con su existencialismo, deja la pauta para encontrar el justo medio entre la certeza y el lirismo. Hay que ser auténticos y presentarnos sin máscaras como empáticos naturales, para dar la lucha en el terreno del lenguaje y la cultura popular.

Ser farsante se exhibe con la personalidad, más aún al tratar de enmascarar su manera de ser, actuando con histrionismo ante la falta de carisma que no se transfiere con un cambio sexenal.— Mérida, Yucatán.

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Escritor

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