Guillermo Fournier Ramos

La incertidumbre suele producir malestar, puesto que las personas preferimos y procuramos la estabilidad, a fin de predecir cuáles son los mejores pasos a seguir en el camino hacia nuestras metas.

Sin embargo, y de manera paradójica, es muy sabio aquel dicho que expresa: “ningún capitán se hace experto en una mar en calma”. La experiencia, por lo general, se construye a partir de las lecciones aprendidas tras cometer errores y superar adversidades.

El mundo híper-dinámico de la era contemporánea impone cambios revolucionarios que impactan en nuestras vidas. El ritmo es tan acelerado que muchas veces se traduce en crisis, ante lo nuevo que empuja con fuerza.

No obstante, a pesar de que el comercio, la política, las relaciones sociales y el entretenimiento cambien, los valores humanos deben prevalecer. De ello dependen la civilización y el progreso humano.

Si el siglo XXI empieza a romper paradigmas de la mano de la tecnología, la globalización y el cuestionamiento a modelos políticos y económicos, hacen falta hombres y mujeres dispuestos a defender los principios comunes que nos hacen seres libres y racionales con dignidad humana.

Eso son precisamente los valores: elementos esenciales que mantienen la humanidad en las sociedades, ante escenarios cambiantes. En este sentido, los principios no mutan, mientras que la realidad está evolucionando constantemente.

Entonces, la adaptación al cambio se torna una habilidad fundamental para empresas, gobiernos y ciudadanía; pero nunca deben comprometerse los valores humanos, bajo el supuesto de responder a una dinámica cambiante.

Cuando el cinismo, a lo largo de la historia, ha tentado a las personas a hacer a un lado sus principios en nombre de la modernidad o el desarrollo, la decadencia ha sido visible. Ningún progreso humano es posible cuando se atenta contra la propia esencia que compartimos.

Por eso preocupa el abandono apremiante de algunos conceptos básicos que han servido a las causas legítimas de la humanidad, tales como la universalidad de la dignidad de las personas, la justicia, y el bien común como motor de progreso y desarrollo.

La primera condición para la paz es el entendimiento, ya que cuando dos individuos o grupos de gente se reconocen como iguales, es viable que se forjen lazos de confianza.

Más aún, la cooperación es clave para lograr cualquier objetivo de cierta magnitud. Como es lógico, los problemas comunes exigen de respuestas en las que participen todas las personas involucradas. Los esfuerzos aislados suelen ser insuficientes.

La empatía nos hace más humanos y, por el contrario, el egoísmo y la deshumanización del otro conducen a los peores actos de barbarie.

Así, la cultura del encuentro que propone el papa Francisco es una salida en medio de un mundo donde la violencia y la indiferencia todavía lastiman el tejido social.

El concepto de justicia parece haber perdido fuerza ante el pesimismo de muchas personas cuya frustración ante el padecimiento humano y el abuso de unos cuantos se convierte en el desistimiento de luchar por las causas legítimas.

En el mismo orden de ideas, algunas voces proponen que, en el fondo, toda relación humana es un juego de poder, por lo que no queda lugar para la justicia. Este mismo esquema es empleado para referirse a las relaciones entre países o actores sociales.

Negar los valores humanos es negar cualquier atisbo de moralidad, lo cual resulta tremendamente peligroso. En cambio, defender la ética y el sentido social, demanda de mucha valentía y responsabilidad.

Por supuesto, la justicia necesita de gente que, mediante palabras y acciones, contribuya a mejorar cada ámbito de la actividad humana.

En cuanto al bien común, el mayor riesgo es el de la resignación. Si se cree que el mundo va de mal en peor y no hay nada que hacer, sin duda, estaremos perdidos. ¿Es posible vivir en medio de tanto pesimismo?

El progreso humano es real, pero no ocurre por generación espontánea, sino que requiere de la voluntad de las personas para suceder. En ese sentido, el futuro se crea, y este es un proceso permanente e inacabable que tiene lugar todos los días.

La inacción nos lleva a retroceder, pero debemos ser conscientes del poder del bien común como única opción de conseguir el auténtico desarrollo y aspirar a la prosperidad.

Las capacidades de creer y crear nos hacen humanos; el progreso de cualquier índole parte de la decisión dirigida de colocar a la persona en primer lugar y dimensionar el alcance ético y social de cada acción que emprendemos.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán