La expectativa era alta. Muy alta. Las cosas cambiarían, ¡vaya! ¡Ya era hora! No sólo había esperanza de un cambio, sino que se le había puesto coto a quienes antes estaban notoriamente enquistados en el poder, anquilosados.

“Les quitamos lo gallitos”. “Se creían invencibles y les demostramos que no lo son”.

Los trabajadores pusieron fin al hartazgo en el que habían caído con las antiguas autoridades. Sus jefes. ¡Viva el cambio! Era la consigna grupal.

No pasaron muchos meses para empezar a ver señales. Las oficinas se llenaron de gente innecesaria, ¿aviadores, acaso? Se fueron creando espacios nuevos en forma ociosa, trajeron escritorios y sillas para acomodar a elementos nuevos cuyas funciones no estaban claras para nadie. En forma progresiva, los empleados competentes fueron desplazados por hombres y mujeres de trayectoria tan desconocida como sus rostros. Había desconcierto.

Sin embargo, era de gente bien nacida dar oportunidad a los nuevos para demostrar su valía. Más aún, era preciso confirmar que los trabajadores no se habían equivocado al sacudirse a las autoridades anteriores. Eran empleados que ansiaban confirmar que habían tenido razón… Los que quedaban.

Con seguridad los nuevos vendrían a refrescar ambiente, procesos y trato con la gente, algo que tanta falta hacía. Sí señor.

Decepción

El desengaño llegó pronto y en forma demoledora. No venían a mejorar procesos ni a desburocratizar trámites. Por el contrario, estaban ahí para controlar, frenar, registrar, fichar, notificar y afiliar, en no pocas ocasiones bajo coerción o con el desconocimiento del nuevo afiliado.

Con asombro, los empleados descubrieron que estaban ante prácticas propias de las dictaduras, lo mismo de izquierda —repúblicas bajo la bota soviética— que de derecha —Chile y Argentina en los setenta—.

En el caso que nos ocupa, las prácticas de toma de espacios se hicieron como en aquellos países, pero a nivel bananero. Además, los trabajadores de aquella oficina tenían un consuelo: para ellos era dictablanda, dado que no se llegaba a la violencia física.

¿Qué hace ese que está ahí todo el día sentado? ¿Cuál es la función de aquélla? ¿Por qué sólo se la pasan leyendo sin hacer otra cosa? ¿Por qué tanta gente de diferentes gremios que nada tienen que ver con esta dependencia vienen a ver al director? Esas y otras preguntas se hacían los empleados que continuaban ligados a las labores que siempre habían desempeñado.

Las oficinas empezaron a verse desordenadas y sucias. El personal de limpieza fue sustituido por individuos que daban la impresión de jamás haber usado una escoba. Las personas nuevas eran en su mayoría de más de treinta y cinco años y, en algunos casos, su fisonomía los delataba como sujetos de aspecto fuereño. Rostros alargados y, en el caso de los hombres, algunos con corte militar.

Las cosas habían cambiado en forma drástica y acelerada. Los que se alegraron por el tan esperado cambio empezaron a añorar el pasado reciente, a los “enquistados”, los “anquilosados”, los “gallitos”. Se dieron cuenta que fueron ellos mismos quienes cambiaron el estado de las cosas con el arma más poderosa con que contaban: el voto.

En forma gradual, el cambio de actitudes hacia el público, las formas de trabajo, espacios físicos, gente y personal competente se fue ejecutando en cada una de las dependencias públicas. Era parte no de una estrategia para atender mejor al público que acudía a las oficinas gubernamentales, sino de una toma de plazas desde las que se ejecutaría un plan de acción para perpetuarse en el poder.

Era preciso que desde las oficinas gubernamentales se ejecutara la acción electoral, que se ofrecieran servicios y cargos a cambio de aquella arma que alguna vez fue tan poderosa y que con estas acciones fue perdiendo valor.

Los empleados se percataron entonces que su poderoso instrumento para quitar y poner autoridades no volvería a tener la fuerza de antes. Las condiciones estaban dadas para que esa arma nunca más funcionara con la potencia con que lo había hecho en el pasado. Se había debilitado. La habían debilitado… y ellos contribuyeron alegremente a eso que hoy lamentaban.

Regaño

Esta semana, en un evento en el siglo XXI, el comandante Saidén llamó a los alcaldes a “hacer a un lado compadrazgos y amiguismos que cada tres años provocan retrocesos en seguridad al despedir a policías preparados por nuevos sin preparación, por promesas de campañas”, informó el Diario este miércoles.

Fue un importante llamado, algunos dicen que un regaño a los ediles, que aún no tienen seis meses en el cargo —los de Izamal y Chichimilá ni tres—. Un llamado que invita a hacerse una serie de preguntas: ¿Por qué hacer referencia sólo a los policías y no a todo el entramado burocrático? Respuesta obvia: porque fue el jefe policíaco quien lo expuso. Entonces, ¿por qué llamado tan importante no lo hizo el gobernador, quien estaba a su lado? ¿Por qué el comunicado del gobierno estatal acerca de ese evento no hizo referencia al llamado del comandante a no desechar a los elementos valiosos?

¿Por qué hacer tal llamado con enfoque en las policías municipales, mientras en algunas dependencias estatales ocurre eso flagrantemente, como en la historia al principio de estas líneas? ¿Por qué hacer ese llamado a menos de un mes de que a policías estatales, que no a municipales, les fue arrebatado “El Wero” por pobladores de Tekit para lincharlo, ante la inoperancia de los agentes?

Limpia

Cada gobierno hace limpias en dependencias. Es práctica común, propia de partidos de todos los colores. A veces, entre los del mismo color se hacen depuraciones.

Para desgracia del ciudadano y contribuyente, es común que los elementos más competentes sean sustituidos por operadores electorales, amigos, compadres y gente afín. Es una práctica secular que mucho daño ha hecho al desarrollo de las ciudades, el estado y el país.

Lo que es de llamar la atención es que apenas ahora se haga un llamado en su contra y que no venga de la máxima autoridad. ¿O sí?— Mérida, Yucatánolegario.moguel@megamedia. com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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