Juro solemnemente que lo que en seguida voy a relatar es cierto. Hago esa jura porque hay quienes piensan que las historias que aquí narro no tienen nada de verídicas o históricas, y sí bastante de ficticias o fantásticas.
Mucho me gustaría que tal aserción fuese verdadera, pues eso probaría que tengo la espléndida imaginación de un teólogo y su formidable poder creador. Lamentablemente no es así. Soy pobre de cacumen, y debo resignarme entonces a cimentar mis textos en lo real.
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