La drogadicción entre la juventud americana es una epidemia silenciosa que les está robando a sus hijos a las familias.

Y aunque las drogas están más disponibles que nunca, hay un factor que empeora la situación: la falta de familias unidas, pues están totalmente fragmentadas. Con un vacío inalienable en sus jóvenes corazones.

El exceso de trabajo para satisfacer las demandas de un salvaje consumismo apenas permite tener contacto con los hijos. Esto empeora cuando también trabaja la madre.

Divorcios, brutales a veces, que convierten a los niños en mensajeros entre dos hogares, o en piezas de venganza y odio contra la pareja. Jóvenes que crecen sin sentir que pertenecen, sin alguien que los escuche de verdad. Y cuando un adolescente se siente solo, cuando su hogar no es un refugio sino un campo de batalla o un lugar frío e indiferente, buscará refugio en otra parte.

Tal vez en amigos que lo lleven por el camino equivocado. Tal vez en una pastilla que le haga olvidar el dolor durante unas horas. Tal vez en una droga que, al principio, parece la única manera de llenar ese vacío.

Las drogas no son solo un problema químico o biológico. Son un problema emocional. Un adolescente con una familia fuerte, que se siente amado, escuchado y valorado, tiene más probabilidades de resistir la presión y el deseo de escapar. Pero un adolescente que siente que no importa, que está solo en el mundo, es presa fácil de las drogas.

No hay soluciones mágicas, pero hay algo que sí puede hacer la diferencia: recuperar el valor de la familia. Las drogas seguirán ahí, pero si les da a los hijos un hogar fuerte, amoroso y presente, les estarán dando una razón para decir que no a las drogas.

Para elegir la vida en lugar de la destrucción. Para saber que, pase lo que pase, siempre tendrán un lugar al que volver. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que otra familia reciba la peor noticia de su vida.

Porque los jóvenes no se despiertan un día y deciden ser adictos. Todo comienza con algo pequeño: un amigo que ofrece una pastilla “para relajarse”, una copa de más en una fiesta, un escape de la ansiedad, la depresión o la presión de la vida. Y así, poco a poco, la trampa se cierra.

Las drogas están por todas partes. Ya no es solo la mariguana o el alcohol. Ahora es el fentanilo, una sustancia que puede matar con una sola dosis. Son los opioides recetados que se encuentran en los botiquines de casa. Es la metanfetamina que se consigue con facilidad en la escuela.

Y lo peor de todo: los jóvenes creen que pueden controlarlo, que es solo por diversión, que nunca les va a pasar a ellos. El impacto en la familia es un dolor imposible de describir. La drogadicción no solo destruye la vida del joven que la sufre. Destroza a su familia, a sus amigos, a todos los que lo rodean.

Las madres dejan de dormir esperando que su hijo regrese. Los padres se culpan a sí mismos, preguntándose en qué fallaron. Los hermanos crecen con miedo, con resentimiento, con un vacío que nadie puede llenar. El gobierno americano tiene derecho a quejarse de las drogas que pasan por México para el consumo interno en su país. Pero, no puede seguir ignorando las causas, las razones por esa hambre insaciable de sus jóvenes y de muchísimos adultos ansiando perderse en ese mundo oscuro y mortal.

El apetito norteamericano por las drogas no tiene límites. Es como el infierno de Dante: “el lugar sin límites”. No pueden seguir ignorando este problema. No pueden seguir pensando que “eso les pasa a otros” o por culpa de otros. Todos estamos en riesgo. Todos conocemos a alguien que ha sido tocado por esta tragedia.

Es momento de hablar con los hijos, de escucharlos, de hacerles saber que no están solos. Es momento de dejar de minimizar el peligro de las drogas, de exigir más control sobre la venta de opioides, de apoyar centros de rehabilitación accesibles.

La drogadicción en la juventud americana no es solo un problema de estadísticas o de políticas públicas. Es un grito de auxilio. Y tienen que responder antes de perder a más de sus jóvenes. Aunque los gobiernos y diversas organizaciones han implementado programas de prevención y rehabilitación en el vecino país del norte, los datos muestran que el consumo de drogas sigue siendo una de las principales causas de problemas de salud mental, criminalidad y deserción escolar en jóvenes.

Ellos subestiman los riesgos. Muchos adolescentes que caen en la drogadicción abandonan la escuela o pierden el interés en sus metas y aspiraciones, quedando atrapados en un ciclo de consumo y dependencia.

La drogadicción en la juventud americana es un problema que su gobierno no puede seguir ignorando. Requiere un esfuerzo conjunto y sostenido para prevenir su crecimiento y minimizar su impacto en la sociedad. Con educación, conciencia y un enfoque basado en la rehabilitación, pueden ofrecer a las nuevas generaciones un futuro libre de adicciones y lleno de oportunidades.

Y siendo harina del mismo costal, pero con algunas diferencias en ambientación y resultados, con tristeza tengo que cerrar estas comentario diciendo que: en México “no cantamos mal las rancheras” en este tema.— Mérida, Yucatán.

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Abogada y escritora

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