Voluntariamente a huevo, si me es permitida esa expresión plebea, la presidenta Sheinbaum entregó a Trump una treintena de delincuentes de la droga que dejan ahora la costosa comodidad de que gozaban en prisiones mexicanas para ir a afrontar las peligros existentes en las cárceles del otro lado, y algunos de ellos la posibilidad de la pena capital.
A pesar de que el tributo no lo entregó la mandataria motu proprio, es decir por su propia voluntad, sino constreñida por la amenaza arancelaria del mastodonte yanqui, aplaudo —y con ambas manos, para mayor efecto— la determinación de la doctora Sheinbaum, pues implica el abandono de la actitud benevolente con que López Obrador trató a los criminales, hasta el punto de mostrarles respeto y consideración.
Esperemos que el insaciable Trump se dé por satisfecho con el don propiciatorio que le hizo su tributaria del país del sur, y que entienda la postura de su homóloga, que puede resumirse en la fórmula que a una de las varias especies de contratos aplicaban los juristas de la Roma antigua: do ut des. Te doy para que me des. En este caso la entrega de esos narcos, haiga sido como haiga sido, se hace para frenar, siquiera sea temporalmente, las irracionales embestidas de Trump contra México.
Aplausos, pues, para la Presidenta, quien parece haber mandado a La Chingada la nefasta política abrazadora implantada por su predecesor, trágica omisión que permitió a la delincuencia organizada ocupar en muchas partes de la República los territorios que dejó vacantes el gobierno desorganizado…
“Me tiemblan las piernas” —le comentó la recién casada a su romeo al empezar la noche de bodas. “Es natural —le dijo él—. Al rato van a tener que separarse”.— Saltillo, Coahuila.
