Edgardo Arredondo Gómez (*)
Ante las atrocidades, tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo —Elie Wiesel
En una tarde de rutina en la T-1 del IMSS, me encontraba en la consulta externa de Ortopedia. Me asistía un residente recién desempacado del norte de México. Como era costumbre, siendo la rotación tutelar dejé la consulta al frente de mi alumno, mientras yo a un lado la hacía de coach.
Llegó el primer caso. Una ancianita que provenía de un pueblito del interior del estado. Tomó asiento; el médico le arrebató la nota de envío y sin preámbulo de por medio, soltó: “¿Qué le pasó?” La señora con la timidez propia de nuestra gente de campo extendió su radiografía, mientras respondía: “Es que tengo una quebradura en mi espalda”.
El galeno de inmediato le reviró: “No le pregunté qué tiene, sino qué le pasó”. Me mantuve alerta. La enfermita contestó con un relato pormenorizado de haberse caído unos meses antes, porque estaba en su casa cuidando a su marido y cuando fue a darle de comer, tropezó con el perro que dejó entrar una de las nietas.
El relato fue cortado de tajo con un: “mire, abuela, no me interesa nada de eso, ¿se fue usted al piso sí o no?”, en un tono exultante y prepotente. En ese momento intervine, le pedí al residente que me cediera el asiento y guardara silencio. Terminé dando la consulta y expidiendo los medicamentos respectivos.
Al salir le pedí a la enfermera que nos dejara a solas. Lo que siguió fue más que una amonestación, un reclamo: “No me gusta cómo trataste a la señora; esta pobre mujer es seguro que se haya levantado desde muy temprano, viajar hasta aquí, emocionada, porque al fin la iba atender un especialista; es probable que haya esperado unas dos a tres horas allá afuera, para que al entrar la reciba un patán uniformado de blanco. Apréndete esto, doctor, aunque no lo creas, aquí todavía, sobre todo la gente humilde, sigue viendo al médico con sus alas en la espalda y su aureola en la cabeza, pero esa imagen se hace añicos por conductas como la tuya”.
El colega después de lanzar un suspiro me dijo: “Mire, maestro, con todo respeto yo no sé acá, pero nosotros en el norte no nos andamos con zalamerías, ni endulzándole el oído a la gente, somos derechos y sin tapujos y, pues ni modo, es la forma en que hablamos”.
Esbocé una amplia sonrisa antes de contestar: “doctor, pues que te cuento, aquí el norte en Yucatán es Progreso, y para arriba ya no es Yucatán y, más te vale que cambies de actitud porque aquí las cosas son distintas…, vienes de afuera y tendrás que adaptarte”.
A esto siguió una de las quejas más reiteradas de los residentes fuereños: “No, pues, no vine por gusto, aquí me asignaron”. Concluí respondiéndole: “Pues, doctor, cambia de actitud, es más —le apunté con flamígero dedo—, de una vez te digo, si eres soltero, aquí te quedarás, te casarás con una yucateca que se encargará en primer lugar de conquistarte por la barriga, felizmente engordarás y te quedarás a mejorar tu ADN con un par de ‘huerquitos’ como tú les dices”.
El final fue feliz, no solo cambió de conducta, fue un excelente alumno y sí, una vez más no fallé en mi pronóstico, se casó con una yucateca y vive felizmente integrado.
Me gusta este relato cuando nos echan en cara que los yucatecos somos desde regionalistas hasta xenofóbicos.
Me atrevo a afirmar que, sí, lo somos, pero que existen desde situaciones francamente de risa, como ofendernos porque al mucbilpollo le digan “bola de masa”, una marca de mayonesa invita a aventarle su producto a los tacos de cochinita pibil, tirarles media crema a los panuchos, hasta situaciones más ofensivas como decir que inventamos huracanes con tal de no trabajar.
Pero de ninguna manera somos una entidad aislada. Baste recordar tres momentos en que nuestra gastronomía local adoptó costumbres ajenas. La “comida chilanga” después de los sismos del 85; la “comida rápida” que entró en el 94 con el TLC, la barbacoa y otras delicias norteñas que entraron después del 2006 con la oleada regia por la mal llamada guerra al narco.
Es decir, absorbemos en forma recíproca, porque al fin y al cabo todos somos mexicanos, y lo es tanto el que se avienta un burrito en Caborca, Sonora, como el que se come unos papadzules, aquí, y sobre todo con algo que es fundamental: el derecho a la tranquilidad.
Nuestra xenofobia, tal vez sea singular. Aplicamos el término de huaches, pero en general los recibimos bien, si no, que me lo digan a mí que soy resultado del encuentro un tanto fortuito de mi padre oriundo del D.F., elemento de la Fuerza Aérea con mi señora madre…y aquí estoy.
Pero en relación con los extranjeros, Yucatán es ejemplo de hospitalidad. Recordemos la incorporación de inmigrantes chinos y coreanos en la época de la explotación del henequén, pero, también alemanes y libaneses, por mencionar los más sobresalientes.
En los últimos años creció la presencia de canadienses en las costas yucatecas, norteamericanos en el centro de Mérida; tambien colonias de argentinos, cubanos, venezolanos e italianos. Ni qué decir de ilustres extranjeros que tanto han aportado a nuestra cultura y al bienestar de Yucatán.
Es por esto, por lo que repruebo categóricamente, dos recientes hechos violentos que hacen ver las cosas desde otra óptica. Los extranjeros que han tenido malas actitudes casi siempre son evidenciados en redes sociales, desde reclamos soeces a un pescador ribereño por dejar su bote en la playa, otro que con desparpajo bloquea la banqueta con sendos maceteros y otros incidentes que calificaremos de menores.
Hace unas semanas, un sujeto drogado entró a una casa y realizó algo que no es solo un simple acto de vandalismo, sino en verdad de terrorismo, al destrozar objetos de una casa mientras sus ocupantes, una pareja de la tercera edad, escondidos pedían ayuda. Para la sorpresa de muchos, el sujeto no fue consignado y después de pagar cuantiosa suma por los daños se le dejó libre.
El más reciente, un individuo desquiciado por reclamar que interrumpían su descanso con música a un volumen alto, según él; entró a una cafetería, hizo estragos y, para ser breves, se comportó como un vándalo que sembró el terror en la dependiente. Aún no sabemos cuál será el desenlace de esta historia.
Somos una sociedad de paz, muy lejos de reaccionar, como sucedió hace siete años en Cancún con Aleksei Makeev, un ciudadano ruso que una multitud enfurecida harta de sus constantes provocaciones estuvo a punto de linchar.
Desconozco el estatus migratorio de ambos agresores, pero las leyes mexicanas contemplan la expulsión del territorio nacional en caso de ciertos delitos. Y que me perdonen si me tildan de xenofóbico, pero la deportación sería un buen precedente.
Y sí, seguimos recibiendo a la gente con los brazos abiertos, pero bien valdría la pena preguntarse si no son efectos colaterales de la gentrificación vilista.— Mérida, Yucatán.
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Médico y escritor
