Los partidos políticos y sus actores, según la ciencia política, politizan. Y politizar significa que eligen temas para generar controversia, enarbolar unas banderas que polaricen y reorganicen a la sociedad formando nuevas mayorías.

La controversia con resultados compacta el espacio público y consolida consensos que permiten el ejercicio del poder.

En coyunturas y lugares de extrema y continua polarización, la trabazón de los intereses puede generar un gran inmovilismo que lleve a la sociedad a una cierta parálisis de sus estructuras sociales y económicas.

En ambientes muy subdesarrollados y altamente politizados todo puede ser motivo de “grilla” y, por tanto, de disputa innecesaria. En el caso contrario, cuando hay politización leve, puede ocurrir una apatía y cansancio de los ciudadanos ante propuestas neutras y centristas.

La política se vuelve una telenovela de muy bajo raiting. Algunos académicos piensan que esto último es consecuencia del neoliberalismo, de la crisis de los partidos, de los engaños mercadológicos y la supremacía del mercado que no admite discusión ni controversia reales, ya que las élites están de acuerdo en las soluciones.

Como quiera que sea, en México hemos llegado de nuevo a la polarización política clásica. Morena es un movimiento clara y eficientemente polarizador que despertó ilusiones de descenso social de las élites y ascenso de grupos olvidados con el discurso de la austeridad honesta, justiciera e igualitaria.

Hace tiempo que se olvidaron del centro, de la mercadotecnia, aunque jamás de la suma y división de actores que ya los tienen, del PAN, del PRI, del PRD o de donde sea necesario. A lucir por los resultados, esta polarización tiene éxito total, ya casi tenemos, de nuevo, un partido de estado. La historia se está repitiendo lastimosamente.

La oposición no tiene nada de esto. Ni discurso, ni actores, ni politización sistemática, menos movilización y activismo social. Mientras Morena los acusa de fascistas, de conservadores, de demoniacos o lo que sea, aquellos no tienen ejército ni parque de politización para hacerle frente. Los grandes partidos de oposición (PAN, PRI, PRD) viven en orfandad ideológica y programática, carentes de liderazgos nuevos y creíbles.

Basta con ver los comités estatales y municipales, los congresos y entender con qué elementos se cuenta para politizar de manera eficiente. En los grupos parlamentarios se ven personajes bonitos y bien vestidos, salvo uno o dos líderes que sí saben hablar. Y ellos controlan o dirigen la pobre politización posible.

No sé hasta cuándo la oposición volverá a tener un ideario, un léxico, un hablante legítimo capaz de decirle cosas a los ciudadanos. Tendremos que esperar a que la cuatro T desarrolle todo su potencial des (estructurador) para volver a nacer.

Por de pronto el equilibrio de poderes ya no existe; los mecanismos judiciales de aprehensión ya no tienen defensa y el poco dinero estatal pronto se convertirá en déficit en medio de una compleja relación con los Estados Unidos que ve claramente un estado con grupos narco terroristas operando sin que los gobiernos paren esta rueda de muerte.

A la carencia ideológica de la oposición pronto veremos los llamados patrióticos de unidad para defender el Golfo de México, la Isla Bermeja o cualquier cosa que se le ocurra amenazar al emperador del norte.

Ojalá que todo esto ocurra cuando ya haya oposición, se recupere la sistematicidad de la politización y veamos cómo apoyar al último mohicano que tendrá cara linda y cercana, podrá ser muy chula, pero nada podrá hacer con esta aplanadora.

De lo contrario, la oposición marchará apoyando a Morena en la defensa de la soberanía y los espacios de gobierno que se mantienen hoy, cambiarán hacia otras manos. Y Boabdil, el último sultán de Granada, repetirá su ya famosa frase.— Mérida, Yucatán.

berlin@prodigy.net.mx

Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política

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