¿Has analizado por qué sigues en un lugar que no te gusta? ¿Circunstancialmente llegaste ahí, te hundiste en tu zona de confort y no te atreves a moverte por comodidad… O es que te aterra a lo que enfrentarás fuera de ese espacio?

Muchas personas permanecen buena parte de su vida en sitios que les desagradan, fingiendo ignorar situaciones incómodas, soportando gente indeseable, evadiendo su propio sentido común que les implora: ¡muévete!

Y aun en un escenario así, continúan incapaces de moverse, presas del miedo a enfrentarse a lo desconocido. Se conforman con ese entorno y se aferran a la idea de que su zona de confort es lo mejor que hay frente a la incertidumbre de lo diferente.

Y la zona de confort no es precisamente confortable. Tan solo ofrece seguridad porque ya sabemos de memoria lo que pasará en ella aunque no sea bueno, aunque nada de eso hubiéramos elegido, aunque estemos hartos de repetir una y otra vez los mismos diálogos en los mismos escenarios, aunque imaginemos que afuera puede estar esperándonos lo que realmente deseamos, nos convencemos de que será aterrador salir a buscarlo.

Y empezamos a acumular frustración que se vuelve resentimiento, rencor y hasta odio contra nosotros mismos y contra los demás. Nuestra propia incapacidad para recuperar o construir seguridad nos lleva a sentirnos cada vez peor y a desquitarnos con quien se cruce en nuestro camino, ya sea un desconocido, compañero de escuela o trabajo, familia… Nos volvemos hostiles, intratables, ariscos y hasta agresivos.

La ira comienza a ser una ruta de escape, una emoción intensa que provee cierto alivio al dejar salir la presión que nos aplasta, pero resulta un remedio instantáneo y efímero, ya que seguidamente la culpa nos atrapa y un círculo vicioso la traducirá en impotencia, rencor y más ira…

Poco a poco nos familiarizamos tanto con esta dinámica tan insana, que la culpa deja de aparecer y se libera con más facilidad la ira contenida, el comportamiento se eleva al rango de antisocial, genera el rechazo de los otros y nos aísla, al tiempo que nos nutre de nuevo con frustración, impotencia y rabia.

Y no es solamente un lugar físico, muchas veces esa zona de confort es un sitio en la mente del que no queremos salir, evitamos pensar más allá de lo trillado, acallamos el pensamiento con imágenes, con ruido de fondo, con lo que sea para evadir la necesidad de reflexionar, circunscribimos la capacidad del cerebro a rumiar lo desdichados que somos, sin abrirnos a ver más allá, sin aceptar lo que no estamos haciendo bien y sin estar dispuestos a hallar soluciones en caminos diferentes a los tantas veces andados.

¿Hasta cuándo te atreverás a romper este ciclo? Basta con abandonar la mal llamada zona de confort para descubrir de qué eres capaz, para trazarte pequeñas metas que irán abonando a tu confianza y seguridad, para impulsarte a ir por otras mayores, para rectificar tu actitud hacia tí mismo y hacia los demás, para valorarte y quererte, para luchar hasta encontrar ese sitio donde realmente quieres estar.

Abandonar cuanto nos resulta insuficiente, desagradable o injusto, es un gran paso para dejar atrás emociones negativas que atan y arrastran a la frustración… es priorizar la salud mental.— Mérida, Yucatán.

rubialejandrab@yahoo.com.mx

Psicóloga y Periodista

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán