Algo está mal en la sociedad cuando las noticias que acaparan la atención son aquellas que tienen que ver con comportamientos abyectos del ser humano.

Un sujeto amenaza sin razón aparente, o suficiente, a una joven empleada, asustada y paralizada por el miedo ante el ruin e incomprensible comportamiento del hombre, que es un vecino del lugar donde la joven atiende, en el centro de Mérida. La agresión a ella fue verbal, pero incluyó amenaza de muerte, según su denuncia.

“Comenzó a amenazar que iba incendiar la cafetería cuando haya gente, y que si no dejábamos de poner música iba a regresar con un cuchillo para romper todo en la galería de arte y en la cafetería”, declaró la agredida.

“Me bloqueaba la salida de la barra para que no me pueda ir […] prosiguió a amenazarme que si llamaba a la policía él conocía a personas que podrían matarme así que era mejor que me quedara callada y no dijera nada”.

El local quedó destrozado.

Un nutrido grupo de estudiantes protesta en un plantel universitario en Monterrey acusando a cinco alumnos de haber abusado sexualmente de un estudiante. Sostienen, además, que uno de los agresores es hijo de un funcionario del gabinete del gobernador.

Casos así pueden seguir desgranándose en esta columna, pero no tendríamos suficiente espacio. Además, no representan nada nuevo pues todos son conocidos ampliamente por la difusión que han tenido, especialmente en redes sociales.

Lo que se puede decir de esto es que los ánimos están crispados. Razones puede haber muchas: la situación económica, política, la delincuencia sin freno, la indolencia de las autoridades…

Aventuramos que, además, uno de los principales factores que producen esta crispación es que nunca como ahora habíamos tenido tan a la mano, y a la vista, tantos casos de violencia real y cotidiana. Con cada vez más frecuencia, al abrir las redes sociales lo que vemos son agresiones, robos, golpes e incluso asesinatos.

Esto es, la exposición a la violencia se va normalizando y con ello los comportamientos violentos. Estamos perdiendo la capacidad de asombro.

El condicionamiento del comportamiento humano, dirían los expertos, viene de lo que se recibe en casa, en la escuela, pero también, y mucho, en el entorno. Y el entorno se vuelve cada día más violento y la violencia, cada vez más accesible al ojo humano, al ojo que consume sin reflexionar.

Este tipo de violencia va creciendo como un cáncer en la sociedad ante la indefensión de la población.

Hay zonas en el país donde la gente sabe que la van a asaltar y arrebatarle, por ejemplo, el celular. Parte de las actividades cotidianas, entonces, implican prepararse para ello. Compran un celular de bajo precio cuya única razón es convertirse en objeto de robo. Y esa es de las agresiones menos dañinas, si cabe la expresión. El espectro de agresiones, empero, es amplísimo.

¿Cómo estamos en Yucatán? ¿Vamos hacia los comportamientos delincuenciales que se han normalizado en otras partes del país? Vale la pena leer las señales de lo que vemos en escuelas, calles, lugares públicos, medios de comunicación, redes sociales… para saber si empezaremos a cruzar la frontera hacia la podredumbre social.

Esta clase de violencia puede calificarse como desorganizada. Pero hay otra, organizada, a cargo de los grandes grupos criminales, de la que esta semana supimos de un caso estremecedor: el hallazgo de un campo de exterminio en el rancho Izaguirre, en Jalisco. Un campo que nada tiene que envidiar a los nazis.

Mucho se ha dicho del tema y agrupaciones como la Conferencia del Episcopado Mexicano y Amnistía Internacional han sido certeras en sus señalamientos. Es “una de las expresiones más crueles de la maldad y la miseria humana”, sentenciaron los obispos. Y llamaron a las autoridades a no ignorar estos casos. La agrupación internacional, por su parte, le dice al gobierno que “basta de indiferencia” y que esclarezca los hechos y brinde recursos para las investigaciones.

Algo muy malo está pasando en el país cuando al gobierno se le tienen que hacer estos llamados. El campo de exterminio es un horror nacional; la necesidad de pedir al gobierno no ignorar ni ser indiferente al caso porque no le ve la gravedad ni reacciona con indignación y prontitud, es una afrenta a los mexicanos.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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