La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona —Voltaire
Recordemos, como a los pocos momentos de entrar a una habitación oscura, por ejemplo una sala de cine; avanzamos con pasos lentos, tanteando los respaldos de las butacas hasta poder sentarnos y, poco tiempo después, somos capaces de distinguir objetos en la penumbra.
Lo anterior es resultado de la estimulación de un tipo de receptores situados en la retina, conocidos como bastoncillos, que se activan, en proporción inversa a otro tipo de receptores, los conos; por eso, en la oscuridad la mayoría de nuestra visión es en blanco y negro.
Vayamos ahora a una situación extrema: la pérdida de la visión. Cuando una persona nace ciega o después la pierde por completo, es bien conocido que se desarrollan otros sentidos que compensan esta discapacidad visual, una suerte de neuroplasticidad que origina nuevas conexiones neuronales.
¿Alguna vez han pensado en cómo resisten los trabajadores de la recolección de basura el hedor, los malos olores? De la misma manera: existe un fenómeno de fatiga, resultado de una adaptación olfativa, una especie de ajuste transitorio de los receptores olfativos a una variante de estrategia evolutiva, que nos permite concentrarnos en nuevos olores.
Otros ejemplos: Una persona que pierde la sensibilidad en una parte del cuerpo, por un trastorno neurológico, puede adaptarse hasta tal grado de “acostumbrarse” al entumecimiento, por ejemplo, de uno o más dedos de un pie, o como ocurre en el llamado “miembro fantasma”, frecuente en amputados, cuando el cerebro registra aún la extremidad hasta llegar a un período de ajuste.
O qué me dicen del paciente con un daño avanzado en la columna vertebral, o cualquiera enfermo con un dolor crónico de cualquier etiología, que con ayuda o no de fármacos llega a habituarse al dolor. En síntesis, el cuerpo humano es una maravilla y la capacidad de adaptación a los fenómenos internos y externos es asombrosa.
Ahora bien, comparemos a nuestro organismo con una sociedad, es más, con un país entero. En los últimos años han ocurrido fenómenos tanto de aspecto social, político y económico que han generado graves problemas que sacuden a diario a nuestra patria; sin lugar a duda lo que más aqueja hoy día a los mexicanos es la inseguridad.
En ese aspecto en Yucatán vivimos en un estado tradicionalmente tranquilo y cuando se rompe este equilibrio (últimamente ocurre más seguido) la zozobra comienza a rondarnos.
¿Hasta qué punto puede una comunidad o sociedad adaptarse a esta situación? En Sinaloa, desde hace seis meses, la violencia está desatada desde la captura, entrega o llámenle como quieran del “Mayo” a Estados Unidos.
Después de 950 asesinatos, mil 80 privaciones de la libertad, 923 detenciones, 67 abatidos y 3 mil 472 vehículos robados, la población ha cambiado de hábitos; las reuniones familiares ahora son al mediodía, las salidas a los restaurantes en las tardes, un toque de queda voluntario al caer la noche, ausentismo escolar, colapso económico.
Gobiernos torpes, complacientes y coludidos repartiendo culpas y victimizando a la menor oportunidad a las víctimas.
Estados como Guanajuato con una violencia inauditamente perenne, donde la vida ya no vale nada, muy a la usanza de la célebre canción de José Alfredo Jiménez. Los guanajuatenses se han adaptado; los más atrevidos se meten a un bar sin saber si saldrán vivos, pero ya se acostumbraron.
Manejar en las carreteras de México de noche, solo los más osados. A la manera inversa de Drácula: si estás en carretera y va cayendo la tarde es mejor pernoctar y no seguir; lamentablemente traileros, choferes de autobuses foráneos no pueden hacerlo, ya no hay carreteras seguras, nos adaptamos.
Caminar en las calles de la ciudad de México o subirse a un auto transporte en Ecatepec es esperar al clásico: “Ya se la saben mi gente, mochilas, carteras y celulares” …, la respuesta: usar teléfonos baratos, relojes chafas, cosas totalmente sacrificables. Otras situaciones llevan una curva de aprendizaje más pronunciada como lo es el acostumbrarse a la falta de medicamentos. Un país enfermo sin tratamiento.
Estamos desarrollando reflejos condicionados. En un país donde los feminicidios parecieran no disminuir y los gobiernos no dar resultados tangibles, ya nos habituamos a las protestas del 8 de marzo, algunas pacíficas, otras violentas y la respuesta: desde blindar monumentos o edificios, hasta actos represivos.
Las fortalezas y barricadas, antes de afrontar con diálogo valiente la inconformidad y no trabajar desde el 9 de marzo siguiente en un proyecto resolutivo. Lamentable que los legisladores estén más concentrados en empoderar la hegemonía de un partido, antes de iniciativas que castiguen, pero sobre todo que se trabaje en un tejido social en donde la igualdad de género sea realidad y se viva en verdadero Estado de derecho.
Pero lo muy difícil de digerir, y pido a Dios que no seamos insensibles, es lo visto estos días en Teuchitlán, Jalisco. Se sospechaba, lo intuíamos, lo sabíamos. Ahora comprobado. Como lo ocurrido en Auschwitz, los cientos de zapatos, mochilas y vestimentas quedan cual evidencia dolorosa de la brutalidad humana, prendas que a falta de material biológico para emplear pruebas de ADN, pudieran servir para llegar a los restos de las víctimas y al fin cerrar un ciclo de dolor de miles de familias cercenadas por el cáncer de la criminalidad que azota a nuestro país, mientras la culpa como es costumbre saltará de autoridad a autoridad.
Estamos sin duda ante un crimen de lesa humanidad, o el equivalente jurídico que se le quiera poner. Imposible que nos adaptemos a esta muestra de salvajismo en su máxima expresión.
México es como un cuerpo humano enfermo con respuesta para adaptarse a las dolencias, un moribundo crónico, un sistema orgánico sin respuesta a la quimioterapia de la justicia, con constantes recaídas ocasionadas por los agentes patógenos de la impunidad.
Teuchitlán debe ser un parteaguas. Me niego rotundamente a que la indiferencia nos alcance; es un ya basta, un llamado a la clase política y gobernante para que, de una vez por siempre, dejen der ser mezquinos y se acuerden que las leyes son para hacer justicia con toda la fuerza que la Constitución les confiere.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
