Ana Rosa Payán Cervera (*)

La fraternidad es el amor recíproco, la tendencia que conduce al hombre a hacer para los demás lo que él quisiera que sus semejantes hicieran para él —Giuseppe Mazzini (1805-1872), político italiano

Todos los días desde hace ya muchos años nos levantamos y nos acostamos escuchando y viviendo en México, y desde luego en el mundo, noticias sobre violencia, asaltos, abusos sexuales, homicidios, violencia de género, guerras y toda clase de horrores provocados por el ser humano.

¿Qué mueve al ser humano a ocasionar daño a otro ser humano?

La avaricia, el subdesarrollo, la complejidad social, las adicciones, el poder, la falta de valores y de educación, la desintegración familiar, los malos gobiernos, la injusticia.

Cualquiera podría ser la respuesta o una combinación de dos o más de ellas.

Creo que desde cuando conocí, hace ya varios años, el caso de “El Pozolero” no me había horrorizado tanto como con la noticia de hace unas semanas del campo de concentración y exterminio de Jalisco. Y no es que me sean indiferentes los miles de casos que ocurren cada día en nuestro país, y que incluso muchos de ellos ya no son noticia que llame tanto la atención, por tanto oírlos o leerlos.

Lo que más me preocupa y duele del caso de Jalisco es que sean jóvenes las víctimas, jóvenes que bajo engaño llegaron a una cita de trabajo y los convirtieron en esclavos e incluso en asesinos de sus propios compañeros, lo cual no los salvó del exterminio propio, si sus captores consideraban que ya no les eran útiles para sus fines perversos.

Otra forma de exterminio de jóvenes que también se puede considerar perversa es el programa social del gobierno federal y de otros órdenes de gobierno que les entregan dinero sin ningún condicionamiento o contraprestación que los obligue a estudiar o aprender un oficio e incluso obtener un título universitario para devolverle al gobierno, total o parcialmente con un servicio social, el apoyo que recibieron a través de nuestros impuestos.

Programas como estos matan todo espíritu de superación y esfuerzo en la juventud, y no les permiten a los jóvenes ver que también son en esencia víctimas y “esclavos”, dependientes de un recurso que sin ningún esfuerzo obtienen.

Violar a una niña o a una joven de cualquier edad es a la corta o la larga una forma de matar en vida a un ser inocente, quien difícilmente supera el trauma de la violación o la mutilación de alguno de sus órganos.

La violación o la violencia en contra de un ser inocente no tiene justificación alguna a favor del agresor y la única forma de reparar parcialmente el daño es con un castigo severo dispuesto por los tribunales, porque quitarle la inocencia a un ser indefenso o violar a una joven es en cierta manera una forma de exterminarla.

Muchos jóvenes sin esperanza recurren al suicidio, especialmente en Yucatán, por la falta de valores, por la inseguridad que sienten ante su futuro, o porque frente a un fracaso no tienen los elementos para superar la adversidad en la que se encuentran y prefieren su propio exterminio, al no encontrar algún tipo de apoyo en su entorno familiar o de amigos, de la sociedad o de los especialistas.

El caso del muchacho de Tekit que fue quemado vivo es una muestra más de una forma de exterminio llevada al extremo por una turba enardecida que perdió el control de sí misma, justificándose, por una parte, ante la falta de justicia de las autoridades y, por otra, en contra de quien a causa de las drogas ya había perdido el sentido de la vida propia y ajena. Aun así, nada justifica la venganza o hacer justicia por mano propia.

Todo lo anterior me lleva a pensar que la generación actual que ha perdido a miles de sus integrantes está a un paso de dejar un enorme agujero entre su generación y la siguiente.

En esta década, millones de menores de edad están perdiendo a sus hermanos mayores dejando un vacío en sus familias a causa de la violencia, las drogas, el narcotráfico, la indolencia de la socidad o por la perversidad de los gobiernos, por lo que considero que la única forma de evitar el exterminio de los jóvenes se inicia con una familia que forme en valores y en el amor como eje principal de sus vidas, con un excelente sistema educativo y gobiernos democráticos ajenos al populismo y a la diatriba, y con la responsabilidad única de lograr el bien común a través de sus programas y acciones de gobierno. Además de tener un sistema de justicia independiente y ajeno a los caprichos o vaivenes del gobernante en turno.

Solo así lograremos salvar a los jóvenes de hoy y a las generaciones futuras del exterminio total.

Siempre tengo presente la norma de tanta sociedad como sea posible y solo el gobierno que sea necesario. Es decir, no dejemos todo nuestro destino en manos del gobierno que ha dado muestras de ineptitud o incapacidad para combatir al crimen organizado, con niveles de atención a la salud peor que nunca, al igual que en materia educativa. Seamos rectores y actores de nuestra propia vida formando y educando desde la base de la sociedad, que es la familia.— Mérida, Yucatán.

arpayanc@yahoo.com.mx

Exalcaldesa de Mérida

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