El blindaje de Morena a Cuauhtémoc Blanco es una afrenta descarada a la justicia y una prueba irrefutable de que, en la política mexicana, los privilegios y la impunidad pesan más que la verdad y la legalidad.

Con un historial marcado por la corrupción, los nexos con el crimen organizado y, ahora, una grave acusación de intento de violación, Blanco debería estar rindiendo cuentas ante la ley.

Pero en lugar de ello, su partido y sus aliados han cerrado filas para protegerlo, dejando claro que su discurso contra la impunidad y la violencia de género es pura hipocresía cuando uno de los suyos está en la mira.

Este caso no es un incidente aislado, sino el reflejo más descarado de un sistema que sigue operando con las mismas reglas de siempre.

Desde sus cuestionables inicios como alcalde de Cuernavaca hasta su gestión desastrosa como gobernador de Morelos, Blanco ha sido un símbolo del oportunismo político, donde la incompetencia y la corrupción caminan de la mano. Durante su administración, la violencia y el crimen se dispararon, y hoy, con un escaño legislativo como escudo, sigue esquivando la justicia con la complicidad de quienes deberían hacerla valer.

El Congreso, lejos de garantizar que todos los ciudadanos afronten sus responsabilidades sin distinción, se convirtió en el muro de protección de un hombre acusado de un delito grave.

Morena, el PRI y el Partido Verde sellaron un pacto de impunidad que traiciona no solo a la justicia, sino también a las víctimas de violencia y a las mujeres de México.

Ni la rebelión de diputadas dentro de Morena ni la presión de la oposición lograron romper el cerco de protección. El fuero, diseñado para resguardar la labor legislativa, se ha convertido en un refugio para delincuentes con poder.

Este escándalo pone a prueba a la administración de Claudia Sheinbaum y a la credibilidad de Morena. Su lema de campaña, “Llegamos todas”, suena vacío cuando el partido que se jacta de defender a las mujeres elige encubrir a un hombre señalado por un delito de violencia sexual.

¿Hasta dónde están dispuestos a llegar para proteger a los suyos? ¿Cuánto más se puede estirar el discurso de la transformación cuando las prácticas del viejo régimen siguen intactas?

La realidad es contundente: la justicia en México sigue teniendo colores y nombres. El PRI, que se dice opositor, se alineó con Morena en un pacto de supervivencia política que, lejos de ser casual, huele a protección mutua: hoy por Blanco, mañana por Alejandro Moreno y otros dirigentes con cuentas pendientes.

El Partido Verde, fiel a su instinto de supervivencia, se acomodó una vez más donde más le conviene. El mensaje es devastador: en México, la impunidad sigue reinando, y el poder sigue siendo un privilegio para unos cuantos.

Mientras Blanco celebra su inmunidad, las mujeres en este país continúan enfrentándose a un sistema que las revictimiza y las silencia.

La pregunta es clara: ¿hasta cuándo permitiremos que la política mexicana siga siendo el refugio de los impunes y corruptos?— Mérida, Yucatán.

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Abogada y escritora

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