No me siento mejor que nadie ni superior, pero sí soy parte de esa generación a la que nuestros papás —en mi caso, mi mamá— nos hicieron sentir especiales.
Y ahora que soy papá, noto que mucha gente, por cariño, me dice: “Esa niña es especial…, ese niño tiene dones…”. Y claro, se siente bien como padre que te lo digan. Pero, también mis hijos lo escuchan y eso me genera conflicto. ¿Les estamos creando expectativas irreales? ¿Corremos el riesgo de alimentar su soberbia?
Entonces me digo: “Alex, no pienses tanto”. Pero… ¿qué es lo correcto? Por un lado, está el discurso de: “Eres único, especial, diferente a todos”. Por el otro, el de: “Somos apenas un grano de arroz en el universo”. ¿A qué le apostamos? ¿Nos confunden o nosotros nos confundimos? Tal vez, simplemente, no hemos entendido la lección.
El otro día, en una reunión, un compañero soltó de la nada: “Dejen de culpar a su mamá. Ella no tiene la culpa de que estés idiota”. Me pareció agresivo, pero también, muy cierto.
Primer paso: dejar de buscar culpables. Segundo paso: hacernos conscientes. Pero hacerse consciente no es como subirse a un elevador. Es caminar una explanada larga, sin atajos.
Hablando de propósito, tema que toqué en una columna pasada, el Dr. Armando, tío de mi esposa (y a quien también considero parte de mi familia), me dijo algo que me marcó: “Una vida sin propósito, si no somos pensantes, nos lleva a ser sólo parte del rebaño. Eso es subsistir, no vivir. Pero si somos pensantes… es peor, porque entonces una vida sin propósito nos lleva a una crisis existencial”.
Y creo que ahí está el punto: conscientes y pensantes. Entonces, ¿qué sigue? ¿Escuchar y obedecer, aún cuando ya no estás cómodo en el rebaño? ¿O buscar una fuga? Sí, sabes de lo que hablo: las adicciones. La fuga del dolor, del vacío, del estrés. Una salida equivocada que a veces parece la única.
Lo siguiente sería entonces aprender a vivir. Y en ese despertar, en esa crisis existencial, en la búsqueda de nuestro propósito… no podemos solos. Necesitamos ayuda. Necesitamos humildad para seguir recibiendo, y así, poder seguir dando.
Eso es lo que te quería compartir hoy. Y te lo digo a ti, para seguir recordándomelo a mí mismo: “Me llamo Alejandro Granja y voy a terapia desde hace más de 16 años. Porque sin la ayuda de Dios y de los demás, no puedo solo. Necesito seguir aprendiendo para poder seguir sirviendo”.
Hasta aquí mi reporte. Mi intención es compartir, sanar y motivar a otros en su proceso. Compárteme qué opinas en redes.
Seguimos caminando. Nos vemos pronto.

