Frente a la pantalla en blanco, el columnista se siente desconcertado, sin ruta sobre lo que debe escribir, abrumado por la obra y personalidad del papa Francisco, nacido Jorge Mario Bergoglio en Argentina.
Su personalidad, caracterizada por la austeridad y el amor a los pobres, reclama también el adjetivo de infatigable. En su último día de vida, menguado y sufriente él, aun tuvo agenda que cumplir. Y rezó sus oraciones matutinas, recibió al vicepresidente Vance recién sumado al catolicismo, deseó a sus feligreses felices Pascuas de Resurrección, abordó el papamóvil para saludar a la multitud reunida en la Plaza de San Pedro… y luego se retiró a morir horas después, cuando Roma apenas se desperezaba y México se iba a dormir.
La obra del Papa fue como agua diáfana que fertilizó a una Iglesia anquilosada y que, a partir de la era franciscana de 12 años, reinstaló en el centro de sus preocupaciones a los pobres, a los desposeídos, a los migrantes de vida casi siempre dolorida, a los marginados, incluso a los no binarios. “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes de una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad” (“Evangelii gaudium”)
Y su Iglesia se estremeció cuando le escuchó decir: “Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. Y subrayó así que ni la comunidad LGBT+ ni ninguna otra pueden ser excluidas a priori del Reino de Dios.
Esa postura y otras hallaron resistencias y obstáculos en la conservadora Curia vaticana y en otros núcleos de la jerarquía católica, pero el pontífice sacudió las estructuras eclesiales, aunque no logró todo lo que hubiera querido. Esto ha propiciado que el sector progresista de la Iglesia reconozca, pero considere insuficientes, los avances inclusivos y reformistas, mientras el sector conservador se escandaliza por eso mismo. Pero los avances ahí están y no será fácil removerlos, sobre todo si el sucesor decide continuar por esa ruta.
Desde el primer momento de su pontificado, Francisco acreditó que la adopción del nombre del Poverello de Asís era un compromiso real y no solo simbolismo. Así, el boato vaticano fue eliminado por el Papa que, siendo arzobispo de Buenos Aires, viajaba en autobuses del transporte público y en el tren subterráneo.
El pontífice también trabajó contra la corrupción. Uno de los casos más notables fue el del cardenal Angelo Becciu, destituido por Francisco de su cargo vaticano a causa de un escándalo financiero en torno a la compra de un edificio de lujo en Londres.
Se abre la incógnita de quién sustituirá a Francisco en el Papado y se manejan diversos nombres, incluso de cardenales de raza negra. Pero pesa sobre los “papabiles” la conseja de que quien entra papa al cónclave, sale cardenal.
En tanto, mientras el féretro papal aguarda su destino último, hay quienes ya esperan los primeros milagros de Francisco porque le ven virtudes que lo conducirán a los altares.
Los Bergoglio y el naufragio. Tan recientemente como enero de este año, apareció un libro de memorias de Jorge Mario Bergoglio: “Esperanza / La autobiografía” (Plaza Janés).
El libro, con un perceptible aroma de despedida, además de contar el paso de Bergoglio por la vida, plantea reflexiones sobre el centro de su apostolado: los pobres, que en su momento también recibieron la atención preferente del Fundador del catolicismo. Dice el autor, por ejemplo, que mientras el desarrollo auténtico es inclusivo, fecundo y mira hacia el futuro, el desarrollo exclusivista vuelve a los ricos más ricos y a los pobres más pobres, y ni siquiera se permite a éstos ver el final del túnel de su miseria.
Me detengo en el prólogo del libro de Francisco (con Carlo Musso y en traducción de Ana Ciurans y César Palma), en el cual se cuenta la terrible tragedia, en 1927 y en las costas de Brasil, del buque Principessa Mafalda, que habría de ser conocido como el Titanic italiano.
El navío tuvo un gemelo, el Jolanda de Savoia, que naufragó 20 minutos después de su botadura, en 1907. Ambos barcos llevaban los nombres de dos hijas del rey Vittorio Emanuele III, y el segundo fue botado un año después del naufragio del Jolanda.
El 11 de octubre de 1927, el Mafalda zarpó de Génova, con destino a Brasil y Argentina y poco después del inicio de su travesía, quedó varado a causa de fallas en uno de sus motores. Mal presagio. El capitán del navío, Simone Gulì, pidió a la empresa propietaria del buque que suspendiera el viaje, pero no obtuvo autorización para hacerlo.
Lo que ocurrió semanas después, el 25 de octubre de 1927, fue dantesco. En la tarde de aquel día, un ruido ensordecedor anunció que la hélice izquierda se salió de su sitio, y por una abertura comenzó a entrar agua que inundó la sala de máquinas.
El pánico, la inclinación del barco que impedía abordar los botes salvavidas y la desesperación ante el hundimiento inminente, ocasionaron que muchos pasajeros se lanzaran al mar, pero no todos sabían nadar. El SOS se envío y varios barcos se acercaron al navío que ya estaba con las máquinas paradas, pero no podían acercarse mucho por el temor a una explosión del buque en trance de naufragio. Además, un grupo de tiburones atacó a los pasajeros y la sangre atrajo a más escualos.
Oficialmente perecieron 300 personas, pero versiones de periódicos sudamericanos fijaron la cifra en más del doble.
¿Y qué relación hay entre esta tragedia y el Papa recién fallecido? Los abuelos de Francisco y su hijo, un joven llamado Mario Bergoglio, tenían boletos para viajar en el Mafalda, pero no lo hicieron porque no pudieron vender todas sus pertenencias antes de viajar a Argentina. El joven Mario habría de ser el padre de Jorge Mario Bergoglio.— Ciudad de México.
@EduardoRHuchim
Periodista
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