El lunes de Pascua, justo después del Domingo de Resurrección, las campanas de mi pueblo, Buctzotz, doblan en señal triste de duelo, generando un mágico sentimiento de misterio.
Ese día, es conocido también como el Lunes del Ángel, en referencia al relato bíblico en el que un ángel anunció a las mujeres que visitaron la tumba de Cristo que él había resucitado.
Pero, ¿por quién doblaron las campanas de mi pueblo?
Díganme si no es un asunto de misterio divino, que, precisamente, ese día tan significativo haya decidido nuestro Padre llamar a su presencia a su más humilde servidor, al hombre que fueron a buscar los príncipes de la Iglesia al “fin del mundo” para convertirlo en el sucesor de San Pedro y guiar al catolicismo a una nueva era.
Se llamaba Jorge Mario Bergoglio y escogió que lo conozcan simplemente como Francisco, en honor de San Francisco de Asís, el santo que simboliza pobreza, paz y ambientalismo.
Inspirado en el “pobrecillo de Asís”, Francisco quiso impulsar una reforma en la Iglesia católica, adoptando una vida austera y mostrando apertura hacia todas las personas, sin distingos.
El Santo Padre asumió posturas de escucha y generosidad hacia grupos antes alejados de la Iglesia católica, actitud que fue escandalosa para algunos instalados en posturas doctrinales.
El papa Francisco utilizó una bella metáfora para definir a la Iglesia como un “hospital de campaña”, para expresar su visión de una Iglesia que es móvil, flexible, adaptable y abierta a todos, en particular a los más vulnerables. Una Iglesia que sale a la periferia.
En lugar de ser una estructura rígida y cerrada, Francisco quería que la Iglesia sea como una “tienda de campaña” que se puede expandir para recibir a todos, como un hospital que se despliega para cuidar a los enfermos.
Para el primer Papa jesuita y proveniente del Hemisferio Sur y, concretamente, de América, la Iglesia no debe permanecer en sus propias estructuras, sino que debe salir a encontrarse con los demás, especialmente con aquellos que están marginados y excluidos.
El lunes, las campanas de mi pueblo doblaron por Francisco. Y el mundo lloró su partida.
Que su legado siga vigente y sea el motor para que la Iglesia continúe transformándose, para cumplir con su misión de salvación y con la palabra redentora de Jesucristo.
¡Hasta la vista Francisco!— Buctzotz, Yucatán.
rogergonzalezherrera@yahoo.co m.mx
Profesor
