Se acerca el Día del Niño y, como cada año, es una fecha para celebrar la alegría, la imaginación y la ternura de nuestros pequeños, pero también una oportunidad para reflexionar sobre lo que queremos para nuestros hijos y para la niñez de México.
No deberíamos preguntarnos solo qué regalos les daremos este 30 de abril, sino qué país, qué oportunidades, qué educación y qué vida les estamos construyendo.
Y es que, para quienes somos papás, cuando pensamos en nuestros hijos, cuando los vemos jugar, estudiar y soñar, no existe anhelo más profundo en nuestro corazón que el de verlos crecer fuertes, sanos, capaces y felices. No queremos simplemente protegerlos del mundo; queremos prepararlos para enfrentarlo.
Como padres, trabajamos cada día para darles lo mejor que está a nuestro alcance: educación, valores, habilidades y amor. No lo hacemos esperando algo a cambio, sino porque entendemos que criar a un ser humano es, la tarea más trascendente y exigente de nuestras vidas.
Y, aunque nos duela admitirlo, en el fondo sabemos que la verdadera prueba del amor paternal no es cuántos años logramos proteger a nuestros hijos, sino cuán capaces los volvemos para caminar solos por la vida.
Queremos que adquieran habilidades, que descubran sus talentos, que encuentren su voz en el mundo. Queremos que aprendan no solo a buscar un buen trabajo que disfruten, sino también a tener la opción de emprender si así lo desean, de generar valor, de no temerle al esfuerzo.
Deseamos que sepan ganar su propio dinero y, más aún, que sepan administrarlo con inteligencia. Anhelamos que sean personas libres, porque saben cómo sostenerse, cómo tomar buenas decisiones y enfrentar los imprevistos sin quebrarse. No hay herencia más grande que podamos dejarles que esa.
Sobre todo, deseamos que gocen de salud, porque es la base sobre la que se sostienen todos sus sueños. Sabemos que podemos anhelar muchas cosas para ellos, pero si no están sanos, todo lo demás se tambalea.
Por eso los llevamos al médico, nos preocupamos por su alimentación, y les insistimos en hábitos que, aunque a veces se resistan, serán fundamentales en su vida adulta.
Y, por supuesto, está la educación. La educación que soñamos para ellos no es solo aquella que imparte conocimiento, sino la que despierta la curiosidad, la pasión y el sentido crítico. Que su aprendizaje no se limite a las paredes de un salón de clases, sino que se convierta en una forma de vida.
Todo este esfuerzo, toda esta inversión de amor, tiempo, dinero y paciencia, la hacemos con un solo objetivo: que puedan ser independientes.
No queremos hijos que necesiten de nosotros eternamente; queremos hijos que puedan prescindir de nosotros, no por falta de amor, sino por abundancia de capacidades. Anhelamos que construyan sus propios caminos, porque sabemos que el verdadero éxito de nuestra labor no es retenerlos junto a nosotros, sino ayudarlos a volar.
Ahora bien, si llevamos esta reflexión al ámbito social, encontraremos un paralelismo. El rol de un gobierno no es tan distinto al de un padre.
Un buen gobierno, como un buen padre, no debería aspirar a mantener a sus ciudadanos dependientes, sino a formar personas libres, capaces e independientes. Porque la verdadera grandeza de un Estado no se mide por la cantidad de subsidios que entrega, sino por la cantidad de ciudadanos que no los necesita.
Un gobierno que verdaderamente ama a su gente debería esforzarse, ante todo, en darles salud, educación de calidad y herramientas para que puedan construir su propio futuro.
Así como nosotros no soñamos con que nuestros hijos vivan eternamente de nuestra billetera, un gobierno no debería soñar con ciudadanos que vivan eternamente de sus programas asistenciales.
El asistencialismo, aunque puede ser necesario en ciertas etapas, no debe ser nunca el fin. Es, a lo mucho, un punto de partida, un salvavidas temporal mientras se enseña a nadar. El verdadero camino al progreso está en la formación, en la salud, en el impulso al talento y al trabajo.
Cuando un gobierno invierte en educación de calidad, está sembrando ciudadanos que pueden pensar por sí mismos, que pueden innovar y liderar.
Cuando un gobierno invierte en salud, está construyendo una base sólida para que la población pueda trabajar, emprender y soñar. Cuando un gobierno facilita el acceso a financiamiento, a formación técnica, a oportunidades de desarrollo, está ayudando a sus ciudadanos a ser dueños de su destino.
Y así, de la misma manera que como padres soñamos con hijos autosuficientes, un Estado debería soñar con ciudadanos que no dependan de dádivas, sino que puedan crear su propia riqueza, bienestar y proyectos de vida dignos.
Aclaro que no se trata de dejar en el olvido a quienes necesitan apoyo, ni de cerrar los ojos ante las realidades de pobreza y desigualdad. Como padres, sabemos que hay momentos en que nuestros hijos necesitan más ayuda que nunca, como cuando se enferman, cuando tropiezan, cuando caen.
Entonces estamos allí, sin juzgar, sin escatimar. De igual manera, el Estado debe ser compasivo en tiempos de necesidad, pero nunca olvidar que su misión es llevar a los ciudadanos más allá de la supervivencia, hacia lograr un futuro pleno.
Cuando un gobierno olvida esto, corre el riesgo de infantilizar a su población. De convertir a sus ciudadanos en eternos hijos dependientes, privados de la satisfacción de valerse por sí mismos.
Así como sería triste ver a un joven incapaz de abandonar la casa de sus padres por miedo o falta de habilidades, también es triste ver a una nación atrapada en la dependencia, donde el talento se marchita por falta de impulso y donde la creatividad se extingue por falta de oportunidades.
Por eso, como sociedad, como padres y como ciudadanos, debemos exigir de nuestros líderes una visión que no solo busque paliar las carencias, sino que aspire a construir una nación de individuos fuertes, autónomos y capaces.
Porque lo que soñamos para nuestros hijos debería ser lo mismo que debe soñar el gobierno para su pueblo: un país de ciudadanos empoderados, con su futuro en sus manos, con las herramientas que los hagan capaces de enfrentar cualquier desafío.
Ojalá que este sea el enfoque que guíe la política pública de nuestros líderes: un amor que libere, que impulse y que haga de cada niño mexicano un protagonista de su propia vida.— Mérida, Yucatán.
marisol.cen@kookayfinanzas.com
@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
