Entre los gobiernos nacionales y locales se había privilegiado la problemática inmediata como la de mayor peso en la vida del ciudadano.

No en balde la observación aquella de que el gobierno municipal es el gobierno más cercano a la gente y el que más demuestra su utilidad o ineficiencia porque sus errores impactan la calle, el foco, la luminaria, el parque donde cada uno de nosotros transita cada mañana.

Aunque es verdad esta inmediatez, también es verdad que los gobiernos centrales de la 4T —Andrés Manuel López Obrador y ahora Claudia Sheinbaum— han logrado que sus políticas públicas sean tan inmediatas en los bolsillos de muchos ciudadanos, como lo pueden ser la calle o el parque, y que los contenidos de Las mañaneras sean igualmente recibidos por su sencillez, claridad y vehemencia polarizadora. Es la primera vez en este siglo que el gobierno central tiene un protagonismo tal que poco a poco ha venido supliendo a los otros órdenes de gobierno y poderes del estado.

Las encuestas una y otra vez dicen que la figura presidencial está endiosada y las otras figuras, como gobernadores y alcaldes, son personajes de segundo nivel casi sin nada que decir, en el caso de que quisieran decir algo.

Ese gran poder, parecido al de Midas, hace que sea necesario exclusivamente el toque de sus manos principales para ungir a los demás miembros de la corte que no tienen mucho valor por sí mismos. Todos los demás políticos y órdenes de gobierno son cosas que deben ser glorificadas por el arcángel máximo de todas las virtudes.

Los temas nacionales son, desde luego, fundamentales. En la mesa están las cartas. Son notables los conflictos derivados de la guerra comercial iniciada por Donald Trump, la imposición unilateral de aranceles y órdenes migratorias; los procesos nunca vistos de extradición de narcotraficantes que, más que extraditados, fueron regalados en paquete.

Los íres y venires de la defensa de la mexicanidad tan existencialmente vivida y responsablemente pronunciada se complementan con el avanzar de democracia del pueblo bueno: esa que permitirá la elección de miles de jueces que ni idea tenemos los votantes de dónde salieron, sus campañas que han sido francamente invisibles y algunas increíbles por ridículas, o la retacería de iniciativas que día a día pasan a las cámaras repitiendo el mismo objetivo autoritario y de control.

Vivimos todos los días azorados entre leyes mordaza contra las plataformas digitales y la información frecuente de sectores financieros que hablan ya de una recesión en puerta, un escandaloso aumento de la deuda externa y políticas públicas multimillonarias fallidas tales como el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas o el AIFA y Mexicana de Aviación, solo por decir algunos.

El predominio de esta agenda nacional sobre las agendas locales es el mayor síntoma del funcionamiento de la sociedad mexicana actual.

Subraya que los mexicanos queremos creer fervientemente en una figura central, un modo de hacer las cosas y unos resultados que, sin embargo, tienen tanto zona de luz como de sombra, aunque claramente negamos la sombra aunque sea verdad y gozamos la luz, aunque sea mentira.

Una especulación inicial sobre su justificación es la saturación informativa, la jungla de argumentos basura que circulan en el espacio público y un agotamiento de la razón constructiva que cede su espacio a las postverdades.

En esta jungla de mentiras y selfies, es difícil hallar una verdad aunque sea pequeña y es mejor confiar en la luz mayor que parece no mentir, que en todas las demás fichas del tablero político.

En esta nueva pedagogía del ciudadano, la selfie es el argumento sanador: si tengo algo para mi hoy, tenemos todos. Y si tenemos todos, los que no están muertos, pues tenemos fe. El mañana no importa, con tal de tener ese algo hoy. Y eso, solo puede venir de un gran poder: el Tlatoani (que ya se había muerto con la democracia).— Mérida, Yucatán.

berlin@prodigy.net.mx

Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política

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