Regreso en el tiempo al 7 de mayo de 2025, a eso de las 7 de la mañana en el Vaticano. El trono de San Pedro permanece vacío mientras el sol se eleva sobre la Santa Sede. A solo unas horas del inicio del cónclave, en la Casa Santa Marta los cardenales se preparan para los ritos de este día tan trascendental. En el aire flota una mezcla de expectativas, incertidumbre y esperanza. Creyentes o no, todos somos conscientes de la magnitud de lo que está por suceder.

Han pasado ya trece años desde la última vez que la Capilla Sixtina, bajo la mirada eterna de los frescos de Miguel Ángel, fue testigo de un cónclave. De ese lugar sagrado han emergido pontífices que han marcado profundamente la historia del cristianismo, algunos para bien, otros entre luces y sombras.

El cónclave es un rito envuelto en misterio en que la tradición y la fe se entrelazan en silencio. Como fieles, solo nos queda orar y esperar que Dios inspire a los cardenales, que toque sus corazones y sus mentes, y que el elegido acepte con humildad y sencillez el peso de la cruz, como alguna vez lo hizo el papa Francisco.

En los próximos días, los ojos del mundo se volverán una vez más hacia la Santa Sede, hacia la chimenea de la Capilla Sixtina. Y todos aguardaremos con el alma en vilo la célebre frase que ha encendido la esperanza de generaciones: Habemus Papam.

Escribí lo anterior sin saber que a las 6:04 p.m. (hora del Vaticano) del 8 de mayo, la tan ansiada fumata blanca se dejaría ver. Este cónclave duró poco más de un día, algo sorprendente, pues una votación de al menos dos tercios de los participantes nunca es fácil, y menos aún cuando se trata de una decisión tan trascendental.

Cuando se pronuncia la frase “Extra omnes” y las puertas de la Capilla Sixtina se cierran, el mundo católico contiene el aliento. Dentro de esos muros sagrados los cardenales leen el pulso del mundo, se preguntan qué necesita la Iglesia y responden con su voto, desde el profundo silencio del secreto. Todo es entre ellos y el Espíritu Santo.

Después del ansiado humo blanco, la emoción hervía en la Plaza de San Pedro. Todas las miradas estaban puestas en el balcón de la Basílica. Banderas de todos los países ondeaban al viento, recordándonos que somos una sola humanidad.

Esta imagen le daba aún más fuerza a la homilía dicha por el papa Francisco en marzo de 2020 ante una Plaza de San Pedro vacía, en medio de una humanidad sacudida por la pandemia de Covid-19: “Estamos todos en la misma barca, frágiles pero unidos, y con Cristo en nuestras vidas no se naufraga.”

Ver hoy esas banderas, la alegría compartida, los abrazos y el bullicio, me hizo recordar el contraste con aquella oscura tarde con la Plaza vacía. Hoy, en cambio, la esperanza de una renovada humanidad se hizo visible en el humo blanco que se elevó al cielo, anunciando que una nueva página comienza a escribirse en la historia de la Iglesia.

Finalmente, el ansiado momento llegó: las puertas del balcón se abrieron y escuchamos el esperado “Habemus Papam”. Y allí estaba él, el cardenal Robert Prevost, quien ha adoptado el nombre de León XIV, marcando así el inicio del segundo pontificado encabezado por un Papa nacido en América. Estadounidense por nacimiento, pero peruano por decisión.

La elección de su nombre es significativa y cargada de simbolismo. No se había utilizado en más de un siglo, y al retomarlo, el nuevo Papa parece indicarnos su deseo de seguir los pasos de León XIII, cuyo pontificado (1878–1903) fue un faro de sabiduría, modernidad y justicia. Podemos esperar, por tanto, una continuidad o revitalización del compromiso de la Iglesia con la justicia social, los derechos humanos y el acompañamiento a los más vulnerables, en un mundo cada vez más marcado por profundas desigualdades.

Otro aspecto esperanzador de esta elección es lo que parece que será el estilo de su pontificado: uno de intelecto y apertura. León XIII fue considerado un gran pensador y filósofo, y este nombre evoca una Iglesia que no teme reflexionar profundamente, dialogar con la ciencia, la cultura y la razón, sin apartarse de la fe.

Además, esta elección puede interpretarse como un gesto hacia el equilibrio entre tradición y modernidad. Así como León XIII supo ser fiel a la doctrina católica mientras abría la Iglesia a nuevas realidades, León XIV podría representar un liderazgo valiente y sereno, capaz de afrontar los desafíos contemporáneos con una mirada enraizada en la historia y el Evangelio.

Desde mi punto de vista, más que apresurarnos a etiquetar al nuevo pontífice como progresista o conservador, deberíamos mantener una mente abierta y una mirada crítica y atenta frente a las decisiones que tomará con el paso del tiempo.

La obra iniciada por el papa Francisco ha marcado un antes y un después en la historia reciente de la Iglesia, y dar marcha atrás sería ignorar las necesidades del presente.

Francisco abrió caminos hacia una Iglesia más cercana, más humana y comprometida con la realidad de su tiempo. Nos recordó que una institución que no es capaz de adaptarse a las necesidades de la época corre el riesgo de volverse irrelevante o, peor aún, de alejarse de su misión esencial: acompañar, sanar, escuchar y servir, siguiendo el ejemplo de Jesús.

La Iglesia no puede —ni debe— cerrar las puertas a quienes Francisco les dio rostro, nombre y dignidad: los pobres, los migrantes, las personas divorciadas y la comunidad LGTB. A todos ellos les tendió la mano y les ofreció algo que durante mucho tiempo les fue negado: una voz dentro de la Iglesia.

Por ello, más allá de las etiquetas, lo verdaderamente importante será discernir si este nuevo pontificado continuará en la línea del Evangelio vivido con misericordia, justicia y compasión.

Porque el reto no es solo conservar una tradición, sino hacer que esa tradición siga siendo fuente viva de esperanza para todos, sin excluir a nadie.— Puebla, Puebla.

fbarroso_vallejos@hotmail.co m

Psicólogo egresado de la Universidad Anáhuac Mayab.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán