Guillermo Fournier Ramos

Hay dos conceptos cuya imagen se ha visto sumamente golpeada en los últimos años: capitalismo y democracia. Este par de elementos, que hasta hace poco sostenían la promesa de un mejor futuro, ahora parecen disminuidos ante el desprestigio y el rechazo extendidos.

El modelo capitalista fue exitoso al crear riqueza, potenciar la productividad e impulsar la tecnología en beneficio de la humanidad. Las revoluciones industriales generaron inestabilidad transitoria, pero también lograron sacar a millones de personas de la pobreza.

La cuestión es que, a la par, este sistema económico fue ineficaz en combatir la desigualdad de ingresos entre estratos sociales, y en muchos casos, incluso promovió en algunos sectores un discurso egoísta e indolente, según el cual “los pobres son pobres porque quieren”.

Así, el capitalismo salvaje llevó a que la economía de mercado se volviera una sociedad de mercado, en la que se distorsionan los valores fundamentales de convivencia humana para instaurar dinámicas en las que todo tiene precio y todo está a la venta.

El resultado ante tales derivaciones perversas es que hoy el capitalismo sea visto con recelo por muchas mujeres y hombres alrededor del mundo.

Por su parte, la democracia era vista como la fórmula para acabar con la injusticia, el poder abusivo de unos cuantos, y traer prosperidad para todos. En el afán de fomentar los gobiernos democráticos se llegó a plantear que este sistema político resolvería mágicamente cualquier asignatura pendiente.

La verdad es que las democracias permiten condiciones mínimas para el respeto de los derechos humanos, el desarrollo económico y social, y la convivencia pacífica; en este sentido, el modelo democrático es un punto de partida, y no una respuesta definitiva y absoluta; no es una panacea, sino la base sobre las cuales construir sociedades óptimas.

Sin embargo, las democracias requieren de demócratas para ser funcionales, pero en el presente tenemos toda clase de gobernantes y representantes populares que lejos de defender los valores y principios del modelo democrático, cometen las peores tropelías con el propósito de acumular poder y destruir el esquema de leyes y derechos.

Al carecer de líderes políticos y actores ejemplares, la mayoría de la gente opta por señalar a la democracia como la responsable, cuando los que están fallando son precisamente quienes deberían trabajar en favor de los ideales democráticos e institucionales.

Con todas sus imperfecciones y defectos, el capitalismo y la democracia son los mejores modelos —económico y político, respectivamente— que han inventado los humanos. El marxismo y el totalitarismo han probado una y otra vez en la historia que solo traen consigo miseria y sufrimiento.

¿Qué hacer? La clave es avanzar en estrategias para establecer un sistema que atienda los desafíos del siglo XXI. Hace falta una democracia capitalista humanista, es decir, un modelo que promueva la justicia social, el desarrollo económico y el respeto de la dignidad de las personas.

El humanismo, que tantas ocasiones ha sido ignorado, es la columna que sostendrá el sistema económico y político. Cualquier intento de capitalismo o democracia que haga a un lado al ser humano, estará incompleto e inevitablemente colapsará por ser insostenible.

Volver a los valores es retornar a lo esencial: la familia, la generosidad y la solidaridad son pilares sobre los que se funda cualquier sociedad resiliente. Defender la moral, las libertades y la vida es igualmente crucial para no ceder ante la debacle que amenaza la era contemporánea.

El presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, al inicio de la década de 1960, dijo que lo contrario de la verdad no es la mentira sino el mito, al tratarse de una mentira disfrazada de verdad.

En la época de la información y el plano digital los mitos han cobrado mayor fuerza que nunca: hoy nos presentan el populismo como democracia, el hipercapitalismo egoísta como selección natural económica, y la degradación de la dignidad humana como modernidad.

Es posible y urgente hacer frente a estos males. Una posición de centro derecha humanista es viable. Necesitamos un modelo que se ocupe de crear prosperidad para todos, y no solo para una minoría, con igualdad de oportunidades, y respeto pleno de derechos y libertades.

Ser críticos es el primer paso, pero, desde luego, la magnitud del reto implica involucrar a gobierno, empresa, academia y sociedad. Discutir ideas es trazar el camino hacia un mañana de esperanza.— Mérida, Yucatán

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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