Vivimos en un país donde la pobreza no se limita a la falta de ingreso. Es, en realidad, una fractura más profunda: la de las capacidades humanas. Y esto no es una metáfora. Es una realidad observable en los datos, en las trayectorias vitales y en el silencioso drama que millones enfrentan desde la infancia.

La desigualdad mexicana equivale a miseria, a pobreza extrema, La línea de Bienestar Mínimo del Coneval es una patraña, una enorme mentira.

En México la pobreza no es solo económica, también es cognitiva. Los datos lo confirman: en los extremos socioeconómicos, la diferencia en el desempeño intelectual general es significativa. Esto quiere decir que los niños y adolescentes más pobres no solo carecen de recursos, sino también de oportunidades reales para desarrollar su potencial.

La desigualdad de origen se convierte, así, en destino. Tenemos que aceptar la horrible frase de: “infancia es destino” con sus honrosas excepciones.

La brecha abismal existente entre un niño que nace en un hogar de posibilidades económicas y aquel que nace en un pequeño pueblito que ni aparece en el mapa de Yucatán, donde el café se hace con tortilla quemada y es el único desayuno de la mañana, y tal vez la única comida del día, a excepción de un poco de chiltomate con tortilla, si tienen para comprar nixtamal, es una punzante realidad.

¿Qué es el bienestar?

Una de las cifras más crudas es la siguiente: de los 45.6 millones de mexicanos ocupados, 43.3 millones ganan menos de $13,255 al mes. Considerando ellos que las personas que reciben esta cantidad es real, cuando es absolutamente falso tal como menciono en el párrafo anterior.

Y me pregunto: ¿dónde está el bienestar, en qué consiste realmente? Porque para el gobierno no es lo mismo que para los que lo reciben, según ellos, y viene la pregunta del millón ¿es repartir carencias?

Es decir, solo el 5% tiene acceso a un ingreso que permita pensar en estabilidad, salud y educación de calidad. Y peor aún: el 70% de la población vive por debajo o rozando la línea de pobreza extrema, esa que separa el hambre de lo justo. Este no es un problema de cifras técnicas: es una tragedia humana.

La pobreza extrema urbana se calcula en $1,982.45 mensuales por persona; la rural, en $1,523.90. Si una persona económicamente activa debe sostener a una familia de cuatro, necesita generar al menos $9,138 al mes para no estar en la pobreza más dura. ¿Cuántas lo logran? Pocas. Demasiado pocas.

El caso de las mujeres es aún más alarmante. En México, solo el 46% de ellas participa en la economía remunerada, y más de la mitad lo hace en condiciones de informalidad, sin seguridad social ni derechos laborales. El 71.6% gana menos de $7,800 al mes, y la brecha salarial respecto a los hombres sigue siendo del 26%.Pero quizá lo más grave es lo que esto le hace al futuro del país.

Privación de lo básico

Cuando la pobreza impide el desarrollo de capacidades desde edades tempranas —cuando un niño no recibe suficiente nutrición, estimulación o educación de calidad— no estamos ante un problema de ingreso, sino ante una violación estructural de la libertad de decidir, imaginar y construir futuros.

En términos del economista y filósofo Amartya Sen, la pobreza no es solo carencia: es la privación de las capacidades básicas para vivir la vida que uno valora. Eso es Tener Agencia: no solo querer algo, sino tener los medios reales para elegir y lograrlo. Es la libertad efectiva de decidir sobre el propio rumbo de vida. Y millones de personas en méxico no la tienen.

Este enfoque cambia todo. Ya no se trata de medir hogares o PIB “per cápita”, sino de preguntarnos: ¿qué puede hacer una persona con lo que tiene? ¿Tiene opciones reales? ¿Tiene agencia, dignidad, posibilidades?

Por eso, hablar de pobreza sin hablar de capacidades humanas es perpetuar la injusticia. Y denunciar esta fractura no es una provocación ideológica. Es una exigencia ética.

Invertir en las personas no es solo dar dinero: es restaurar su potencia, su creatividad, su derecho a pensar y transformar.

Si no rompemos el vínculo entre origen social e inteligencia funcional, la movilidad social será una promesa vacía. Y México, un país lleno de talento atrapado por estructuras que no permiten que florezca.

Porque esto es así: la pobreza también es una tragedia de inteligencia desperdiciada. De capacidades neutralizadas, de esperanzas que ya nacen muertas, y de seres humanos que transcurren por un inframundo que no conocemos, porque nacimos en “suelos pegajosos al fondo y techos pegajosos en la cima”. Significando esta frase que el que nace pobre, se queda pobre, y el que nace rico, se queda rico. Y como siempre con las excepciones a toda regla.

Existen hallazgos clave sobre habilidades y movilidad social. Los estudios de Campos Vázquez, Fundación Espinosa Yglesias y colaboradores, han revelado que: “Las habilidades cognitivas y socioemocionales tienen una fuerte correlación con el nivel socioeconómico del hogar de origen. Estas habilidades se desarrollan desde la infancia y están influenciadas por factores como el estrés, la nutrición y el entorno familiar.

La transmisión intergeneracional de habilidades contribuye a la persistencia de la desigualdad y limita la movilidad social.

Y así cierro este comentario que ojalá sirva para pensar y actuar a favor de los más pobres entre los pobres.— Merida, Yucatán

Correo: maica482003@yahoo.com.mx

*Abogada y escritora

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