San Virila dice que él no hace milagros.
Afirma: —Se me salen.
El otro día, en medio de una tormenta, una hormiguita se apresuraba hacia su hormiguero, y le iba a caer un rayo.
El frailecito hizo un movimiento de su mano, y el meteoro —para no decir otra vez “rayo”— cayó en la caja fuerte del avaro del pueblo y redujo a cenizas todo lo que había en ella.
San Virila reza todas las noches pidiéndole al Señor que le quite lo milagroso. El Señor, sin embargo, no le hace el milagro, y al hermanito se le siguen saliendo los prodigios. O la gente se los atribuye.
La esposa del herrero no había tenido hijos después de 15 años de casada. El marido le pidió al santo un milagro, y la mujer quedó encinta de la noche a la mañana. Más bien de la noche.
Al parecer el milagro no lo hizo San Virila; lo hizo el nuevo ayudante del herrero.
—¿Lo ves, Señor? —le dijo el frailecito al Padre—. No me necesitas a mí para hacer milagros.— Saltillo, Coahuila.
