“Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas”.— William Shakespeare

Hay frases que no necesitan contexto para desgajar la verdad humana. Esta de Shakespeare tiene la precisión de una daga antigua: corta, brilla y pesa. La escuché una tarde en la que el mundo parecía obsesionado con repetir las tragedias.

En cada esquina virtual, una alerta roja; en cada conversación, la reiteración del fracaso, el desastre, el escándalo.

Nadie callaba lo oscuro. Nadie celebraba lo que aún sobrevivía en paz.

Shakespeare, con su sabiduría brutalmente lúcida, nos propone un gesto tan simple como radical: que multipliquemos las voces para el bien, y dejemos que el mal, como el moho o la humedad, se manifieste sin ayuda.

En esta propuesta hay una ética de la comunicación y una estética del alma. El mensaje agradable es vida.

Cuando algo bueno sucede —una recuperación, un acto de justicia, una reconciliación—, merece canto y eco. Es entonces cuando la palabra se convierte en puente, cuando nuestras lenguas, todas, deben alzarse para contagiar esperanza.

Las buenas noticias necesitan ser gritadas porque el ruido del mundo las ahoga. Pero las malas… Las malas encuentran solas su camino. Se filtran por las grietas, se arrastran por debajo de la puerta. No necesitan voceros. La desgracia, como el agua negra, llega. Y llega sin que nadie la anuncie.

Esta frase nos interpela no solo como individuos, sino como sociedad. ¿Por qué nos hemos vuelto adictos a narrar la tragedia?

¿Por qué dejamos que lo negativo sea siempre la historia más contada? Quizá porque lo fácil es repetir lo que duele.

Lo difícil, en cambio, es sostener la alegría sin ingenuidad. Lo difícil es mirar lo bueno y decir: esto merece mi voz.

Pensando en esto, me acuerdo de mi bisabuela. Cuando alguien moría, lo sabíamos sin que ella hablara. Encendía una vela junto a la Virgen del Perpetuo Socorro que trajo su madre de París y dejaba el radio en silencio.

Pero cuando un nieto se graduaba, cuando nacía un bisnieto, cuando la lluvia al fin llegaba tras semanas de sol calcinante, lo decía a todos, desde la terraza, como si fuera pregonera de otro tiempo:

—¡Bendito sea Dios! ¡La buena nueva hay que contarla!

Shakespeare lo dijo con más elegancia, pero la sabiduría era la misma.

Quizá nos toque a nosotros recuperar esa vocación de anunciadores del bien. Ser portavoces de lo luminoso, no desde la negación del dolor, sino desde la conciencia de que lo bello necesita ayuda para ser visible.

Cien lenguas, todas nuestras, para lo bueno. La próxima vez que algo bueno ocurra —una amistad salvada, una idea que inspira, una acción que alivia— recordémoslo: que nuestras voces no sean solo para lo urgente, sino también para lo luminoso.

Y un silencio respetuoso, hondo, para lo que duele. Y mucho. Y tantas veces… demasiado.

Basta solo con leer el Diario. O escuchar los noticiarios para poder sentir internamente cómo sangra el corazón.

Que seamos pregoneros de lo que vale la pena. Porque si no lo hacemos, ¿quién lo hará?— Mérida, Yucatán

Abogada y escritora

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