Los grandes imperios no se derrumban de golpe. Caen lentamente, roídos desde dentro por la desmesura, la codicia y, sobre todo, por la crueldad sistemática hacia los más débiles. La historia nos ha dejado lecciones grabadas en sangre: cuando una nación pierde el alma, también pierde el derecho a guiar a otros.
Durante su anterior mandato, Donald Trump convirtió la frontera en un símbolo de castigo. Y ahora promete llevar esa lógica a nuevos extremos. El lenguaje que usa —“invasores”, “animales”, “depuración”— no es nuevo. Lo conocemos bien en América Hispana.
Hemos aprendido a leer entre líneas cuando los poderosos empiezan a hablar como dictadores. Primero se despoja al otro de su dignidad, luego de su humanidad y, finalmente, de su libertad y su vida.
El regreso de Donald Trump a la escena política no ha traído consigo reflexión ni arrepentimiento, sino una intensificación de su viejo guion: el odio como bandera, el miedo como consigna y la deshumanización como política de Estado.
Entre las promesas más celebradas por sus seguidores y, que a pesar de ser las más temidas por quienes aún conservan un mínimo de humanidad, está el reinicio brutal de las redadas masivas de migrantes, militarizarado las calles y llenado los “centros de detención” que ahora más se asemejan a mazmorras.
Basta escuchar sus discursos para comprobarlo. Como un guión ya ensayado —pero ahora pronunciado con menos contención y más furia—, Trump ha vuelto a calificar a los migrantes de “criminales”, “enfermedad”, “plaga”.
Ha promovido y llevado al cabo redadas masivas, deportaciones relámpago, y campos de detención que ya no se esconden bajo eufemismos. Y está cumpliendo lo ofrecido. Son jaulas. Son calabozos. Son lugares donde seres humanos son tratados como si fueran desechables.
Estados Unidos fue, durante décadas, un faro de esperanza para millones. Pero ese faro se ha tornado, para muchos migrantes, en el reflector de una prisión sin ventanas. Trump, lejos de prometer renovación, nos recuerda que hay quienes desean rehacer el país no sobre los ideales de justicia, sino sobre la exclusión, el miedo y la fuerza bruta.
No se trata de lenguaje figurado. Durante su anterior administración, su postura se endureció fuertemente contra los migrantes. Pero ahora, el mundo ve imágenes que parecen sacadas de una distopía: niños separados de sus padres sin garantías de reencuentro, personas durmiendo en el suelo bajo mantas térmicas, sin acceso a jabón, agua potable ni atención médica.
Algunas han muerto esperando ayuda. Otras han sido deportadas sin juicio ni defensa. ¿Y el delito? Cruzar una línea imaginaria impulsados por el hambre, la violencia o el sueño —legítimo y profundamente humano— de ofrecer algo mejor a sus hijos.
No es una crisis migratoria: es una crisis moral. Lo que está en juego no es solo la política migratoria de Estados Unidos, sino el alma misma de Occidente.
Porque cuando una potencia democrática convierte la compasión en debilidad y la solidaridad en delito, algo se ha roto en el contrato de la civilización.
Cuando se encarcela al pobre por ser pobre, al extranjero por ser extranjero, y al vulnerable por buscar amparo, ¿qué queda del ideal democrático?
América Hispana no puede mirar hacia otro lado. Mucho menos desde Yucatán, donde la migración ha sido parte de nuestra biografía colectiva.
Cuántas veces hemos visto despedirse a un hermano, a un hijo, a un padre que se va “al norte” con una mochila cargada de ilusiones. ¿Podemos aceptar que esa esperanza sea recibida con barrotes, ametralladoras y perros guardianes?
¿Nos parece justo que nuestros paisanos sean tratados como si fueran una plaga, cuando han contribuido con su trabajo, su cultura y su fe a levantar comunidades enteras en tierras ajenas?
Cuantas familias yucatecas tienen una historia de migración, de sacrificio, de esperanza depositada en aquel país que alguna vez se llamó “de las oportunidades”. ¿Cómo aceptar que ese país se convierta en una trampa, en una cárcel para quienes menos tienen?
Los Evangelios son claros. Cristo mismo fue un migrante, un refugiado en Egipto cuando huía de la violencia de Herodes. “Fui forastero, y me recibieron”, dice el texto sagrado. No dice: fui legal, fui productivo, fui blanco, fui cristiano. Dice forastero, y eso basta.
El Papa Francisco, cuya voz fue bálsamo en tiempos oscuros, nos recordó que “los migrantes no son peligrosos: están en peligro”. León XIV, en la misma línea profética, ha condenado abiertamente la ideología de la exclusión, recordando que “las fronteras solo tienen sentido cuando no se cierran al rostro humano del otro”.
El lenguaje de Trump no es accidental. Habla de “invasión”, “limpieza”, “contención”, como si los migrantes fueran una peste biológica. No son palabras al azar: son categorías de guerra.
Y ya sabemos a dónde llevan esos discursos. Primero se deshumaniza. Luego se encierra. Finalmente, se elimina. No siempre con armas, a veces con leyes, con hambre, con miedo. La violencia estructural también mata.
Desde esta trinchera yucateca, desde esta modesta columna, no puedo callar ante la brutalidad que se prepara y se ejecuta. No puedo permitirme pensar ni aceptar que se normalice la indiferencia.
Hoy los muros son físicos, pero también simbólicos: muros de desprecio, de clasismo, de racismo soterrado. Y esos muros también deben caer.
América necesita recuperar la compasión. Necesita políticas migratorias sí, pero también memoria histórica. Que recuerde que su grandeza no se construyó con exclusión, sino con brazos abiertos.
Las mazmorras repito, de Trump, porque no merecen otro nombre, son una afrenta a la dignidad humana. No podemos quedarnos callados mientras se normaliza el trato brutal a seres humanos desesperados.
La política no puede convertirse en cacería, ni la ley en garrote. La historia nos juzgará por lo que hicimos —o dejamos de hacer— cuando la compasión fue puesta a prueba.
A quienes tienen poder de decisión, hay que decirles lo que tienen que oír: no basta con denunciar. Hay que actuar. Presionar. Documentar. Acompañar. Ser la voz de quienes no tienen voz.
Y a quienes todavía creen que “no es asunto nuestro”, les dejo una advertencia evangélica: lo que le hagan al más pequeño, se lo hacen a Él.
La historia nos está mirando. Dios también.
Abogada y escritora
