La Gracia no sustituye la naturaleza.— Tomás de Aquino
El pasado domingo la comunidad católica italiana e internacional se vio conmocionada y entristecida por la trágica noticia de que el joven sacerdote Matteo Balzano había sido hallado muerto en su habitación parroquial, acción que se consideró voluntaria por parte de quien fuera vicario de Cannobio en la provincia de Verbano-Cusio, y que indudablemente viene a cuestionarnos sobre la identidad sacerdotal, sobre la vida oculta de quienes hemos optado por un estilo espiritual de servicio hacia los demás.
Porque, según sus superiores, el sacerdote no dio señales de estar viviendo algún estado depresivo o inestable emocionalmente hablando, lo que hubiera servido de ayuda para darle acompañamiento en su momento de crisis personal y vocacional.
El golpe que la noticia ha producido en el clero y en tantos fieles tiene que ser la oportunidad para mirar más allá de lo aparente, para encontrar recursos de apoyo en bien de quienes desgastan su vida en el acompañamiento espiritual, emocional y pastoral de comunidades a ellos confiadas.
Ciertamente la célebre frase: “La Gracia no sustituye la naturaleza”, es una llamada de atención para no olvidar que los presbíteros, a pesar de su larga formación durante su estancia en el seminario, no quedan exentos de las vicisitudes del mundo. Que el diario contacto con experiencias dolorosas y dramáticas del vivir humano afectan la personalidad presbiteral y que no somos ajenos a sentirnos perturbados en nuestros estados ánimo y vida interior.
Sin embargo, tampoco podemos ocultar el distanciamiento que un gran número de católicos ha tenido con las estructuras eclesiales debido a los escándalos de orden moral y sexual que algunos consagrados han protagonizado dentro de la misma Iglesia y que representan la dolorosa ruptura entre fe y vida.
Acciones que han lastimado lo más sagrado de las víctimas, que han violentado la inocencia de quienes buscando a Dios han encontrado el rostro más vivo del mal y la concupiscencia.
Por lo que, no obstante esta página negra de la historia sacerdotal, hay la necesidad de no caer en el riesgo de juzgar a todos por los errores de algunos y debilitar la relación y preocupación por aquellos presbíteros que sí están desgastando su vida por el bien de los hombres y mujeres que ansían tener un encuentro espiritual que guíe su vida a la felicidad.
El atentar contra la vida de uno mismo conlleva un vacío existencial, una pérdida de sentido por permanecer, al grado de experimentar que ni Dios es suficiente para sostenerse en la vocación por la que se ha optado.
Ver a un sacerdote en las celebraciones o ritos dominicales no es garantía de conocerlo o considerarlo estable interiormente, porque detrás de cada vocación hay tantas historias escuchadas y asumidas, que pudieran lastimar o frustrar la vida misma.
Experiencias que recogen la miseria interior causada por el pecado y el libertinaje del ser humano y que también afectan, indudablemente, al sacerdote que las oye y busca sanarlas para bien del laico.
Por lo tanto, la dolorosa muerte de este joven presbítero italiano nos brinda ocasión para reflexionar sobre nuestro interés y ayuda hacia los sacerdotes con los que pudiéramos entrar en contacto; sobre aquellos que consideramos nuestros guías en la búsqueda de una vida espiritual plena y feliz. Pero no olvidando que el sacerdocio jamás estará exento de la Gracia divina y una humanidad siempre tentada hacia el mal.— Mérida, Yucatán
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Presbítero católico
