Fernando Ojeda Llanes (*)
Hace apenas unas décadas, Mérida era una ciudad arbolada. Los flamboyanes estallaban en flores rojas y anaranjadas como brasas suspendidas entre ramas. Los laureles, almendros, ramones y más, tejían con su sombra un respiro para los que caminábamos sus calles bajo el inclemente sol yucateco. En nuestras casas, en el patio trasero teníamos aguacate, mango, mamey, naranja y otros. La ciudad tenía vida, vegetación, color y frescura, hoy, en cambio, en miles de casas construidas no tienen ni patio trasero, el concreto avanza sin tregua y parece haberse tragado gran parte de ese verde que antes era su emblema. Recuerdo que, desde la ventanilla de un avión, la ciudad se veía verde, ahora pálida.
También recuerdo con claridad mis años como scout: una de nuestras actividades más memorables de servicios a la comunidad, fue reforestar la calle 59, desde el Parque de Santiago hasta el zoológico del Centenario; con nuestras propias manos, jóvenes y entusiastas, sembramos árboles que imaginábamos ver crecer durante toda nuestra vida, fue un acto de amor por la ciudad, por su futuro.
Hoy, me duele admitirlo, apenas queda una décima parte de esos árboles, el resto fue borrado por pavimentos, banquetas nuevas, fraccionamientos o simplemente por el abandono.
El paisaje urbano ha cambiado, y con él, la temperatura, la calidad del aire y hasta el ánimo de sus habitantes. Donde antes había sombra y frescura, hoy hay asfalto ardiente y jardineras con plantas ornamentales que mueren pronto, víctimas del sol y de la falta de cuidado.
El crecimiento urbano no es en sí un enemigo, pero su forma actual sí lo es. En nombre del desarrollo, se han sacrificado árboles adultos, pulmones vivos de la ciudad, sin ofrecer verdaderas alternativas verdes. Y aunque se anuncian programas de reforestación, pocas veces se traducen en acciones sostenibles: los árboles no se riegan, no se cuidan, no se respetan.
La Mérida que recuerdo, la que sembramos con esperanza, aún podría recuperarse. Pero requiere voluntad: de las autoridades, de los urbanistas, de nosotros como ciudadanos, porque cada flamboyán que no se planta hoy, es una sombra que no tendremos mañana; Mérida no necesita más concreto, necesita raíces.
Repito el boleto del tráfico para ver si en esta ocasión las autoridades respectivas me escuchan y actúan, Mérida, alguna vez reconocida por su tranquilidad y orden, hoy se enfrenta a un problema que avanza a la misma velocidad con la que se congestiona con su tráfico: la falta de equidad en la aplicación del reglamento de tránsito, las calles, cada vez más angostas por el crecimiento del parque vehicular, boyas amarillas y el desorden vial, se han convertido en auténticos estacionamientos improvisados, y lo más alarmante: las autoridades de tránsito parecen tener una visión selectiva al momento de sancionar.
Una experiencia personal, tan frustrante como reveladora, me puso frente a esta realidad: siempre estacionaba en cierto lugar, sin estorbar el tráfico y estaba permitido, en esta ocasión, sin notarlo, estacioné mi vehículo en una línea amarilla recientemente pintada en la banqueta.
Lo acepto, fue mi error. Pero lo que sucedió después expone una problemática mayor: en cuestión de minutos, una boleta apareció en mi parabrisas; eficiencia, sí, pero una eficiencia que parece operar con lupa para unos y con vendas para otros.
Basta con transitar por la colonia México para comprobarlo: vehículos estacionados en esquinas, sobre líneas amarillas —otras aun sin pintar—, obstruyendo la vista de los que cruzan la calle con alto de disco generando accidentes, rampas para personas con discapacidad.
Las infracciones están a la vista de todos —menos de quienes deberían aplicarlas—. ¿Dónde están esas multas? ¿Dónde esa misma diligencia que se me aplicó a mí?
No se trata de evitar la sanción, lo justo es justo, si cometemos una falta, debemos asumir la consecuencia. Lo inadmisible es la selectividad, porque cuando las boletas se aplican solo a algunos, deja de ser ley para convertirse en capricho; y cuando eso sucede, la ciudadanía pierde la confianza en las instituciones. ¿Desean poner boletas de infracción a vehículos para captar recursos?, con solo recorrer la colonia México —y no solo ésta— recabarán cientos.
La realidad es que Mérida ya no es la ciudad que podía vivir del prestigio de su pasado con árboles verdes y ordenado. Hoy necesita una estrategia real de reforestación y de movilidad urbana —no me refiero al servicio de transporte público— y, sobre todo, autoridades comprometidas con aplicar el reglamento de manera pareja.
La cultura vial no se forma con multas sorpresivas ni con cacerías al azar, sino con educación, infraestructura adecuada y un enfoque imparcial y nosotros no estacionarnos en lugares que estorben la vialidad.
La autoridad debe ser ejemplo, no sombra, y si el vigilante de tránsito puede ver una línea amarilla en mi coche, también debe ver la docena de infracciones diarias que se cometen en cada calle de la ciudad.
No se trata de pedir impunidad, sino de exigir justicia pareja, porque la tranquilidad en nuestras calles no se recupera con sanciones aisladas, sino con reglas claras para todos y cumplimiento por todos.— Mérida, Yucatán
Doctor en investigación científica. Consultor de empresas
