Recuerdo cuando a mi pueblo llegaron los representantes del gobierno para plantearnos la posibilidad de vivir el sueño de la modernidad, para comunicarnos que el presidente de la república Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), pondría a disposición de todos los mexicanos el primer proyecto de atención y futura eliminación de la pobreza. Se llamaba: “Programa Nacional de Solidaridad” (Pronasol), y, entre sus beneficios inmediatos, muchos hogares que solo contaban con pisos de tierra roja, de ahora en adelante serían sustituidos con cemento.

Indudablemente la euforia entre los miembros de mi comunidad surgió de inmediato y frases como: “Un presidente así necesitábamos” o “Por fin alguien nos ha tomado en cuenta”, manifestaban la ilusión de una mejor vida. Sin embargo, han pasado más de treinta años desde el anuncio e inversión de capital económico para hacer llegar a los más necesitados lo recursos básicos y salir de su paupérrima condición.

Ahora, mirando hacia el pasado cabe preguntarnos: ¿qué ha sucedido?, porque a simple vista la cantidad de desamparados permanece y los acaudalados han aumentado en una élite selecta.

El sociólogo y filósofo Roger Bartra, en sus múltiples investigaciones, nos ha ofrecido una analogía muy ilustrativa al estudiar la anatomía del ajolote, una larva capaz de reproducirse antes de vivir una metamorfosis que lo lleve a ser una salamandra; es decir, un animal que nunca llegará a ser adulto. Y que su dejadez ante la posibilidad de crecer y transformarse lo convierte en sujeto pasivo e indiferente a experimentar una verdadera transformación.

Programas de asistencia siempre los hemos tenido en diferentes versiones y adaptaciones, recursos millonarios han sido ofrecidos por distintas administraciones para aniquilar los lastres que agobian al pueblo yucateco; pero creo que el verdadero problema no solo está en culpar el paternalismo del gobierno sino en analizar también la conciencia de los ciudadanos, ya que en la actualidad la extensión de los beneficiados por los programas gubernamentales es bastante amplia.

Niños, adolescentes, adultos mayores, hombres de campo e incluso aquellos que no trabajan ni estudian son promovidos a construir un futuro mejor y, no obstante, seguimos estancados o en retroceso evidente. Quizá la falla ante tanto asistencialismo está en no enseñar o promover a las personas a abandonar ese complejo de inferioridad o resignación que los esclaviza a pensar que todo lo deben recibir sin algún esfuerzo personal, siendo que, como individuos, nuestras capacidades son infinitas para crecer por sí mismos.

Resulta decepcionante mirar cómo nuestros pueblos viven en un permanente estado del “únicamente hoy”, y así, invertir lo recibido en rubros demasiado superficiales que no impulsan al crecimiento personal y familiar sino sólo a la satisfacción momentánea.

Será la eliminación de la apatía y resignación en el pueblo yucateco la que nos permitirá vivir una verdadera conversión en la forma de invertir lo recibido por parte de las instituciones.

En el análisis de la figura del ajolote son pocos los que dan el salto cualitativo para transformarse en salamandra, para llegar a la plenitud que toda larva intrínsecamente posee. Lo mismo está sucediendo en nuestro pueblo yucateco, en donde las oportunidades de crecimiento dependerán de cada ciudadano, de sus convicciones internas para impulsarse a vivir un desarrollo que permita erradicar pobreza y estancamiento comunitario.

El que tengamos actualmente corrupción, impunidad, desvío de recursos y más vicios establecidos son el reflejo de una conciencia fundada en la ley del menor esfuerzo que, asumida por el ciudadano, permite conformarse con lo que gobierno ofrece para el hoy y no elimina la anquilosada permanencia de tener siempre poblaciones más pobres.— Mérida, Yucatán

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Sacerdote católico

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